martes, 18 de diciembre de 2012


Vino de boca a boca







Guía Peñín - Presentación DO5 HISPANOBODEGAS. Madrid 29/11/12

El buen vino siempre pasa de boca a boca.
Anónimo




El mundo

El mundo ha cambiado mucho en los últimos años. Antes, un consumidor iba a una bodega, compraba la botella que quería, que le sonaba o que le recomendaban y se iba tan feliz a su casa. O bien se compraba una guía (por ejemplo, la Guía Peñín lleva mucho tiempo en el mercado) y hacía caso de las sugerencias de quién la escribía, confiando en que sus gustos personales fueran parecidos a los del catador, o al menos confiando en que el catador pudiera valorar los vinos desde un punto de vista general, es decir, estrictamente técnico.

Hoy en día esto es así en mucha menor medida que antes. Ahora existe la Red (con mayúscula), existen las páginas web, los blogs, las redes sociales, y todo ello enmarañado en una tela de araña que al final compone una Opinión (con mayúscula) que salta de lugar en lugar y que llega en instantes a decenas, miles o millones de potenciales consumidores. Ni la mejor guía de papel soñó nunca con nada parecido.

¿Quién tiene ahora algo importante que decir en el mundo del vino?

Salvo excepciones conocidas, nadie en concreto, y todos. Quien ahora habla es el ser superior formado por todas las personas que tienen intereses en ello: productores, técnicos, distribuidores, vendedores, compradores, críticos… Todos interconectados como neuronas formando un pensamiento común, desarrollando opiniones comunes, tomando decisiones comunes que se transmiten como impulsos nerviosos, de axón a axón, en un boca a boca imparable que se extiende a través de toda la Red. Sin embargo, y aunque esto sea cierto, lo que hay al final del recorrido son personas individuales, algunas de las cuales, desde el pequeño huequecito que ocupan en la Red, contribuyen a mover ese inmenso bazar de compra-venta que forman todos los consumidores, mediante el simple hecho de experimentar, escribir y trasladar a los demás sus experiencias.

Y en este mundo en el que el consumo es la energía que lo mueve, hay quien ha sido consciente de ello.


Live tasting: encuentros con blogueros

Hace unos meses Guía Peñín me sorprendió con una propuesta que, para mí, era del todo novedosa, pues no me consta que nadie en este mundo del vino estuviera haciendo nada parecido: realizar una presentación de su propia empresa (Guía Peñín y sus empleados) dirigida específicamente a los blogueros.

Un bloguero (blogger) es una persona que escribe un blog, o bitácora, o especie de diario, a título personal, sobre un tema en particular de su gusto o predilección. En el caso que nos ocupa, el vino. Pero, en mi humilde opinión (aunque haya quien diga que mi opinión nunca es humilde) un bloguero, por mucho que sepa sobre el tema, sea experto o solamente entendido, es ante todo un aficionado. Es decir: alguien a quien nadie le paga (ni salario ni en especie) por analizar, opinar, escribir, divulgar; alguien, resumiendo, que no vive de ello, aunque pueda tener los conocimientos y experiencia para ello. Por otro lado están los profesionales. Estos obtienen una remuneración por su trabajo, se ganan la vida con ello y, aunque lleven blogs, no se les suele llamar blogueros, sino periodistas especializados.

Blogueros los hay a millones, cada uno hablando de lo que le viene en gana del modo en que le viene en gana. Cada uno lo hace como quiere y cuando quiere. Libertad total. Y cada lector, igualmente, selecciona y lee lo que quiere en función de sus propias y personalísimas preferencias, o de la más pura casualidad. Pero la importancia que un bloguero, considerado individualmente, puede tener en cualquier campo es nula. Su fuerza es la que le confieren los demás. Como hay muchos, esa importancia crece en función de las conexiones que haya entre ellos, y la Red facilita muchas conexiones.

Guía Peñín, la empresa, ha tenido una visión sobre esto, una imagen aún difusa que a través de estos encuentros está intentando concretar, experimentando con ello y viendo qué resultados se obtienen del experimento, sin saber muy bien lo que va a ocurrir. Para ello ha realizado su propia selección de blogs (entre la infinidad presente en la Red), buscando diferentes aproximaciones al común que es el vino, distintos estilos, tanto en fondo como en forma, buscando la individualidad y la personalidad de cada uno entre la maraña inabarcable que existe en la Red, buscando lo que siempre se busca en cualquier expresión de la creatividad humana: la originalidad, la identificación inequívoca entre obra y autor. Curiosamente, no han buscado autores de renombre en el mundo del vino, o con miles de seguidores, sino aquéllos que se puedan diferenciar incuestionablemente de otros, autores anónimos, amantes del vino, que ofrezcan pasión, estilo, respeto y buen gusto, y de quienes, en resumen, se pueda decir algo como “Este texto lo has escrito tú.”

Así, de tanto en tanto, a algunos de nosotros (que podrían haber sido otros, y seguramente serán otros en otras ocasiones) nos han propuesto asistir a presentaciones acompañadas de catas dirigidas de buenos vinos, con la idea de que después, si nos apetece, nos hagamos eco de ello en nuestros personales espacios. Y utilizo el verbo “apetecer” conscientemente, por encima de “querer” e incluso “desear”, porque en ningún caso escribir sobre el acto es un requisito para asistir a él. Cada cual escribe después lo que quiere, o no, según sus ganas y las sensaciones que haya experimentado durante su desarrollo. No hay un pago, no hay un canon obligatorio para ser invitado, tan sólo el deseo de pasar un buen rato en torno a algo que nos gusta a todos: las personas.

¿Has dicho personas? ¿Que a todos nos gustan las personas? ¿Pero no hablábamos de vino?


El vino

El vino como cosa cada vez me importa menos. Lo que realmente me importa son las personas en torno al vino. Las que lo hacen, las que lo venden, las que lo compran, las que lo beben, las que lo regalan, las que lo comparten. El vino es el camino que las acerca, el puente que se tiende entre sus respectivas sensibilidades, la excusa para que nos brillen los ojos y sonriamos cuando lo tomamos en compañía. Juntos, todo sabe mejor. Todo cambia de un momento a otro, de una situación a otra. Vuelvo al concepto de apetencia: el mejor maridaje siempre es el vino que te apetece, con la comida que te apetece, cuando te apetece, en el lugar donde te apetece y, sobre todo, con quien te apetece.

Sobre esto de compartir la experiencia del vino hay dos momentos que a mí me emocionan particularmente. Uno es cuando lo ofrezco a alguien querido; ver sus ojos, ver el trago, esperar su reacción que casi nunca lleva palabras consigo, la satisfacción propia y sobrada de haber acertado en la elección… Otro, cuando me lo ofrece quien lo ha hecho; disfrutar de su expectación, como quien muestra su hijo a un amigo, cuando te mira beberlo y espera, durante largos segundos, tu opinión. Porque al que ofrece vino, como a quien acaba de hacer el amor con el ser que ama, lo único que le importa es si al otro le ha gustado, si después del primer trago va a querer más.


DO5 Hispanobodegas

Si en el anterior encuentro con blogueros (Vino y Letras: Sensaciones embotelladas) la parte lúdica se basaba en ofrecer los vinos mejor puntuados por Guía Peñín, en éste el atractivo principal fue presentar los vinos de la mano de sus enólogos, maridando así la creación con su creador.

Con esta idea se presentó D.O.5 Hispanobodegas, compañía vitivinícola que produce vinos en cinco denominaciones de origen nacionales (D.O. Ribera del Duero, D.O. Ca. Rioja, D.O. Rueda, D.O. Rías Baixas y V.T. Castilla y León), si bien la cata se centró en tres de ellas (Rioja, Ribera y Rueda).


