jueves, 29 de noviembre de 2012


El chocolate se funde en la boca, pero no en las manos






El mayor dolor es el que se está sufriendo. El mayor placer, el que se está gozando. El mayor amor, el que se está entregando. La mayor locura, la que se está viviendo.
Anónimo




Por una cabeza, todas las locuras. Su boca que besa, borra la tristeza, calma la amargura.
Alfredo Le Pera, "Por una cabeza"




Emoción

A veces, sólo a veces, uno pierde el sentido cuando se encuentra frente a determinadas circunstancias anímicamente complejas. En ellas es normal olvidarse de la razón y dejarse arrastrar bien por los sentimientos, bien por las emociones, con las inevitables consecuencias que ello, a corto o largo plazo, puede acarrear.

Nada tienen que ver sentimientos y emociones. Los unos surgen en esa parte evolucionada del cerebro humano a la que usualmente llamamos corazón; las otras en la parte primitiva y animal que suele localizarse físicamente dos dedos por debajo del ombligo. A los unos se los puede manejar, estamos acostumbrados a ellos. Se llaman amor, tristeza, compasión, felicidad… Viejos amigos conocidos por todos. A las otras, por el contrario, no hay quien las controle, pues son parte del funcionamiento animal del ser humano al que ya no estamos habituados. Suelen ser negativas y, por fortuna, no tan conocidas para nosotros como los anteriores: miedo, agresividad, pena, celos, odio, envidia…

En esas circunstancias en las que nos dejamos llevar por los sentimientos o por las emociones nos encontramos gestionando problemas muy diferentes, en cuanto a nuestro propio comportamiento, una vez que hemos perdido las riendas del autocontrol. Si se trata de los primeros, uno es consciente de lo que está sintiendo, lo entiende, puede trasladarse a la razón y desde ahí, con mayor o menor esfuerzo, dominarlo una vez que haya hecho su función. Por ejemplo, el dolor llega, duele y se va. Eso es un sentimiento. Pero si se queda ahí, aferrado al alma, se convierte en sufrimiento, y eso es una emoción. No se puede controlar, ni negociar con ella, ni moverla a un lugar de la razón donde se la pueda someter. La emoción, al final, te subyuga, te anula, te destroza.

En general, si alguien es atrapado por las emociones se dice que está loco, y a lo que le ocurre, se le llama locura.


Locura

Locura para un hombre casi siempre lleva nombre de mujer.

Mujer que encuentras, que te encuentra, que llega, a la que llegas, se queda, la dejas, se va, te deja, se queda, se queda, se va.

Y esta locura a veces, muchas veces, se convierte en nubes negras, en angustia, en amargura, en daño, en insania que arrastra hasta un infierno de agonía. Pero a veces, sólo a veces, uno puede volverse loco sin perder el sentido de sus sentimientos, uno puede hacer una locura sin perder el sentido de su razón y alcanzar, casi sin querer, la cima donde esta locura se convierte en poema, en melodía, en una botella de vino.


Una botella de vino

Calle del Espíritu Santo, número 23, Madrid. 9 de octubre. 20h. Es ya tarde, casi noche, camino mirando al suelo, escuchando, haciendo por respirar a bocanadas hasta llegar a Bodegabierta, una tienda especializada en venta de vino ubicada en el madrileño barrio de Malasaña. Entro, camino hasta las escaleras del fondo sin detenerme a mirar las botellas que tapizan los estantes. Escaleras que desembocan en un sótano, casi una cueva encalada en el subsuelo de Madrid, que en tiempos fue una panadería. Y, de repente, siento que allí se está bien. Pocas personas todavía, todos amigos. Luz blanca, limpia. Temperatura fresca, pero más cálida que en la calle. El vino, que te mira a la cara al entrar, también estará bien. Me recibe el responsable de Bodegabierta, José Román. “¿Y Nacho?” “Ahí está.” Alto y delgado, se afana cuidando sus botellas mientras nos espera. Nacho está cansado, quizá sea gripe, está como abatido, como si le pesaran los hombros. Una mirada, que se desvía de inmediato. Sus ojos brillan. Una sonrisa, dos sonrisas, tres y de pronto siento que ya está todo dicho. A veces, sólo a veces, ocurre eso. No necesitas más que una mirada, una sonrisa, un comprenderlo todo de repente.

Hay tiempo, faltan muchos asistentes, podemos hablar. “Ahora verás que el vino es denso y oscuro como el chocolate, se extiende por la boca, tapiza su interior con su consistencia. ¿Sabes que el chocolate se funde en la boca a la temperatura del cuerpo humano? Pero en las manos no, porque siempre están más frías que el resto del cuerpo.” Comer chocolate hace sentirse bien. Dulce, aromático, crujiente… Un trocito después de una comida, con el café, o simplemente solo, cuando apetece. “El chocolate es un buen sustituto del sexo, porque ambos liberan endorfinas, que nos proporcionan placer.” La mirada entumecida acaba perdida en el laberinto de los segundos que siguen, pero la sonrisa firme todo lo puede, hasta hacer que las personas callemos y que empiece a hablar el vino.
 
Pyjama 2011 y Demencia 2008, y de regalo, Demencia 2009 que aún no tiene etiqueta y para el que habrá que esperar, como se espera una llamada, unos meses más. Ambos vinos son el mismo vino, eso se percibe desde que miras su color oscuro y tumultuoso, desde que recibes la primera vaharada de perfume. Llevan los mismos genes, como hermanos de distinta edad. O como padre e hijo. No, mejor aún: como el mismo hombre en momentos diferentes de su vida. Briosos ambos, plenos de energía, lúbricos y con una capacidad inmensa de evolución, de crecimiento, de afinación, expresión y mejora a medida que transcurra el tiempo. Vinos para tener la voluntad de comprender su marcada personalidad, para ser pacientes, para esperar hasta que estén dispuestos a entregarlo todo. Y mientras espero, siento los sentidos colmados de sensaciones saturadas, la mente llena de voces saltarinas, y las palabras, cuerpo de cada una de las impresiones recibidas, pugnando por brotar para alcanzar imágenes consistentes que, una a una, puedan describir con nitidez los vinos.