Acompañando al director de Guía Peñín (Carlos González) se encontraba Juan Antonio Ramírez, director comercial de Hispanobodegas, junto a Marta Girón (enóloga de Bodegas Garci Grande, D.O. Rueda), Emma Villajos (enóloga de Bodegas Valdelacierva, D.O. Ca. Rioja) y Fernando Loza (asesor de Bodegas Valdelacierva y encargado de presentar los vinos de Bodegas y Viñedos Gormaz, D.O. Ribera del Duero, por ausencia de su enóloga).

El lugar de la cita, un bar de vinos del centro de Madrid, Vinoteca Barbechera, muy cerca de la conocida plaza de Santa Ana, y propiedad también del grupo.



La cata

Me recibe Ana Colmena, responsable de comunicación y marketing de Guía Peñín y causante en último término de que yo estuviera allí. Alegre, menuda, pizpireta, muy sonriente, más que recibirme me acoge, me ofrece vino, agua y un espacio en ese micromundo que ya ha empezado a crearse y que, durante un rato, voy a compartir con los demás asistentes.

Poco a poco la sala se va llenando de invitados, alrededor de veinte, entre organizadores, blogueros y periodistas; yo observo y me dejo llevar por el rumor de sus conversaciones, pegado a una ventana que, hacia la calle, me permite ver magia de vino en los cristales.


Se hace el silencio, y la sesión se inaugura con unas palabras de bienvenida de Carlos González, seguido por una presentación de la empresa por parte de Juan Antonio Ramírez.

Y enseguida se pasa al vino.









Bodegas Garci Grande, D.O. Rueda

En primer lugar Marta Girón nos muestra el nuevo verdejo Señorío de Garcigrande 2012, verdejo aún sin etiquetar. Aromático, intenso, dulzón, pleno de uva fresca, casi un zumo de frutas apenas fermentado.

Seguidamente nos ofrecen el último en mercado, Señorío de Garcigrande 2011, mucho más asentado, lo que ya es y será este vino, más corto en nariz que su hermano pequeño, más equilibrado en cuanto a sus matices básicos.

“¿Cuál te gusta más?”, me pregunta Marta sorpresivamente (estoy situado justo a su lado). Entonces sonrío, y no puedo sino responder que no son comparables, que aun siendo el mismo vino no lo es, que son como dos hermanos con la misma base genética pero que, desde que nacen, ya se parecen poco o nada. Depende de cuándo, de cómo, de con qué, de con quién. Ambos frescos, suaves, deliciosos, muy agradables. ¿Por qué elegir? ¿Por qué descartar? Me quedo con los dos.


Bodegas Valdelacierva, D.O. Ca. Rioja


A continuación Emma Villajos nos habla de su Impar Vendimia Seleccionada Tinto Crianza 2010. Tempranillo. Cremoso en la nariz, lácteo, avainillado, fresco y amigo de los abrazos, porque envuelve.

Seguidamente cede el paso al hermano mayor, Impar Reserva Edición Limitada Tinto Reserva 2007. Tempranillo. Más tenue al olfato, más complejo y largo, recuerdos de café y chocolate, perdura insistentemente en la cabeza.

“¿Cuál os gusta más?”, pregunta en esta ocasión, al aire, Emma, y de nuevo la misma respuesta. Ambos. No obstante, en este caso y por mi peculiar querencia por la juventud (consideraciones económicas aparte) tengo que responder que me entiendo mejor con el crianza, que aún siendo menos complejo que el reserva, me parece más fresco, espontáneo y alegre.


Viñedos y Bodegas Gormaz, D.O. Ribera del Duero

Fernando Loza nos habla del Anier Vendimia Seleccionada Tinto Crianza 2009. Tinta fina. Breve en nariz, armónico, ataca fuerte y con ganas en la boca pero se fatiga pronto; sin embargo, esos segundos son intensos, muy sabrosos, muy llenos de frutas rojas y anís. Corpulento pero de trago fácil, perfecto para un picoteo largo, como el que nos ofrecen, riquísimo, tras la cata.














Conclusión

Guía Peñín ha otorgado buenas puntuaciones a los vinos que nos presentaron, pero los puntos que se dan a un vino, como los que se pueden dar en una herida, son a menudo fruto de un “accidente” causado por infinidad de posibles circunstancias: el estado de terminación del vino, la conservación que ha disfrutado o sufrido la botella, el orden en que ha sido catado en relación con otros vinos, las condiciones ambientales del lugar de la cata, el tiempo disponible, el estado físico y emocional del catador... Por eso, lo importante de los vinos es lo que a cada cual le hacen sentir. Y eso, también, es fruto de diversas circunstancias. En esta ocasión me atrevo a decir que fueron un adecuado acompañamiento, los armónicos de la nota principal que es el concepto de lo que se está tanteando, ese ceder la palabra a nuevas voces a las que, hasta ahora, no se les escuchaba con la suficiente atención.

“Espero que los que escribáis seáis totalmente subjetivos”, comentó Juan Antonio Ramírez  al cerrar el acto. Quizá fue un lapsus, quizá no, pero lo que a mí me parece es que la intención última de los organizadores de esta jornada festiva fue justo eso, obtener la opinión apasionada del aficionado, en lugar de la habitual opinión desapasionada del profesional, la opinión, en resumen, de quien a lo único que importa es cuánto le ha gustado el vino.




Vino de boca a boca









-Oui, me gusta. Sobre todo el enfoque que le has dado a la importancia que pueden tener muchas voces conectadas con respecto a la insignificancia de una sola voz aislada. Nadie es nada en internet, y también lo es todo si está conectado con otros muchos nadie –Gab me miraba con los papeles que yo le había dado sobre la mesa, una mano encima de la cuartilla superior, como protegiéndola. Entonces sonrió con su sonrisa blanca de dientes grandes, y añadió-: Pero sobre todo me ha gustado tu idea de que el mejor vino es aquél qui va de bouche à oreille, el que pasa de boca a boca.

-¿Sí? –pregunté intrigado-. ¿Y qué sabes tú de ello?

-¡Más de lo que crees! –exclamó esforzándose por pronunciar bien la erre de “crees”-. Verás, tengo un vino muy especial para ti, tanto que estoy segura de que nunca en toda tu vida has probado uno así.

-¿Un vino que conoces por el boca a boca? –contesté, preguntando a mi vez e hilando su propio hilo de pensamientos.

-Plus ou moins, mon chéri. Attendez!

Se levantó y desapareció deslizándose en dirección a la cocina. Al poco volvió con una botella en una mano, envuelta en papel de regalo totalmente opaco, y una copa en la otra.

-¡Vaya! –exclamé feliz-. ¡Una cata ciega!

Ella enarcó una fina ceja mientras volvía a sentarse a mi lado (siempre pegadita a mi lado en la mesa, nunca enfrente) y entonces, sin darme tiempo a disfrutar de lo que yo creía que sería un juego, arrancó de un tirón el papel, mostrándome en todo su esplendor la etiqueta del vino.

-Pas du tout! –exclamó-. Nada de cata ciega. Ya ves de qué vino se trata, es muy conocido, pero estoy segura de que nunca lo has bebido como te lo voy a dar a beber yo.

Esta vez fui yo quien enarcó la ceja. Ese vino lo conocía de sobra, tanto de nombre como por haberlo tomado en alguna ocasión. Recordaba que esa añada en particular me había impresionado mucho en una presentación a la que había asistido hacía un tiempo. De modo que Gabrielle, a pesar de toda su ilusión y a mi pesar, se equivocaba. El vino era francés, por supuesto, y por supuesto, yo no le dije nada.