Los vinos

Pyjama

Violenta violeta violencia al respirarlo, recuerdo interminable de pasión voluptuosa en la boca, intensidad de mil sueños vaporosos despertados de repente al abrir los ojos, y ya no cerrarlos, en cada sorbo inolvidable que sólo volverá, en la memoria, al terminar la botella mediada, quizá mañana, quizá después, de una sola vez, algún día. Y después, horas más tarde, la pasión violenta se convierte al fin, descargada, en un abrazo suave, más caricia que fuerza, tranquilo y apacible, te cierra los ojos respirando la respiración que respira a tu lado, perfumada con un nuevo dulzor que te estremece, intensamente, largamente, y te arrebujas en sus brazos, besas otra vez los labios de la copa que es su boca, y te abandonas al sueño que es dormir, hasta el amanecer, durante una noche que iba a ser de un beso y que, sin querer, se convierte en demencia.





Demencia

Indomable al encontrarlo, desconfiado, intenso sin control, salta sin mesura debatiéndose como una tormenta turbulenta que te arrastra, casi te hiere con su vivo olor a frutas negras y cosquillas de pimienta, acidez de fresa y frambuesa verdes, floreado, florido y especiado, te galopa en la boca, imparable, se acerca despacio y te acaba saltando encima, pero se deja sujetar, tiras del dogal con paciencia, y lo vas domando, se doma porque quiere, porque sabe que lo entiendes, y amaina, la tormenta se calma, el viento doloroso deja de bufar, te envuelve hecho brisa con dulzura, se abre, se expande rodeándote, creciendo en armonías, y te ofrece su denso dulzor amargo de chocolate sensual, revuelto de matices especiado y vainilla, tienes que esperar porque te lo exige, lo deseas y con tiempo, sin correr, se deja que lo hagas tuyo, estable y sabroso, lleno de energía y expresividad. Espera, espera, espera, sólo entonces sabrás todo lo que guarda para ti.



Las horas vuelan y yo no me doy cuenta de sus pasos largos y acelerados. Me voy de allí con las emociones tomando poco a poco el control de los actos y la razón, sentido y sentimiento, de modo natural, plegándose frente al poder incontenible de la locura.


Locura

Locura es una botella aferrada entre las manos, locura es la lluvia, la noche, el frío al llegar. Locura es cerrar los ojos y esperar unos minutos, intentando que la locura del temblar del corazón amaine, antes de llamar con un roce de nudillos. Locura es una puerta que se abre, una estancia que espera, un vacío que al cerrarse desvela la locura de una sonrisa argentada. Locura es el silencio de las palabras que no se dicen, locura es el sonido del silencio que se escucha, locura la sonrisa que no cesa, los ojos que sonríen, la respiración que resuena acompasada. Locura son dos copas vacías en una mano y una mano en la otra mano. Locura el sonoro aliento de la botella al descorchar, locura el tintineo del vino que golpea el cristal, locura el aroma desatado al izar las copas de la mesa, entre los dedos, un perfume intenso a chocolate y menta que con prisa acalorada transforma el aire de la habitación. Locura es dejar a tientas sobre la mesa las copas llenas del vino que aún no ha probado la boca, y dejar que se queden ahí por minutos olvidadas, esperando y observando con mirada verde felina. Locura es el abrazo apretado entre el vino y el calor del cuerpo abrazado, un abrazo que no quiere ser más locura, aún, para mejor saborear, como sorbo leve que no es trago y poco a poco, la locura que ya asoma. Locura es por fin el primer sorbo, un brutal impacto y la complicidad naciente en torno al vino al ver los ojos, que son espejos, muy abiertos al otro lado de las copas. Locura los segundos, los minutos, un susurro, el rozar de una tela roja amontonándose en el suelo, otra verde, otra negra, otra blanca, la respiración que falta, que no llega, una pausa que es un juego, una sombra en la pared que se bebe la copa entera, medio llena de locura, de un solo trago. Locura al tiempo la calma deliciosa, ya domada la fiereza del pujante impulso que recoge sensaciones transformadas en percepción, el cuerpo adormecido que hormiguea de placer, la piel aún caliente, la respiración pausada. Locura, al fin, que todo lo cura con el sueño que cierra los ojos para mejor oír cada susurro, cada cuento de la copa casi vacía que no se quiere terminar.

Una voz se acerca a mi oído, cierro los ojos y me concentro en el respiro tibio, aromatizado, hasta que el aliento empapado en vino me habla bajito:

-¿Qué te ha parecido?

 -Me ha gustado mucho.

-¿Qué has sentido?

-Placer.

-¿Quieres repetir?

-Claro.

-¿Y después?

-Mucho. Quiero mucho más.


Mucho más

Nacho y yo hablamos un día. Yo quería ver. Él quería mostrar.

-Dime, Nacho: ¿Locura?

-Muy difícil para mí. Lo intento... ¿Qué decir? Pues que tenía una vida normal, con mis pasiones y desvelos, con mis inquietudes y preocupaciones, con mis ilusiones y sueños. Y tanto soñé, que la gente pensaba que estaba dormido. ¿Dormido? No ¡soñando! Y lo malo de soñar, es que no estamos acostumbrados. Los sueños dan vértigo porque te alejan del suelo. No nos gusta ver al prójimo soñar. La gente me empezó a mirar de otra manera. Mi sueño, en la viña, en su vino, en compartirlo... pero ¿con quién? Buscaba y buscaba, disfrutaba compartiendo mi locura. Y compartí. Momentos, vivencias, contactos... pero una locura que cada vez era más estéril. Llegó un momento en que nadie quería beber conmigo... "Ese vino te pone loco." "No es hombre para ti." "No son buenas compañías." "Vas a acabar como él...”

>Unos hombres vestidos de blanco me quisieron llevar. "Miren ustedes, yo no estoy loco. Estuve loco ayer, pero fue por amor."


Fue por amor

Demencia. En la cápsula de la botella se hace constar:

unaoportunidadsatisfaccionalasvientosbrisatierrasaltascarmesinoimportacuandotedueletesienteslibrenosotrosnuestrocomunionatomounosolonadatodosilenciosonidoclitorisaleluyafinalclitorissorpresaesmejorquelarealidaddreamsnaufragarnavegarflotarbuscarloquetenemosquedestruir?seguirnecesitamosluzescaparsinnombreunangelunmentirosonocreeennadieunmentirosonocreeennadaenemigoescaparvertigoexplosionvertigolunaatraccionvertigocosasquenopuedesexplicarrendicionvictimacaerdormidodreamsinnadaenloqueapoyarseentregarevelacionfeloimposibleanonimocorrersindireccionenhebrarunaagujasonidotesorosecretocasasentirsinsentido=sentimientovssentidomovimientohumanosdespuesdetodolentoeldiacomienzaenelocaso.adondevanlascarreteras?correrandarvolargolpearcuandotetoconosientesnadaestatica.adondevanlascarreteras?preambulovastagoprimogenitoanonimoorigenesorigenanteriormasaltovertigotalentohipnosisincognitovorticecaidagravedadpesodeseoprofundoagujeropielcanibalcompromisoparanoiaespiralarenaretornomediavueltarecuerdomisterioluzcorrientetensionestimulocegueraultravioletainfrarrojoinvisiblenoseoscuridadnochecaminocabezavisionunaideavoladoramoribundaalgomuerevivirvidad8e6m4e2n7c3i5a1.





Demencia de Autor





Información de la bodega:

Pijama 2011 - Bodega Demencia de Autor S.L.
D.O. Bierzo - 100% Mencía. Crianza durante 5 meses en barricas de roble francés de segundo y tercer año complementado con una presencia de lías finas, y tres trasiegos con leve aireación. Se ensambla el vino con la adición de una breve proporción de vino criado de la añada 2010, en búsqueda de complejidad y afinamiento.

Demencia 2008 - Bodega Demencia de Autor S.L.
D.O. Bierzo - 100% Mencía. 16 meses de crianza en barricas de roble francés; los primeros 6 meses, el vino se mantuvo con una selección de lías finas realizándose frecuentes “battonages”.


Bodega abierta





jueves, 9 de agosto de 2012


Sentir que es un beso la vida…







Cuando un vino y su nombre son precisamente lo que ese nombre dice ser





Me acerco al agua bebiendo tu beso…
Lhasa De Sela, “Con toda palabra”




Agosto, 3

Mi cumpleaños, uno más otra vez más, ya en periodo de descarte de memoria y suma y sigue de gloriosa vida por vivir. Y otra vez más como a veces pasa, buscando el cuento para contar a la luz pequeña de la llama de la novena vela pueril, me encuentro el cuento escrito solo, como deben ser los mejores cuentos, los que usan al contador para contarse a sí mismos, sin pensarlos, sin buscarlos, sin pretenderlos pero queriéndolos sin querer, como cuando explota de improviso, sin esperarlo, en la cara, en los ojos y en la boca, un nombre, un beso.



El nombre de un presentimiento

En ocasiones pienso en los esfuerzos de los que hacen vino para hallar un nombre para el suyo. Se devanan los sesos buscando algo representativo, de su pueblo, de su tierra, de su suelo, de su casa, de su familia o de su sueño, o simplemente piensan en un sonido que lo haga llamativo al verlo o escucharlo, como un canto de sirena irresistible que ningún hombre pueda no escuchar. Algunos, a veces, encuentran un nombre que intenta definir, en una sola palabra a ser posible, lo que la botella guarda dentro, aunque eso es muy difícil y no lo he visto casi nunca. Sin embargo, a veces, muy pocas veces, hay nombres de vinos que, en un acto de inspiración, clarividencia o la más pura brujería (negra, blanca o rosada) te dicen, con atinada precisión, lo que va a pasar cuando lo bebes.


Celler Clos Dominic

Hace muchos años que conozco a Dominic, el alma y la intuición de una bodega y unos vinos que son mucho más que cosas. Fue paseando por las tierras virtuales de un grupo de amigos apasionados por el vino. Nunca nos hemos visto, y apenas nos hemos escrito, pero esos cruces de palabras, fogosos y encendidos las más de las veces, siempre han versado sobre algo que a ambos nos inquieta y nos atrapa: el amor, el vino, el amor al vino, la emoción, la emoción del vino, por el vino, por su causa, por su culpa. Sé que ahora está buscando un vino que emocione, como una fórmula mágica que a cualquiera que la beba le dé escalofríos y le ponga todos los pelos de punta, pero eso, que lo hará y encontrará, me parece que sólo funcionará con quien tenga esa emoción ya dentro, escondida o agazapada, dormida, despierta, sometida o lista para saltar, esperando. Quien no sienta será inmune a la poción mágica, y por lo tanto también a la vida.

Dominic hace con el vino lo que quiere, creo que lo mismo hace con su vida entera, y entre ese hacer en libertad se incluye, en mi humilde opinión, dotar del mayor carisma a su vino más pequeño, como ese niño inquieto y juguetón, un diablillo simpaticote y alegre, que se camela a grandes y pequeños con su risa y con su gracia, carisma que, con los años, evoluciona para transformarlo en un encantador adulto, atractivo y seductor, aunque ya carente de esa frescura, inocencia y candidez que adornaba sus actos de infancia. Una cosa por otra. A mí me sugieren esa imagen los vinos de Dominic, Clos Petó, Vinyes Baixes, Vinyes Altes y las Selecciones familiares con los nombres de sus hijos en las que cada año vuelca lo mejor de lo mejor (y a las que aún no he tenido el gusto de ser presentado) a los que recientemente ha sumado, para completar la familia, unos novedosos blanco y rosado que aún se debaten en la cuba embrionaria que dará a luz un día a un ser completo y definitivo.

Dominic también ofrece su hospitalidad en el Priorat, su vino y su alimento para quien desee franquear sus puertas. Yo no he visto sus parcelas, ni he pisado sus pizarras, ni he respirado su aire, ni me ha quemado la piel su sol. Yo nunca he estado en sus viñas ni en su casa, pero a menudo, cuando oigo hablar a alguien de su viaje, me dejo llevar hasta los sueños que provocan los besos de su vino beso, y sueño que un día me aventuro a hollar sus tierras en silencio necesario, sólo distraído por el crujir de los pasos ligeros en el límite de lo audible, y que al fin, en la tenue oscuridad del frescor de su bodega, me encuentro en disposición de saciar mi propia sed de besos, bebiendo con los ojos cerrados el vino salivado por sus cepas.