Gab descorchó la botella, sin apenas hacer ruido y, sin esperar mucho, llenó un tercio de la copa con el vino, que saltó alegre tiñendo los cristales con un precioso tono dorado. Yo me preparé, esperando su permiso para catar el vino, sonriendo y pensando en lo que le iba a decir. Al mismo tiempo, lo reconozco, me sentía de fondo un poco mal, como cuando a un niño se le miente acerca de algo cuya verdad le podría hacer más daño que una mentira.

Pero nada sucedió como esperaba. En realidad, con Gabrielle nunca nada sucedía como yo esperaba.

Así, en lugar de indicarme con un gesto que podía empezar, estiró su mano alargada y, agarrando la copa por el tallo, se la llevo a los labios; inmediatamente, mirándome a los ojos, dio un único trago largo, depositando de nuevo la copa, vacía, sobre la mesa. Entonces, sin darme tiempo a nada, de repente, con un movimiento tan rápido como inesperado, puso su mano en mi nuca y, atrayéndome hacia sí, juntó sus labios con los míos, vertiendo el aún fresco contenido de su boca en la mía.

Casi me atraganto. Pero no, controlé el reflejo causado por la sorpresa y mantuve el líquido en mi boca, dejando que sus aromas se expandieran, que su sabor se extendiera por toda ella, saturando con su complejo gusto mi lengua, mi paladar, mi garganta en multitud de mínimos matices finos, penetrantes, dulces, salados, intensos y suaves, como ella, hasta que finalmente, cerrando los ojos, tragué el vino francés mezclado con la dulce esencia francesa de Gabrielle.

Al abrirlos de nuevo me encontré con su sonrisa espléndida, a punto de estallar en su risa musical.

-Et alors? –me preguntó-. ¿Verdad que nunca jamás en toda tu vida habías saboreado un vino así?

Y en efecto, tuve que darle la razón y conceder que el mejor vino del mundo, el que te enamora hasta los huesos, es el que pasa de boca a boca.






jueves, 29 de noviembre de 2012


El chocolate se funde en la boca, pero no en las manos






El mayor dolor es el que se está sufriendo. El mayor placer, el que se está gozando. El mayor amor, el que se está entregando. La mayor locura, la que se está viviendo.
Anónimo




Por una cabeza, todas las locuras. Su boca que besa, borra la tristeza, calma la amargura.
Alfredo Le Pera, "Por una cabeza"




Emoción

A veces, sólo a veces, uno pierde el sentido cuando se encuentra frente a determinadas circunstancias anímicamente complejas. En ellas es normal olvidarse de la razón y dejarse arrastrar bien por los sentimientos, bien por las emociones, con las inevitables consecuencias que ello, a corto o largo plazo, puede acarrear.

Nada tienen que ver sentimientos y emociones. Los unos surgen en esa parte evolucionada del cerebro humano a la que usualmente llamamos corazón; las otras en la parte primitiva y animal que suele localizarse físicamente dos dedos por debajo del ombligo. A los unos se los puede manejar, estamos acostumbrados a ellos. Se llaman amor, tristeza, compasión, felicidad… Viejos amigos conocidos por todos. A las otras, por el contrario, no hay quien las controle, pues son parte del funcionamiento animal del ser humano al que ya no estamos habituados. Suelen ser negativas y, por fortuna, no tan conocidas para nosotros como los anteriores: miedo, agresividad, pena, celos, odio, envidia…

En esas circunstancias en las que nos dejamos llevar por los sentimientos o por las emociones nos encontramos gestionando problemas muy diferentes, en cuanto a nuestro propio comportamiento, una vez que hemos perdido las riendas del autocontrol. Si se trata de los primeros, uno es consciente de lo que está sintiendo, lo entiende, puede trasladarse a la razón y desde ahí, con mayor o menor esfuerzo, dominarlo una vez que haya hecho su función. Por ejemplo, el dolor llega, duele y se va. Eso es un sentimiento. Pero si se queda ahí, aferrado al alma, se convierte en sufrimiento, y eso es una emoción. No se puede controlar, ni negociar con ella, ni moverla a un lugar de la razón donde se la pueda someter. La emoción, al final, te subyuga, te anula, te destroza.

En general, si alguien es atrapado por las emociones se dice que está loco, y a lo que le ocurre, se le llama locura.


Locura

Locura para un hombre casi siempre lleva nombre de mujer.

Mujer que encuentras, que te encuentra, que llega, a la que llegas, se queda, la dejas, se va, te deja, se queda, se queda, se va.

Y esta locura a veces, muchas veces, se convierte en nubes negras, en angustia, en amargura, en daño, en insania que arrastra hasta un infierno de agonía. Pero a veces, sólo a veces, uno puede volverse loco sin perder el sentido de sus sentimientos, uno puede hacer una locura sin perder el sentido de su razón y alcanzar, casi sin querer, la cima donde esta locura se convierte en poema, en melodía, en una botella de vino.


Una botella de vino

Calle del Espíritu Santo, número 23, Madrid. 9 de octubre. 20h. Es ya tarde, casi noche, camino mirando al suelo, escuchando, haciendo por respirar a bocanadas hasta llegar a Bodegabierta, una tienda especializada en venta de vino ubicada en el madrileño barrio de Malasaña. Entro, camino hasta las escaleras del fondo sin detenerme a mirar las botellas que tapizan los estantes. Escaleras que desembocan en un sótano, casi una cueva encalada en el subsuelo de Madrid, que en tiempos fue una panadería. Y, de repente, siento que allí se está bien. Pocas personas todavía, todos amigos. Luz blanca, limpia. Temperatura fresca, pero más cálida que en la calle. El vino, que te mira a la cara al entrar, también estará bien. Me recibe el responsable de Bodegabierta, José Román. “¿Y Nacho?” “Ahí está.” Alto y delgado, se afana cuidando sus botellas mientras nos espera. Nacho está cansado, quizá sea gripe, está como abatido, como si le pesaran los hombros. Una mirada, que se desvía de inmediato. Sus ojos brillan. Una sonrisa, dos sonrisas, tres y de pronto siento que ya está todo dicho. A veces, sólo a veces, ocurre eso. No necesitas más que una mirada, una sonrisa, un comprenderlo todo de repente.

Hay tiempo, faltan muchos asistentes, podemos hablar. “Ahora verás que el vino es denso y oscuro como el chocolate, se extiende por la boca, tapiza su interior con su consistencia. ¿Sabes que el chocolate se funde en la boca a la temperatura del cuerpo humano? Pero en las manos no, porque siempre están más frías que el resto del cuerpo.” Comer chocolate hace sentirse bien. Dulce, aromático, crujiente… Un trocito después de una comida, con el café, o simplemente solo, cuando apetece. “El chocolate es un buen sustituto del sexo, porque ambos liberan endorfinas, que nos proporcionan placer.” La mirada entumecida acaba perdida en el laberinto de los segundos que siguen, pero la sonrisa firme todo lo puede, hasta hacer que las personas callemos y que empiece a hablar el vino.
 