 
Clos Petó

Beso de llegada, cortesía que siempre son dos, en las mejillas; beso de arrimo, que es tanteo y no más que un roce leve en unos labios que han secado la ansiedad y la esperanza; beso de ganas, que es un sorbo que saborea los labios ya húmedos y entornados; beso de placer con las bocas abiertas, estrechado en un abrazo que no se puede romper y que ya no puede ser palabras sino dos voces que hablan en silencio al mismo tiempo, diciéndoselo todo; beso de hambre que muerde fruta madura, labios y el cuerpo entero; beso de sed que son un trago largo de vino tinto, sabroso y especiado, frescor de menta que se bebe durante el movimiento último de entrega en una partida de amor, sin parar ni soltar la copa, suspirando y regalando al mismo tiempo los inflamados gemidos que marcan el camino del placer. Beso que es gritos y arañazos empapados en vino cuando rebosa de la boca y moja la piel ardiendo, aroma profundo que se instala en la nariz, muy dentro al respirar, deleite prolongado hasta ya no poder más, punta de sensaciones que recorren cuerpo y alma, hasta que al fin llega el sosiego del beso extenuado que se da al final, cuando en la lengua queda un sabor de fondo que se agarra a ella para no marchar y que ya no es dulce, pues guarda la amargura clara de esa despedida que es el último trago que se ha dado, los últimos aromas en la copa de vino ya bebido, el último suspiro resignado al reposarla en la mesa, el último beso, que vuelve a ser un roce de labios secos, antes de tener que decir adiós.



Agosto, 3

Se acaba el cuento de este año, y con el cuerpo y la mente tranquilos, satisfecho y relajado me dejo dar ese último beso, el más pequeño y sutil de los muchos que esta botella ha vertido dentro de mi copa, ahora tintada de pintalabios color granate, triste de lágrimas por el final. Me sabe rico, el postrer beso, y sonrío al apurarlo ante la sobrada certeza de que no será el último que me deje dar por esta boca.


Clos Petó 2011
Celler Clos Dominic
D.O.Q. Priorat
Cabernet Sauvignon, Cariñena y Garnacha



Petó, en catalán, significa Beso en castellano.
Fotografía Celler Clos Dominc cortesía de http://www.debrujasyvino.blogspot.com.es/

martes, 17 de abril de 2012


Vino y letras:
sensaciones embotelladas






Guía Peñín 2012 - Live tasting, Madrid 12/4/12


Los recuerdos nacen cuando muere la realidad, las más de las veces para revivir lo que se vivió, sólo a veces para seguir viviéndolo.




Primera parte. Guía Peñín 2012 - Live tasting.

Los mitos.

José Peñín, como Robert Parker, son fantasmas. Son nombres, con una cara que a veces se ven catando en fotografías. Pero no son seres reales. Son mitos. Son imágenes corporativas de una empresa, tras la cual hay personas, muchas seguramente, haciéndoles el trabajo y siguiendo sus directrices. Catan vinos, los puntúan según sus propios gustos y preferencias y con ello dirigen el mercado. Los productores producen según estos gustos, ponen en sus etiquetas los puntos que les han tocado y los consumidores consumen según estas valoraciones, lo que lleva a los productores a producir más, moviéndose en un círculo vicioso del que nadie quiere salir.

Hasta aquí lo que yo pensaba hasta hace unos días.


Desmitificaciones.

Personas.

José Peñín, que es una persona, ya no pertenece a la Guía que lleva su nombre. Ahora se dedica a viajar, escribir y beber vino con amigos, aunque de vez en cuando también cata, si bien ello ha dejado de ser su trabajo. Ahora quien cata es un grupo de profesionales, tres, encargados de valorar los vinos de modo independiente, y la empresa (Guía Peñín, de renombre, con marca reconocida, prestigiosa y respetada) es ahora dirigida por otra persona, Carlos González, apoyado por Ana Hernández (marketing y comunicación) y Victoria Lara (redes sociales y web), más varios profesionales de diferentes áreas que completan el equipo.


Modos.

Las muestras las envían las bodegas, no hay restricciones, aunque se prefiere catar in situ. Las altas puntuaciones (más de 90) se discuten entre el grupo, minimizando la posibilidad de que un matiz de “gusto personal” se cuele en el resultado. Si un vino resulta sospechoso por salirse de su línea habitual, para bien o para mal, se repiten los análisis con una muestra comprada anónimamente. El control del procedimiento, aséptico y desapasionado, es total.

Preferencias.

No hay preferencias, sino valoraciones. Si el catador se deja llevar por sus gustos, es más, si simplemente adquiere un gusto personal que se haga oír por encima de la técnica, habrá perdido su capacidad para evaluar. En la guía no hay bebedores, hay profesionales, por formación y experiencia, que analizan un producto y lo juzgan en función de diferentes parámetros. No hay intrusismo profesional, no son amiguetes que saben de vinos y dan su opinión. Su veredicto no es arbitrario, y tampoco es de obligado cumplimiento para nadie. Lo que ofrecen son los resultados de los análisis, no una opinión personal. Se parece más a un examen tipo test que a uno de desarrollo. Después de catar casi 10.000 vinos al año, lo que sale es lo que hay. El círculo no es vicioso, sino virtuoso.

Medios.

La Guía en papel, la web de referencias, las futuras aplicaciones móviles y las redes sociales. Asimismo, son de vital importancia los diversos eventos públicos donde se presentan la guía y los vinos que en ella constan. Comunicación total para quién necesite, o simplemente quiera, ser guiado.


Yalocatoyo.

Álvaro Cerrada, el hombre que graba en vídeo las catas que hace en la cocina de su casa, el amigo que siempre sonríe y te estrecha la mano con fuerza antes de abrazarte con más fuerza, fue el artífice de la organización de este momento feliz, y el causante último de que yo estuviera allí, rodeado de rostros conocidos, unos, y otros por conocer. Su empresa, Yalocatoyo, es desde hace unos meses abanderada en aprovechar la nueva filosofía de comunicación de las redes sociales para hacer, de un modo diferente, lo que se lleva haciendo desde siempre: unir, en resumen, a las personas en torno al vino. A fin de cuentas, hablando de vino, siempre de compartirlo se trata.

Por último.

En las presentaciones de vino siempre me siento mimado. Es cierto que, por lógica, todas tienen un fuerte componente comercial, pero a veces se va más lejos cuando, tras hacer una cata, le dices a quien ha hecho el vino lo que piensas de él. En esta ocasión, en las oficinas de Madrid de la Guía Peñín, sentí algo parecido. Alguien me invitó a su casa junto a otros amigos, me agasajó con su hospitalidad y amabilidad, me ofreció conocer a lo que se dedicaba dejando aparcadas las intenciones comerciales, y acompañó la conversación con buenos vinos. Qué menos que, ahora, yo, me permita contar el cuento que aquel especial momento me contó.






Segunda parte. Cuatro días para amar y el resto para recordar.

La sorpresa.

Fue a mí a quién me buscó, a quien encontró. Nunca se sabe, la huella que alguien puede dejar en alguien, con la cual después alguien se tropieza, parándose a pensar quién y por qué pasó por allí, marcándola. Todo deja huellas, de las buenas y de las otras, así que siempre es más sensato pisar con cuidado. Me ofreció vino, y cuando alguien que ama el vino te ofrece vino lo que te está ofreciendo es todo lo que lleva dentro, su vida, su historia, lo que es. Me ofreció vino y la negociación fue breve: “Ven.” “Voy.” ¿Para qué más? Hay ofertas que, aunque no provengan exactamente de Sicilia, no se pueden rechazar.

La información.

Pasar de no saber nada a saberlo casi todo. Buscar, hallar, leer, mirar, llenar la mente de recuerdos ajenos que aún están por hacerse propios. Información, lo que más placer aporta al placer de un individuo inteligente. Conocimiento. Saber. Hacer que alguien desconocido se convierta en conocido antes de conocerlo.

La anticipación.

Lo bueno de tener ante la vista un acontecimiento que se considera deseable, es que puedes disfrutarlo desde el mismo instante en que sabes que va a suceder. Así, durante días, saboreé en mi boca el sabor del encuentro que estaba por venir, un encuentro que, sin haberlo vivido nunca, ya sabía que iba a ser inolvidable. Todo apuntaba a ello. Lo que no sabía, lo que empecé a saber, lo que busqué, descubrí y memoricé, todo lo que aprendí durante los días que viví previos al encuentro. Todo ello lo disfruté tan intensamente que, a medida que me acercaba al momento acordado, mi estado de ánimo se fue retorciendo hasta llegar a hacerme la espera, al final, insoportable. Es lo que tiene la anticipación: placer y dolor, goce y sufrimiento a partes iguales.

El encuentro.

Primer día: un abrazo.

Alcanzamos al fin el ansiado punto de cruzar caminos. Llegué temprano, me gusta llegar temprano a las citas, y esperé. Esperé, pero no por mucho tiempo, pues no me hizo esperar. Un nombre, una sonrisa, alguna palabra sobre el pasado y el presente, y mucho vino de futuro entre nosotros. La fantasía se volvía realidad, la imaginación se echaba a dormir, el mito inalcanzable se venía abajo mientras la infinita distancia entre el rostro y las palabras se atajaba por el pliegue de la naturalidad.

Gramona Celler Batlle 2000. Cava Brut Gran Reserva. Xarel.lo 70 % y Macabeo 30 % D. O. Cava. Bodega: Gramona.

Un abrazo cálido de bienvenida, el primer abrazo alegre que rompe el hielo, fresco que significa nuevo, los primeros atisbos, las primeras sonrisas, las primeras palabras compartidas. Un abrazo que fue una declaración de intenciones, porque en él se dijo que no había barreras, que la puerta estaba abierta, que podía entrar si lo quería. El abrazo como una burbuja pequeña y veloz que no quería perder tiempo hasta llegar a la boca, y que caldeó mi alma preparándome para lo que vendría después.

Segundo día: un beso.

Al punto llegó el siguiente día, aunque en mi fondo sabía que esperar un día entero para seguir al vino era ya demasiado tiempo. Sin hambre y con más miradas, la expectación servida en una copa, el deseo desperezándose, el corazón abriéndose para dejar salir lo que ya no aguantaba dentro.

NAIADES 2008.  Blanco fermentado en barrica. Verdejo 100 %  D. O. Rueda. Bodega: Naia.

El beso fue tan inesperado que tuve la necesidad de repetirlo varias veces antes de creer que era real. Un beso joven y cálido por ser primero, cremoso como una boca sedienta de agua, pasión y amor, un beso equilibrado que se da y se toma y se recibe, que me lamió la boca, carnoso y tupido, con labios sensuales que yo mordí con descaro, labios crasos que seguí besando hasta la noche, entre trago y trago furtivo interrumpido por palabras fugitivas. No importaba ya lo que viniera después, supe que el recuerdo de ese beso iba a permanecer para siempre conmigo, aunque nuestros caminos no se volvieran a encontrar jamás.



Tercer día: la entrega.

Quedándome en el beso casi olvido que había más. Quise esperar, deleitarme, disfrutar del acto y su recuerdo, y olvidándome de todo esperé. Luego llegó el sueño, y con el sueño, los sueños del deseo al fin consumado.

VIÑA EL PISÓN 2009.  Tempranillo 100 %   DO. Ca. Rioja. Bodega: Bodegas y Viñedos Artadi.


Me abrumó la sensación de entrar en una casa que fue como si ya conociera, pero que no había visto jamás. Por fin se abrió para mí su cuerpo y me franqueó el paso. Entré, despacio y cauteloso, y me recibió un aroma desconocido, ese olor que jamás se ha percibido y que te estremece la primera vez que respiras a una mujer. Cerré los ojos y me detuve, y muy quieto me dejé sentir. Me sentí desnudar y acariciar mi piel, me sentí besar y cómo con los besos se repetía su sonrisa con otro sabor distinto, me sentí abrazar y cómo me apretaba en los abrazos que no se rompían, y al fin sentí cómo así, entre besos, abrazos, caricias y suspiros, con su entrega plena me hacía el amor frente a un espejo, lánguidamente y lenta, en un momento interminablemente largo, exuberante y salvaje. Nada, nunca, volvería a ser igual cuando me ofreció el vino sabroso y denso de sus labios, tapando mi boca con su boca carnosa y bebiéndose mis lágrimas, una a una, sobre mí.