Pyjama 2011 y Demencia 2008, y de regalo, Demencia 2009 que aún no tiene etiqueta y para el que habrá que esperar, como se espera una llamada, unos meses más. Ambos vinos son el mismo vino, eso se percibe desde que miras su color oscuro y tumultuoso, desde que recibes la primera vaharada de perfume. Llevan los mismos genes, como hermanos de distinta edad. O como padre e hijo. No, mejor aún: como el mismo hombre en momentos diferentes de su vida. Briosos ambos, plenos de energía, lúbricos y con una capacidad inmensa de evolución, de crecimiento, de afinación, expresión y mejora a medida que transcurra el tiempo. Vinos para tener la voluntad de comprender su marcada personalidad, para ser pacientes, para esperar hasta que estén dispuestos a entregarlo todo. Y mientras espero, siento los sentidos colmados de sensaciones saturadas, la mente llena de voces saltarinas, y las palabras, cuerpo de cada una de las impresiones recibidas, pugnando por brotar para alcanzar imágenes consistentes que, una a una, puedan describir con nitidez los vinos.


Los vinos

Pyjama

Violenta violeta violencia al respirarlo, recuerdo interminable de pasión voluptuosa en la boca, intensidad de mil sueños vaporosos despertados de repente al abrir los ojos, y ya no cerrarlos, en cada sorbo inolvidable que sólo volverá, en la memoria, al terminar la botella mediada, quizá mañana, quizá después, de una sola vez, algún día. Y después, horas más tarde, la pasión violenta se convierte al fin, descargada, en un abrazo suave, más caricia que fuerza, tranquilo y apacible, te cierra los ojos respirando la respiración que respira a tu lado, perfumada con un nuevo dulzor que te estremece, intensamente, largamente, y te arrebujas en sus brazos, besas otra vez los labios de la copa que es su boca, y te abandonas al sueño que es dormir, hasta el amanecer, durante una noche que iba a ser de un beso y que, sin querer, se convierte en demencia.





Demencia

Indomable al encontrarlo, desconfiado, intenso sin control, salta sin mesura debatiéndose como una tormenta turbulenta que te arrastra, casi te hiere con su vivo olor a frutas negras y cosquillas de pimienta, acidez de fresa y frambuesa verdes, floreado, florido y especiado, te galopa en la boca, imparable, se acerca despacio y te acaba saltando encima, pero se deja sujetar, tiras del dogal con paciencia, y lo vas domando, se doma porque quiere, porque sabe que lo entiendes, y amaina, la tormenta se calma, el viento doloroso deja de bufar, te envuelve hecho brisa con dulzura, se abre, se expande rodeándote, creciendo en armonías, y te ofrece su denso dulzor amargo de chocolate sensual, revuelto de matices especiado y vainilla, tienes que esperar porque te lo exige, lo deseas y con tiempo, sin correr, se deja que lo hagas tuyo, estable y sabroso, lleno de energía y expresividad. Espera, espera, espera, sólo entonces sabrás todo lo que guarda para ti.



Las horas vuelan y yo no me doy cuenta de sus pasos largos y acelerados. Me voy de allí con las emociones tomando poco a poco el control de los actos y la razón, sentido y sentimiento, de modo natural, plegándose frente al poder incontenible de la locura.


Locura

Locura es una botella aferrada entre las manos, locura es la lluvia, la noche, el frío al llegar. Locura es cerrar los ojos y esperar unos minutos, intentando que la locura del temblar del corazón amaine, antes de llamar con un roce de nudillos. Locura es una puerta que se abre, una estancia que espera, un vacío que al cerrarse desvela la locura de una sonrisa argentada. Locura es el silencio de las palabras que no se dicen, locura es el sonido del silencio que se escucha, locura la sonrisa que no cesa, los ojos que sonríen, la respiración que resuena acompasada. Locura son dos copas vacías en una mano y una mano en la otra mano. Locura el sonoro aliento de la botella al descorchar, locura el tintineo del vino que golpea el cristal, locura el aroma desatado al izar las copas de la mesa, entre los dedos, un perfume intenso a chocolate y menta que con prisa acalorada transforma el aire de la habitación. Locura es dejar a tientas sobre la mesa las copas llenas del vino que aún no ha probado la boca, y dejar que se queden ahí por minutos olvidadas, esperando y observando con mirada verde felina. Locura es el abrazo apretado entre el vino y el calor del cuerpo abrazado, un abrazo que no quiere ser más locura, aún, para mejor saborear, como sorbo leve que no es trago y poco a poco, la locura que ya asoma. Locura es por fin el primer sorbo, un brutal impacto y la complicidad naciente en torno al vino al ver los ojos, que son espejos, muy abiertos al otro lado de las copas. Locura los segundos, los minutos, un susurro, el rozar de una tela roja amontonándose en el suelo, otra verde, otra negra, otra blanca, la respiración que falta, que no llega, una pausa que es un juego, una sombra en la pared que se bebe la copa entera, medio llena de locura, de un solo trago. Locura al tiempo la calma deliciosa, ya domada la fiereza del pujante impulso que recoge sensaciones transformadas en percepción, el cuerpo adormecido que hormiguea de placer, la piel aún caliente, la respiración pausada. Locura, al fin, que todo lo cura con el sueño que cierra los ojos para mejor oír cada susurro, cada cuento de la copa casi vacía que no se quiere terminar.

Una voz se acerca a mi oído, cierro los ojos y me concentro en el respiro tibio, aromatizado, hasta que el aliento empapado en vino me habla bajito:

-¿Qué te ha parecido?

 -Me ha gustado mucho.

-¿Qué has sentido?

-Placer.

-¿Quieres repetir?

-Claro.

-¿Y después?

-Mucho. Quiero mucho más.


Mucho más

Nacho y yo hablamos un día. Yo quería ver. Él quería mostrar.

-Dime, Nacho: ¿Locura?

-Muy difícil para mí. Lo intento... ¿Qué decir? Pues que tenía una vida normal, con mis pasiones y desvelos, con mis inquietudes y preocupaciones, con mis ilusiones y sueños. Y tanto soñé, que la gente pensaba que estaba dormido. ¿Dormido? No ¡soñando! Y lo malo de soñar, es que no estamos acostumbrados. Los sueños dan vértigo porque te alejan del suelo. No nos gusta ver al prójimo soñar. La gente me empezó a mirar de otra manera. Mi sueño, en la viña, en su vino, en compartirlo... pero ¿con quién? Buscaba y buscaba, disfrutaba compartiendo mi locura. Y compartí. Momentos, vivencias, contactos... pero una locura que cada vez era más estéril. Llegó un momento en que nadie quería beber conmigo... "Ese vino te pone loco." "No es hombre para ti." "No son buenas compañías." "Vas a acabar como él...”

>Unos hombres vestidos de blanco me quisieron llevar. "Miren ustedes, yo no estoy loco. Estuve loco ayer, pero fue por amor."


Fue por amor

Demencia. En la cápsula de la botella se hace constar:

unaoportunidadsatisfaccionalasvientosbrisatierrasaltascarmesinoimportacuandotedueletesienteslibrenosotrosnuestrocomunionatomounosolonadatodosilenciosonidoclitorisaleluyafinalclitorissorpresaesmejorquelarealidaddreamsnaufragarnavegarflotarbuscarloquetenemosquedestruir?seguirnecesitamosluzescaparsinnombreunangelunmentirosonocreeennadieunmentirosonocreeennadaenemigoescaparvertigoexplosionvertigolunaatraccionvertigocosasquenopuedesexplicarrendicionvictimacaerdormidodreamsinnadaenloqueapoyarseentregarevelacionfeloimposibleanonimocorrersindireccionenhebrarunaagujasonidotesorosecretocasasentirsinsentido=sentimientovssentidomovimientohumanosdespuesdetodolentoeldiacomienzaenelocaso.adondevanlascarreteras?correrandarvolargolpearcuandotetoconosientesnadaestatica.adondevanlascarreteras?preambulovastagoprimogenitoanonimoorigenesorigenanteriormasaltovertigotalentohipnosisincognitovorticecaidagravedadpesodeseoprofundoagujeropielcanibalcompromisoparanoiaespiralarenaretornomediavueltarecuerdomisterioluzcorrientetensionestimulocegueraultravioletainfrarrojoinvisiblenoseoscuridadnochecaminocabezavisionunaideavoladoramoribundaalgomuerevivirvidad8e6m4e2n7c3i5a1.