Cuarto día: un silencio.

Y siendo los mismos y el mismo el recorrido, qué diferente puede serlo todo, apenas separados por una noche de distancia que lo llena de vacío, todo.

VEGA SICILIA RESERVA ESPECIAL 91/94/99.  Tinto fino 95% y Cabernet Sauvignon 5%  D. O. Ribera del Duero. Bodega: Bodegas Vega Sicilia.


Nada tengo que justificar ni quiero justificaciones, pero aún así, desde entonces tuve la necesidad de entender, para después comprender. No hubo tiempo suficiente, quizá; se corrió demasiado, tal vez; o a lo mejor es que fue al contrario, que ese sorbo debió haber sido más veloz, menos pausado, más pasión y menos, mucho menos, amor fútil. Silencio a cada trago, mientras de vez en cuando, como sin querer, un destello de grandiosidad surgía del granate fondo de la copa, para después, como si hubiera sido un equívoco, esfumarse de nuevo cual sirena esquiva chapoteando en su mar. Poco más que argumentar a las voces que no suenan, a la sensación de no habernos contado apenas, de que aún nos quedaban todos los cuentos por contar.

Quinto día: un recuerdo.

Los recuerdos siempre dependen de dos factores: de lo vivido y del tiempo transcurrido desde lo vivido. Agrios o afrutados, concentrados o diluidos, los míos de aquellos cuatro días siempre poseyeron las mejores características que un recuerdo puede mostrar, y son y serán recuerdos que no se podrán evaporar, ni tergiversar, ni amargar, ni siquiera endulzar con andar del tiempo, recuerdos de los que se siguen viviendo, como la experiencia, indeleble en la memoria, de haber bebido un vino único.

LA BOTA DE FINO (BOTA Nº 27)  Palomino 100 % Saca de marzo de 2011.  D. O. Jerez-Xérès-Sherry. Bodega: Equipo Navazos.

Solera inagotable de caramelo perfumado, de este vino ofrecido guardaré un recuerdo generoso y largo, más que largo interminable, un recuerdo inextinguible sobre la breve intensidad despertada en cada sorbo, que no era un sorbo, sino un trago perdurable, seco y dulce, interrumpido o sin final, simplemente eso: como el beso, inolvidable.

viernes, 6 de abril de 2012


El vino de una noche del próximo verano






“Por orden de SM Carlos III, el 11 de junio de 1782, se empieza a construir La Bodega llamada del Real Cortijo. Diseñada por Marquet, arquitecto real, y construida por D. Manuel Serrano. El lagar tendrá 900 m2 en una nave neoclásica abovedada y la bodega subterránea una superficie de 2500 m2, recorrerá casi medio kilómetro de longitud bajo el pueblo del Real Cortijo de San Isidro. El presupuesto inicial asciende a 5.810.000 Reales.”



  
Real Cortijo, el viaje

Otra vez conduzco fuera de Madrid, y como siempre que hago esto por un motivo que me va a saber a vino, experimento una emoción física que, entre otras cosas, altera el tono muscular de todo mi cuerpo, excitándome. Es temprano, la cita es a mediodía, pero quiero llegar con tiempo para recorrer, despacio, un lugar que no he pisado desde hace mucho. Conduzco tranquilo; yo nunca supero los límites de velocidad, es más, casi siempre circulo por debajo de ellos. Casi siempre es una ventaja, no superar los límites impuestos, aunque, a veces, llego a estar casi convencido de que no siempre lo es, sean cuales sean las consecuencias. A veces creo que no es del todo bueno ser tan parco, ser tan bueno, tan cortés, tan correcto, tan ingenuo en la vida. Por ejemplo, una vez un amigo que sufría de exceso de quijotismo me dijo que, en su opinión y acorde a su experiencia, las mujeres se enamoran de los caballeros, pero se acaban yendo con los canallas. Nunca se sabe, la verdad. De cualquier modo, ya con mi pelo todo blanco y algo de cansancio a mis espaldas, siempre evito superar los límites y guío el coche pausadamente, y mientras contemplo el cielo donde las nubes se van juntando como si hubieran quedado para tomar algo, recuerdo.


Real Cortijo, los recuerdos

Corría el año 2000 y fui invitado a una sesión de trabajo, de ésas en las que además de la charla profesional se ofrecía una actividad festiva. Ya no me acuerdo de la parte laboral, pero sí la lúdica: se trataba de un mini curso de cata de vinos en la Real Bodega de Carlos III, en el Real Cortijo de San Isidro, a tres kilómetros de Aranjuez.

Por entonces yo no sabía nada de vino (ahora tampoco, pero es que hay varios niveles de nada) y para mí se trataba del primer contacto con esta locura que pocos saben hasta dónde me ha arrastrado. Nos llevaron en autocar y nos mostraron la bodega (recién restaurada y aún vacía) y, entonces, allí dentro, sentados entre penumbras, experimenté mi primera vez. Por buena o por mala, ¿quién no recuerda su primera vez, de lo que sea? Yo tuve suerte en mi primera vez con el vino. Con el lugar que me envolvía, con el vino catado (entre otros, lógicamente el Real Cortijo), con la compañía que me acompañaba y con el experto en estas lides que me presentó al vino como si hubiera sido el amigo que me hubiera presentado a la mujer de mi vida. Él era Fernando Gurucharri, que luego sería (y hasta la fecha es) presidente de la Unión Española de Catadores. Si me hubiera hablado sobre las aguas minerales del mundo, doy por seguro que hoy andaría escribiendo sobre Evian, Pellegrino o Agua de Solares. Didáctico, dinámico, divertido, todo un comunicador, un auténtico profesional. Así, de un rato para otro, el vino pasó de ser para mí algo rico que acompaña la comida a una pasión (desbordada, incontrolable, casi destructiva, o sea, como todas) que desde entonces ocuparía un gran tiempo de mi vida y que, como al protagonista de la novela Big Fish, me acabaría llevando por caminos de realidad y fantasía que nunca hubiera imaginado llegar a recorrer.