Demencia de Autor





Información de la bodega:

Pijama 2011 - Bodega Demencia de Autor S.L.
D.O. Bierzo - 100% Mencía. Crianza durante 5 meses en barricas de roble francés de segundo y tercer año complementado con una presencia de lías finas, y tres trasiegos con leve aireación. Se ensambla el vino con la adición de una breve proporción de vino criado de la añada 2010, en búsqueda de complejidad y afinamiento.

Demencia 2008 - Bodega Demencia de Autor S.L.
D.O. Bierzo - 100% Mencía. 16 meses de crianza en barricas de roble francés; los primeros 6 meses, el vino se mantuvo con una selección de lías finas realizándose frecuentes “battonages”.


Bodega abierta





jueves, 9 de agosto de 2012


Sentir que es un beso la vida…







Cuando un vino y su nombre son precisamente lo que ese nombre dice ser





Me acerco al agua bebiendo tu beso…
Lhasa De Sela, “Con toda palabra”




Agosto, 3

Mi cumpleaños, uno más otra vez más, ya en periodo de descarte de memoria y suma y sigue de gloriosa vida por vivir. Y otra vez más como a veces pasa, buscando el cuento para contar a la luz pequeña de la llama de la novena vela pueril, me encuentro el cuento escrito solo, como deben ser los mejores cuentos, los que usan al contador para contarse a sí mismos, sin pensarlos, sin buscarlos, sin pretenderlos pero queriéndolos sin querer, como cuando explota de improviso, sin esperarlo, en la cara, en los ojos y en la boca, un nombre, un beso.



El nombre de un presentimiento

En ocasiones pienso en los esfuerzos de los que hacen vino para hallar un nombre para el suyo. Se devanan los sesos buscando algo representativo, de su pueblo, de su tierra, de su suelo, de su casa, de su familia o de su sueño, o simplemente piensan en un sonido que lo haga llamativo al verlo o escucharlo, como un canto de sirena irresistible que ningún hombre pueda no escuchar. Algunos, a veces, encuentran un nombre que intenta definir, en una sola palabra a ser posible, lo que la botella guarda dentro, aunque eso es muy difícil y no lo he visto casi nunca. Sin embargo, a veces, muy pocas veces, hay nombres de vinos que, en un acto de inspiración, clarividencia o la más pura brujería (negra, blanca o rosada) te dicen, con atinada precisión, lo que va a pasar cuando lo bebes.


Celler Clos Dominic

Hace muchos años que conozco a Dominic, el alma y la intuición de una bodega y unos vinos que son mucho más que cosas. Fue paseando por las tierras virtuales de un grupo de amigos apasionados por el vino. Nunca nos hemos visto, y apenas nos hemos escrito, pero esos cruces de palabras, fogosos y encendidos las más de las veces, siempre han versado sobre algo que a ambos nos inquieta y nos atrapa: el amor, el vino, el amor al vino, la emoción, la emoción del vino, por el vino, por su causa, por su culpa. Sé que ahora está buscando un vino que emocione, como una fórmula mágica que a cualquiera que la beba le dé escalofríos y le ponga todos los pelos de punta, pero eso, que lo hará y encontrará, me parece que sólo funcionará con quien tenga esa emoción ya dentro, escondida o agazapada, dormida, despierta, sometida o lista para saltar, esperando. Quien no sienta será inmune a la poción mágica, y por lo tanto también a la vida.

Dominic hace con el vino lo que quiere, creo que lo mismo hace con su vida entera, y entre ese hacer en libertad se incluye, en mi humilde opinión, dotar del mayor carisma a su vino más pequeño, como ese niño inquieto y juguetón, un diablillo simpaticote y alegre, que se camela a grandes y pequeños con su risa y con su gracia, carisma que, con los años, evoluciona para transformarlo en un encantador adulto, atractivo y seductor, aunque ya carente de esa frescura, inocencia y candidez que adornaba sus actos de infancia. Una cosa por otra. A mí me sugieren esa imagen los vinos de Dominic, Clos Petó, Vinyes Baixes, Vinyes Altes y las Selecciones familiares con los nombres de sus hijos en las que cada año vuelca lo mejor de lo mejor (y a las que aún no he tenido el gusto de ser presentado) a los que recientemente ha sumado, para completar la familia, unos novedosos blanco y rosado que aún se debaten en la cuba embrionaria que dará a luz un día a un ser completo y definitivo.

Dominic también ofrece su hospitalidad en el Priorat, su vino y su alimento para quien desee franquear sus puertas. Yo no he visto sus parcelas, ni he pisado sus pizarras, ni he respirado su aire, ni me ha quemado la piel su sol. Yo nunca he estado en sus viñas ni en su casa, pero a menudo, cuando oigo hablar a alguien de su viaje, me dejo llevar hasta los sueños que provocan los besos de su vino beso, y sueño que un día me aventuro a hollar sus tierras en silencio necesario, sólo distraído por el crujir de los pasos ligeros en el límite de lo audible, y que al fin, en la tenue oscuridad del frescor de su bodega, me encuentro en disposición de saciar mi propia sed de besos, bebiendo con los ojos cerrados el vino salivado por sus cepas.

 
Clos Petó

Beso de llegada, cortesía que siempre son dos, en las mejillas; beso de arrimo, que es tanteo y no más que un roce leve en unos labios que han secado la ansiedad y la esperanza; beso de ganas, que es un sorbo que saborea los labios ya húmedos y entornados; beso de placer con las bocas abiertas, estrechado en un abrazo que no se puede romper y que ya no puede ser palabras sino dos voces que hablan en silencio al mismo tiempo, diciéndoselo todo; beso de hambre que muerde fruta madura, labios y el cuerpo entero; beso de sed que son un trago largo de vino tinto, sabroso y especiado, frescor de menta que se bebe durante el movimiento último de entrega en una partida de amor, sin parar ni soltar la copa, suspirando y regalando al mismo tiempo los inflamados gemidos que marcan el camino del placer. Beso que es gritos y arañazos empapados en vino cuando rebosa de la boca y moja la piel ardiendo, aroma profundo que se instala en la nariz, muy dentro al respirar, deleite prolongado hasta ya no poder más, punta de sensaciones que recorren cuerpo y alma, hasta que al fin llega el sosiego del beso extenuado que se da al final, cuando en la lengua queda un sabor de fondo que se agarra a ella para no marchar y que ya no es dulce, pues guarda la amargura clara de esa despedida que es el último trago que se ha dado, los últimos aromas en la copa de vino ya bebido, el último suspiro resignado al reposarla en la mesa, el último beso, que vuelve a ser un roce de labios secos, antes de tener que decir adiós.



Agosto, 3

Se acaba el cuento de este año, y con el cuerpo y la mente tranquilos, satisfecho y relajado me dejo dar ese último beso, el más pequeño y sutil de los muchos que esta botella ha vertido dentro de mi copa, ahora tintada de pintalabios color granate, triste de lágrimas por el final. Me sabe rico, el postrer beso, y sonrío al apurarlo ante la sobrada certeza de que no será el último que me deje dar por esta boca.