Las nubes se baten en retirada, la temperatura es fresca en esta mañana de marzo, pero luce el sol y, cuando circulo bajo una alameda de árboles aún pelados, siento que se me hincha el pecho de emoción. Me siento bien, y eso es algo que vale la pena pararse a sentir, no sea que el sentimiento se sienta despechado y sienta la necesidad de marcharse a hacer sentir más lejos. Mi sensación en este momento es como la que se tendría cuando se ha cerrado una cita con alguien querido a quien no se ve hace mucho. Las dudas que genera el miedo a los cambios que se temen encontrar, la ilusión que mantienen viva los recuerdos, la esperanza de encontrar, quizá, algo mejor que lo que se dejó atrás. Un reencuentro es algo peligroso, también, más cuando la separación se ha llenado con vacíos de mutismo y de distancia. Aún así, un reencuentro deseado es algo mágico que se imagina, se evoca, se anticipa, se vive durante todo el trayecto que te lleva hasta él.

Y yo, ya casi estoy frente a mi reencuentro.

No había vuelto a la bodega desde aquella primera visita, de modo que mi cita con ella fue única. Y aún así, qué difícil de olvidar es lo que no hay razón para olvidar, salvo el tiempo que alimenta, como vino, pan y aceite, al propio olvido. Tampoco volví a ver al Sr. Gurucharri, y tampoco a la compañía que me acompañó. Tampoco volví a encontrarme con aquel vino hasta hace un par de años, cuando recibí un email publicitario donde se me ofrecía esta original joya. No pensaba que ya existiera, jamás lo había vuelto a ver en lugar alguno, por lo que la sorpresa fue a la vez agradable y con un matiz de desconcierto, igual que cuando uno se topa por casualidad con alguien añorado que se fue lejos, en  mitad de la calle, en tu ciudad, al doblar una esquina, y te preguntas por qué no te ha llamado para verte. Desde aquella primera y única vez había tenido el vino en mi memoria, almacenado con especial sentimiento y cuidado, así que me faltó tiempo para pedirlo y recibirlo en mi casa, en mi copa y en mi boca, que es donde mejor puede estar un vino. Costumbre que he mantenido fielmente desde entonces y que hoy, como un regalo de agradecimiento, me abre las puertas de la bodega, habitualmente cerrada al público.


Real Bodega, los reencuentros

Son las once de la mañana y aún me queda algo de tiempo para prepararme, paseando bajo el cálido sol por el minúsculo pueblo pleno de encanto llamado Real Cortijo de San Isidro, vecino de Aranjuez, que alberga en sus entrañas la Real Bodega de Carlos III. Aún puedo tomar en un bar un café y una rebanada de pan caliente, tomate y aceite, que calme el ardor de mi estómago, que, por alguna razón, se encuentra inquieto. Inquietud, no hambre. No me es posible sentir hambre frente a un reencuentro, ni aun en el caso en que éste vaya a ser bueno, como presumo.

Frente al arco de piedra me espera un hombre mayor a quien no conozco; rondará los setenta años, fuerte, pelo blanco y bien peinado, gafas de ver, traje oscuro y corbata azul celeste. Al verme pronuncia mi nombre, como si me conociera de toda la vida. Se presenta: se llama Fernando (nombre coincidente con el de mi primer guía) y es el responsable de la bodega, aunque sin que lo diga intuyo que mucho más, porque él mismo se autodenomina “vinatero”. Abre el portón de madera con una vieja y grande llave de hierro, me cede el paso y, tras cerrar de nuevo, una vez que mis ojos se acostumbran a la penumbra, me encuentro en otro mundo, junto a él.

Comenzamos a caminar por el largo pasillo con solado de tierra e iluminado por una cálida luz anaranjada, deteniéndonos en cada arcada de ladrillo gastado donde reposan al fresco de la cueva barricas y botellas amontonadas, donde los vinos se sosiegan en su sueño descansando y creciendo por dentro como embriones del ser perfecto en el que se acabarán transformando, con tiempo. Con su voz grave y pausada con acento andaluz, Don Fernando me transporta a un tiempo lejano: “La bodega surca el pueblo, por el subsuelo y de parte a parte. Admirable obra de  ingeniería, fue construida en 1782 a cielo abierto con ladrillos y después cubierta con tierra, aportando soporte estructural al pueblo que se asienta justo encima. A lo largo de los años fue bodega, almacén de aceite, fábrica de aguardiente, criadero de champiñones, vaquería, búnker durante la guerra y hasta cine, finalmente refugio de adolescentes juerguistas que, junto al abandono, casi acaban con ella. Hasta que, en los años 90, se arrienda a la sociedad Cuevas del Real Cortijo de San Isidro, que la restaura y adapta para recuperarla como bodega de crianza, su finalidad primitiva.”

Recorremos despacio la galería, contemplando botellas apiladas, tinajas, barricas y maquinaria antigua, entre la que reconozco la prensa de una almazara, mientras mi guía no ceja en su empeño de ilustrarme. Sin duda ese hombre calmo sabe mucho de vino, tanto que, con sus explicaciones y preguntas, me hace sentir como si el que supiera no fuera él, sino yo. En un ramal se abre una estancia, aislada del resto mediante unas puertas de cristal, iluminada con luz blanca. Se trata del lugar donde preparan los pedidos de los clientes. Cuatro cubas de acero inoxidable, una pequeña embotelladora, una máquina de etiquetar y cajas, no hay más. La perfección de la simpleza.


Volvemos al corredor principal y, al poco, Don Fernando se detiene bruscamente en un lugar que enciende una luz intensa en mi memoria. Es hacia la mitad del pasadizo, un espacio que se ensancha un poco, una especie de placita pequeña bajo una cúpula con una abertura que daba a la calle y que servía de luminaria, cuyo centro ocupan tres barricas. Una mesa y dos sillas desvencijadas, muy antiguas y adosadas a la pared me garantizan la fiabilidad de mis recuerdos. Ahí fue exactamente donde se desarrolló la cata tantos años atrás. Entonces Don Fernando, como si me leyera el pensamiento (lo cual me parece que lleva haciendo desde que nos cruzamos la mirada frente al pórtico de entrada), me cuenta: “En este lugar se puede poner alguna mesa para hacer catas, o comidas de empresa o pequeñas celebraciones, siempre bajo demanda, como alternativa íntima a la zona habilitada arriba, en el antiguo lagar.” Se calla, y yo le oigo pensar, o recordar, o imaginar. Unos segundos después sonríe y, señalando la mesa vieja, me dice: “También se puede preparar ahí esa mesita para dos, con mantel, velas y flores, para cenar entre barricas, al fresco de la bodega, una noche del próximo verano…” Y me hace un guiño, que no deja lugar a la interpretación.
