Clos Petó 2011
Celler Clos Dominic
D.O.Q. Priorat
Cabernet Sauvignon, Cariñena y Garnacha



Petó, en catalán, significa Beso en castellano.
Fotografía Celler Clos Dominc cortesía de http://www.debrujasyvino.blogspot.com.es/

viernes, 8 de junio de 2012


Donde los patos se lavan las patas








El ascensor, por la mañana

Una mañana, una más de las tantas mañanas de lunes a viernes, yo esperaba en el garaje de mi trabajo, bostezando, la llegada del ascensor que me subiría a la planta de oficinas, que aunque en teoría es la primera, en realidad tiene cuarenta y ocho escaleras y seis tramos, y es como tres pisos, que, a las nueve de la mañana, resultan muy pesados de ascender. Al poco se abrió la puerta y allí me encontré a Gabrielle, sola, vestida con un leve vestido negro que no ocultaba sus rodillas, iluminada por los intensos halógenos del techo y apoyada en el espejo del fondo, con sus largas piernas cruzadas por los tobillos y las manos en el regazo, que subía desde la segunda planta del aparcamiento subterráneo.


Gabrielle, francesa

Gabrielle es francesa. Lo cual no tiene nada de particular, ya que trabajo en una empresa francesa. Trabajo con franceses, hablo con franceses, recibo órdenes de franceses, trato con franceses y, a veces, hasta me tomo algún café con franceses. Gabrielle es una de las muchas personas francesas que trabajan aquí, en la oficina madrileña de la empresa donde me paso la vida. La conozco de vista desde hace años, “buenos días”, “buenas tardes”, pero no tanto como para decirnos nunca “hasta mañana”. Tendrá unos cuarenta años maravillosamente bien llevados, es morena de pelo cortito, piel blanca, ojos negros, rostro dulce, muy alta, delgada y estilizada como un junco, y poseedora de unas piernas interminables con las que se mueve con una gracia de bailarina dentro de su peculiar modo de vestir francés, basado en suaves telas oscuras, pañuelo al cuello al estilo de una bailarina de tango apache y una casi total ausencia de colorido chillón. Como remate, Gabrielle es de trato muy agradable y correcto, siempre saluda y sonríe cuando te la cruzas por un pasillo. Pero yo nunca había tenido ocasión de intercambiar muchas más de estas palabras de protocolo con ella. En realidad, es raro que yo intercambie muchas palabras con nadie en mi trabajo, salvo las correspondientes a las tareas que tengo que realizar.

Gabrielle, que llevaba un bolso enorme estilo francés colgando del hombro también estilo francés, sonrió al verme y me dio los buenos días. Se acomodó un poco, incorporándose de la relajada postura que traía medio sentada sobre el pasamano, y las puertas se cerraron sin que nadie más entrara. Diez segundos. Había cronometrado mentalmente la duración del trayecto docenas de veces. Diez segundos. Tantos viajes, solo o acompañado de una multitud de compañeros (hasta siete) daba para mucho a lo largo de los diecisiete años que llevo trabajando en el mismo lugar. Exactamente diez segundos desde que se cierra la puerta hasta que comienza a abrirse de nuevo, intervalo durante el que me dediqué a contemplar los preciosos zapatos de tacón de diez centímetros sobre los que la señorita estaba subida, y a respirar el sutil y fresco perfume, francés, que su francesa piel emanaba por todos sus poros. Transcurrido este tiempo el ascensor, como solía hacer siempre, paró bruscamente, se abrieron las puertas, me hice a un lado, y Gabrielle salió, desplazándose con la fluidez del junco mecido por el viento que era, y deseándome, con acento francés, una feliz jornada.


El ascensor, por la tarde

Aquella misma tarde, una más de las tantas tardes de lunes a viernes de no haber sido por el encuentro de la mañana, me dirigía al ascensor para bajar al garaje, una vez terminada la dura e intensa jornada laboral. A lo lejos vi que alguien entraba rápidamente, y dejaba cerrarse la puerta, dándome con ella, literalmente, en las narices. Sin embargo, de pronto, la puerta volvió a abrirse, desvelando el contendido de la caja del ascensor. Allí estaba Gabrielle, sola, con el dedo índice de su mano derecha pulsando el botón de apertura de puerta, y yéndose, como yo, al garaje para subirse al coche y volver a casa. Sonrió con una sonrisa que le iluminó el pálido rostro cuando le di las gracias, soltó el botón para que la puerta se cerrara, se apoyó un poco en el espejo del fondo, y mientras yo volvía a deleitarme con su perfume que parecía no haberse diluido ni un poco, el ascensor se puso en marcha. No soy aficionado a las conversaciones de ascensor, y ni siquiera en este caso, en el que la señorita me había hecho un favor, fui capaz de encontrar un tema adecuado con el que rellenar los diez segundos del viaje que habíamos emprendido solos, juntos.

Diez segundos. Perfume. Nueve. Zapatos. Ocho, zapatos y perfume. Siete, tobillos. Seis, perfume y rodillas. Cinco, falda. Cuatro, cintura. Tres, perfume y frenazo.

Tres segundos antes de su segundo, el ascensor paró con mucha más brusquedad de lo habitual. Ella se incorporó con un respingo, yo volví al mundo real del pequeño espacio de un metro cuadrado, ambos esperando la apertura de la puerta. Que no se produjo.

“Vaya”, fue el inicio de mi conversación improvisada. “Nos hemos quedado atrapados”, fue el de Gabrielle, con acento francés. Pulsé los botones del cuadro a ver si la máquina revivía, pero sin éxito. Nos miramos a los ojos. Ella sonreía, no se la veía inquieta en absoluto, y tampoco apurada. Las mujeres francesas tienen un sentido de la vergüenza diferente a las locales, no les incomoda lo más mínimo la presencia de un hombre casi desconocido tan cercano, y en soledad. Al menos a Gabrielle no le preocupó en absoluto. Pulsé el botón de alarma, produciendo un estridente sonido. Nada. Más botón, más estridencia, pero lo mismo. Automáticamente eché mano del móvil, para recordar, al mirar la pantalla, que estábamos en el punto justo, entre muros de hormigón, en el que no había ninguna cobertura. Cuántas conversaciones de visitantes se habían interrumpido a lo largo de mis viajes diarios en el ascensor… “Bueno…”, comenté al cabo de unos minutos de pulsar insistentemente la alarma, y me dejé caer contra la pared lateral, forrada con una cálida madera artificial de plástico. Gabrielle hizo lo propio, asentándose de nuevo sobre el pasamano cromado. “Ahora vendrá Elías…”, comenté, seguro de que Elías, el vigilante de seguridad, ya estaría bajando las escaleras con la llave de apertura de emergencia. Ella asintió con la cabeza y enarcó una fina, perfectamente depilada, ceja. Un momento después sonó el intercomunicador interno del ascensor, casi al mismo tiempo que una voz, lejana y amortiguada por los muros de concreto, llegaba a nosotros. La voz lejana era de Elías, pero no se entendía lo que decía. La metálica del intercomunicador era de alguien de la central de alarmas, que nos preguntaba qué había pasado.

Tras las consabidas explicaciones llegué a escuchar un “Imposible abrir la puerta en el lugar donde se ha detenido”, seguido de un “Dos horas”, voces lejanas y metálicas, respectivamente.

“Vaya”, repetí. “Dos horas”, añadí. Gabrielle se encogió levemente de hombros y dijo “Oui…

Varios segundos de silencio me empezaron a impacientar. Eso, y la mirada de Gabrielle, que no se la llevaba a los botones del panel, como hubiera sido lo normal. Así que hice amago de empezar a hablar de cualquier cosa. Tiempo, trabajo, tráfico, maquinaria de elevadores… Al final acabamos entablando la típica conversación de ascensor, sólo que mucho más larga, basada en la situación actual de crisis económica mundial y del modo en que estaba afectando a nuestra empresa. La señorita demostró ser, además de educada, tremendamente culta e informada, y me llevó de acá para allá con su animada e interesante conversación durante mucho rato.

Una hora de estar de pie más tarde yo sentía mi espalda destrozada, todo el día de trabajo me estaba pasando factura, pero no me atrevía a proponer ninguna de las descorteses opciones ni de sentarme ni de forzarla a ella a hacer lo propio. Pero la dama, intuitiva, no tardó en darse cuenta del problema que me acuciaba y, concediéndole más importancia a complacerme que a las formas, se dejó deslizar despacio y con gran estilo hasta el suelo de mármol gris, adoptando una postura de sirena, con las piernas juntas y sesgadas, y el bolso de diseño al otro lado. Me di cuenta en ese momento de lo fácil que es, cuando ellas quieren, comunicarse con una mujer, hasta sin palabras. Sonreí, asentí, y recalé en el mismo suelo, sentado al modo indio y sin duda con mucho menos estilo que ella. Fue un alivio, la verdad. Suspiré de placer, tal vez demasiado escandalosamente, lo que provocó en ella una leve risa. Ya estábamos ambos aposentados en el frío suelo de mármol gris del ascensor, ella apoyada en una esquina, yo en la correspondiente a la diagonal, ella con su pose de sirena, yo con la mía de indio. Algo azorado empecé una disculpa, pero antes de que pronunciara una palabra, como si mi gesto hubiera sido la señal que ella esperaba, Gabrielle se me adelantó, y sin dejar de mirarme, afirmó: “He oído que te gusta mucho el vino.”

“He oído”, mi sorpresa fue mayúscula. Cierto es que la afirmación era cierta, pero no menos cierto que pocos en mi trabajo conocían esta afición mía. En realidad, pocos en mi oficina conocían ninguna afición mía, más que a la puntualidad y a la disposición a ayudar a cualquiera que lo requiriese, en asuntos concernientes a mi área laboral. Pero lo del vino… Mi silencio debió de sorprenderle, porque enarcó su delgada ceja izquierda e, inclinando un poco su anguloso rostro, añadió: “N’est-ce pas?” Tuve que responder, sonriendo tímidamente, que sí, que me gustaba mucho, y no sólo, que me encantaba, y le conté más, ya lanzado, que solía ir a reuniones entre amigos para catar vinos, a presentaciones de productores para conocer vinos, a salones de expertos para oír hablar de vinos, a bodegas para ver hacer vinos, y a todas las cosas que me pudieran surgir, si existía la posibilidad de emocionarme con un vino. Ella me escuchó con una expresión que se movía entre la sorpresa, la diversión y el interés, hasta que finalmente terminé y ella asintió con un “très bien”, dando paso a un breve silencio que, al poco, Gabrielle disolvió inesperadamente y con acento: “Donde nací yo hay muchos viñedos, es cerca de Bordeaux. La casa familiar es una grande maison en una colina, a las afueras del pueblo; es muy grande y antigua, de la época de Napoleón III, sobre 1850. Desde ella se ven las viñas y desde cualquier lugar, se ve la casa. Y por la noche, es todo oscuridad, salvo cuando hay luna llena. Aún voy allí cuando puedo, me gusta pasear por el campo, recordar los olores de cuando era petite. En realidad allí en concreto no se hace mucho vino, es zona de cognac. ¿Te gusta el cognac?” Yo negué con la cabeza, y ella continuó contándome, como si no le importara. “Aquí en España no se bebe mucho, pero en Francia es algo importante. Pero sobre todo, lo que hacemos allí es una cosa muy rica que se llama Pineau, y que es como un vino dulce mezcla de mosto y aguardiente de cognac, y que se toma de aperitivo. “Como el Ricard”, exclamé yo, conocedor de las costumbres francesas. “Bon, más o menos, el Ricard se toma con agua helada, pero el Pineau se bebe sólo, frío pero sin hielo. ¿Sabes que fue un error? Un viticultor puso mosto en una barrica sin saber que ya había en ella aguardiente de coñac. Cuando la abrió al año siguiente le gustó lo que se encontró, y desde entonces esa mezcla se fue asentando en mi región. “¿Cómo se llama? Tu región, quiero decir”, pregunté, y ella sonrió con sonrisa de orgullo y me dijo, con una pronunciación musical: “Charente, y mi ville se llama Châteauneuf-sur-Charente.” Se quedó callada, como pensando, aunque seguramente lo que estaba haciendo Gabrielle, con la mirada perdida en el suelo del ascensor, era recordar. Al poco siguió hablando, abrazada a su bolso de diseño: “Hace mucho, cuando era más joven e iba allí y miraba alrededor, sólo pensaba en el paisaje. Hay muchas colinas y eso es bonito porque se ve mucho paisaje variado, arboledas, ríos, casitas en los caminos, pero desde hace tiempo también veo los viñedos.” Y sonrió, cómplice. “Oui, mon ami, antes te he preguntado si te gustaba el vino, porque a mí también me gusta el vino. Mejor dicho, yo amo el vino.” Yo la escuchaba embelesado, y lleno de ideas preconcebidas pensaba que jamás hubiera imaginado que esa mujer que veía por los pasillos cargada de papeles fuera, como yo, toda una obsesiva amante del vino. Entonces, antes de darme tiempo a pensar sobre lo que ella debería estar pensando, abrió su bolso enorme y, despacio, con cuidado, como si estuviera manejando algo muy valioso, me mostró una botella de vino. “Mira, este vino se hace no muy lejos de mi ciudad, en Bordeaux.” Tardé unos pocos segundos en ser consciente de lo que contenía en la botella que me estaba enseñando. Debí de mudar el semblante, porque Gabrielle sonrió, aunque por primera vez me pareció descubrir una sombra de pesadumbre en sus ojos. “¿De-dónde-has-sacado-eso?” le pregunté marcando las palabras, a la vez que acercaba las puntas temblorosas de mis dedos a la etiqueta blanca, con letras en rojo y gris, sin darme cuenta de que se trataba de una pregunta del todo indiscreta. Su reacción volvió a sorprenderme: bajó la vista al suelo y, sin mirarme, dijo con tristeza y un pequeño escalofrío que agitó sus hombros: “Es un regalo… de un de mes amis.” Un regalo, tan bueno, debería ser algo al menos así de bueno, pero parecía que no. Algo la ponía triste, algo no marchaba bien en la situación, en ese vino mítico, en esa “amistad” que le había regalado ese vino.

Gabrielle volvió a guardar la botella (y mis ojos detrás de ella) en su bolso, y enfrentó de nuevo su mirada a la mía. Vi que esperaba la pregunta obvia, pero como yo me mordí la lengua para no caer otra vez en la indiscreción, fue ella quien dio el paso: “Ese amigo es...” Y su rostro se ensombreció del todo. Se calló, y yo no hablé. Esperé. Yo sé esperar, soy hombre paciente, sé que al final siempre llega la recompensa, si se tiene paciencia cuando se debe tener. Y llegó. “Él es un hombre mayor, se dedica a los negocios. De vez en cuando me regala una botella de esta marca, aunque no sabe nada de vino, pero ha debido de leer que es el mejor, o el más caro, o alguien le asesora, no sé, yo nunca le pregunto. Tengo muchas, porque yo nunca lo tomo, a él no le gusta el vino, sólo bebe vodka, y yo, sola, no podría beber este vino. Y no me refiero a estar acompañada, sino a beberlo sola. Este vino, no…” Yo la escuchaba atónito, por todo, así que lo que le dije fue una soberana estupidez, seguramente, y le pregunté con más esperanza en mi voz de lo que hubiera sido educado: “¿Y no lo puedes compartir? Podrías invitar a alguien a casa, alguien a quien le gustara tanto como a ti, y tomarlo juntos y hablar de ello…” Ella comprendió la jugarreta de mi subconsciente, torció el gesto, bufó y respondió, todo de corrido: “Mais oui, a mí sí me gustaría, pero es que él… A él no le gusta que quede con otras personas… Es bueno y me quiere mucho, pero tiene un carácter fuerte y se enfada fácilmente, y cuando discutimos y me grita y yo le digo que ya no le veré más, entonces al día siguiente me pide perdón con una botella de este vino, como ha sucedido esta mañana, y yo le voy perdonando y voy guardando las botellas, aunque para nada, porque él se vuelve a enfadar y yo el vino no me lo voy a beber sola...” Y, de repente, Gabrielle bajó su cabeza, se cubrió el bello rostro con las manos y se echó a llorar. Fue un llanto calmado, cansado, de no poder más, como el del vaso que se desborda tras la última gota que lo colma. Pero sobre todo fue un llanto repentino. Para mí fue una sorpresa, desde luego, pasar de hablar de vino a llorar, y no hice nada durante unos segundos, salvo mirarla y tragar saliva, apurado. Luego, un momento después, me pareció que el llanto estaba a punto de arreciar, así que antes de que empezara la verdadera tormenta, y obedeciendo a un impulso no meditado, me desplacé y me senté  a su lado, pasé mi brazo derecho por sus hombros, y la atraje hacia mí, para que llorase a gusto, con alguien. Funcionó, creo, porque Gabrielle descubrió su cara y la enterró en mi pecho, manteniéndose así, llorando y mojándome la camisa, un largo rato, ambos en silencio, mientras yo componía en mi mente la dolorosa (y demasiado habitual) situación de la que me estaba hablando.

No sé cuánto tiempo pasó, pero me pareció mucho. Cuando el lloro cesó, ninguno nos movimos, nos quedamos así, juntos y abrazados, acurrucados en el suelo del ascensor, hasta que una voz nos informó por el altavoz de que estaban a punto de resolver la avería. Con extremo cuidado retiré mi brazo de sus hombros, que aún temblaban. Ella, al poco, retiró su rostro de mi pecho. Me puse en pie y la miré, sin decir nada. Ella me miró con los ojos húmedos y enrojecidos, pero enseguida se relajó y, tenuemente, sonrió. Asintió una vez con la cabeza, cerró los ojos despacio, los abrió otra vez y, con firmeza, tomó la mano que le tendía para ayudarla a levantarse, lo que hizo con extremada elegancia hasta quedar frente a mí, muy cerca de mí. Me miró a los ojos y, dejando su bolso en el suelo, inesperadamente, me regaló un abrazo. Aprovechándose de su altura, me dio un abrazo que rodeó mi cuello, pegando su cuerpo al mío, apretando con fuerza. Sentía su respiración en mi oído cuando se lo devolví, envolviendo su espalda con mis brazos. Gabrielle me estaba agradeciendo algo. Noté su mejilla pegada a la mía, acariciándomela con ella, en un gesto que los franceses llaman câlin, y que quiere expresar un afecto intenso hacia alguien. Unos segundos (lentos, largos) y el abrazo se deshizo. Luego me dio un bisou (un besito afectuoso en la mejilla) y se separó. Vi de nuevo su rostro sonriente frente al mío. Entonces me preguntó: “¿Te gustaría un francés?” Yo alcé ambas cejas como empujadas por un resorte. Dichosos reflejos. Su gesto era la más pura muestra de la inocencia, de modo que sentí arder mi cara. Ella captó mi reacción, pues teniéndola tan cerca noté cómo se le dilataban las pupilas y, tras alargar casi imperceptiblemente su sonrisa con un leve temblor de su labio superior, me hizo la pregunta de nuevo: “¿Te gustaría uno francés?” Sólo le faltó reprenderme con un gesto de la mano y llamarme “niño malo…”

No me dio tiempo a responder, pues en ese momento el ascensor reanudó su marcha, con un envite brusco y un traqueteo preocupante. Tres segundos después, aproximadamente, se detuvo y las puertas se abrieron, para mostrarnos, uno junto al otro, el sonriente rostro redondo de Elías y la impasible faz de un técnico ascensorista. Tras dar las gracias muy apresuradamente, Gabrielle se dirigió a las escaleras para bajar al aparcamiento, pero antes de traspasar la puerta de salida de la oficina se detuvo y, volviéndose hacia mí, me dijo: “En mi casa de Châteauneuf hay una fuentecilla en el jardín, no es más que un sencillo grifo emergiendo de una columna bajo un alero de la casa, encajada entre pilares de piedra. Arriba hay un depósito que recoge el agua de la lluvia. En esa columna, sobre el grifo, hay una inscripción escrita a mano, hace muchos años, por mi abuelo: ‘Ici les canards se lavent les pattes’. Significa ‘Aquí los patos se lavan las patas’. Les canards eran unos niños que se lavaban las manitas allí, en la fuente de agua de lluvia de mi abuelo, después de corretear y jugar por todos lados, y antes de ir a comer.” Hizo una pausa de unos segundos, y continuó, sonriendo con la ternura de los recuerdos: “Los patitos éramos nosotros, mis dos hermanos y yo, sus nietos… A demain, mon cher ami. Merci beaucoup, por todo.” Y Gabrielle se dio la vuelta y se marchó escaleras abajo.


El francés, vino

A la mañana siguiente, cuando llegué a la oficina, me encontré sobre mi mesa dos botellas de Pineau, uno rosado, y otro blanco. Bajo ellas había un papelito doblado. Era una nota escrita a mano con una cuidada letra redondeada: “Merci beaucoup mon ami, estas botellas son para que conozcas mi Pineau, pero como no es vino y el vino me gusta compartirlo he pensado en hacerte caso, así que a lo mejor ahora sí que respondes a mi pregunta y me dices si te gustaría un francés, chez moi. Gab.”

No soy hombre al que le gusten los deportes de riesgo, así que mientras intentaba decidir si el error en la nota de Gabrielle había sido en esa segunda ocasión, o no, intencionado, no pude por menos que pensar en cómo me sentaría una copa de ese vino de etiqueta blanca con letras en rojo y gris que llevaba en su bolso, interrumpido por un imprevisto chupito de vodka de la mejor calidad.








Pineau des Charentes, apéritif

Un producto que no había probado nunca. Una primera vez, o mejor dicho, dos primeras veces. Algo impensable a mi edad… Dos versiones, blanco y rosado, mucho más parecidos a un vino que a un destilado.




Pineau des Charentes Varachaud père et fils. Blanco

El blanco es intenso y complejo, dulce, alegre, me recuerda a los vinos dulces de Málaga. Mucho mosto en la mezcla. Aromático y de gran extensión. Recuerdos a almendruco.















Pineau François 1er. Rosado

El rosado es más apagado, tristón, suave pero más potente en alcohol. Seguro que en la proporción prima el cognac al mosto. Mucha almendra amarga, que se apaga lentamente al respirar.