Después de despedirme de mi espíritu, que se ha quedado ya para siempre sentado en una de las dos sillas antiguas, anclado frente a la mesa y brindando con vino a la luz de unas velas, reanudamos el paseo, que ya casi toca a su fin. Subimos la escalera de piedra del último tramo que da a la amplia sala que en tiempos fue el lagar y que ahora, restaurada hace unos años, es un bellísimo salón comedor y sala de conferencias. Un poco más allá, en una salita contigua con mesas vestidas con mantel azul cobalto (el color corporativo de la bodega) e iluminada a la vez por luz natural, tamizada cálidamente por unos estores crema, y por halógenos, es donde vamos a llevar a cabo la cata.




Real Cortijo, la cata

Don Fernando continúa con sus explicaciones mientras descorcha una botella del primer vino, el Real Cortijo, con denominación de origen Ribera del Júcar: “El proceso de vinificación se reparte en dos ubicaciones diferentes. Por un lado, los viñedos de Tempranillo y Merlot que se encuentran en la finca La Losa, al sur de Cuenca, donde se desarrolla y se vendimia la uva, y también donde se produce el nuevo vino. Inmediatamente se traslada a nuestra bodega de crianza, aquí, para envejecer en barricas de roble fino americano y Allier francés durante dieciocho meses, y reposar después de tres a cinco años más en el botellero.”

A continuación, se sirve el vino en su copa, él primero; lo observa, sonríe, lo hace girar para que respire, lo huele y a continuación me sirve a mí ejecutando su particular ritual de al que todo, y nada, le importa. Miro el vino bajo la luz halógena y sobre el mantel azul, produciéndose un curioso efecto óptico que vuelve su color rosado. Y entonces, el maestro convierte su cata en mía, y con ello mi placer en su deleite, y aunque sin duda sabe mucho más que yo del vino (de éste, de todos), me dice con un suave gesto hacia mí de su copa: “Usted entiende de esto, así que diga, diga usted lo que le parece.” Y yo también sonrío, le miro a los brillantes ojos de diablillo, huelo el vino, doy un trago y le digo: “Es un vino serio y elegante, noble y equilibrado, de un precioso color ciruela madura, perfumado, lleno de matices a fruta roja, melocotón, vainilla y regaliz, muy sabroso.” Bebo otro trago, mientras él no dice nada, sólo espera. “Es un vino muy largo y con un gran cuerpo, se puede tomar igualmente acompañado o solo. Por supuesto, me refiero al vino; la persona, siempre mejor acompañada”, matizo, enarcando una ceja. Él casi se ríe, cierra los ojos y bebe un trago, sin perder su sonrisa. “Este vino tendría que haberlo abierto antes, y mejor decantarlo y esperar una horita antes de beberlo”, me dice, torciendo un poco el gesto. “Ya ve que se muestra discreto, y necesita paciencia hasta que se abre, pero verá que luego no dejará de mejorar según vaya pasando el tiempo y vaya tomando confianza con usted.”


Homet, la cata

A continuación, sin esperar a que terminemos la copa, me prepara otra con Homet, el más reciente vino de la bodega, con denominación de origen Madrid y una producción muy escasa. Me cuenta que es un reserva de catorce meses en barrica de roble francés y al menos treinta en botella, elaborado con una selección de Tempranillo Merlot, Syrah y Cabernet Sauvignon. Repetimos la cata, encontrando en esta ocasión un aroma muy intenso a frutillos rojos, muy persistente; es más corpulento que el anterior, y también más equilibrado, más formal, más evolucionado. Se me ocurre que Real Cortijo es la juventud, mientras que Homet es la madurez, y la metáfora parece hacerle mucha gracia a Don Fernando, que asiente con la cabeza mientras se deja invadir por una risa cálida. “Personalmente me gusta más el crianza”, le confieso, a lo que él, bajando la voz, me responde “Yo también.”


Real Cortijo, hasta luego

No debo, aunque puedo, beber más, la carretera me aguarda y ése es otro límite que no voy a superar. Dejo la copa sobre la mesa y comienza el arduo rito de la despedida. Mi guía, el acompañante al que el vino ya ha convertido en amigo, me tiende la mano, que le estrecho con fuerza. Ya no hace falta decir mucho más, salvo un “gracias” que nunca sobra y el “hasta pronto” que siempre es un deseo. Sin más, traspaso, solo, la puerta de salida y me zambullo en la deslumbrante claridad del mundo. Detrás de mí no oigo el inmenso portón leñoso del lagar, ni ninguna otra puerta que se cierre a mis espaldas.

Me ajusto las gafas de sol y me alejo sin mirar atrás, no sea que la imagen permanezca como una promesa que, luego, no pueda mantener ni conmigo mismo.













viernes, 20 de enero de 2012

El vino, yo y mis circunstancias





Presentación de Vinos Ambiz
Centro Social Okupado Casablanca, Madrid 10/12/11

El vino no cambia, cambiamos nosotros.




Una introducción

Una nueva experiencia a la que acudo solo, a la que me habría gustado no acudir solo, porque el vino en soledad no es como un vino acompañado. A cambio, tuve al lado a los padres de la criatura y, como siempre que se bebe por primera vez un vino frente a los ojos expectantes de quien lo ha hecho, el momento es de emoción. Y esa mirada creo que se debe de transmitir al vino, porque sabe mejor en la boca y alegra más al corazón.


Los orígenes: el entorno

Recuerdo el primer vino de más de tres euros que tomé en un restaurante lujoso al que me habían llevado. Recuerdo cómo se me erizó la piel, recuerdo como inspiré, respiré y suspiré, recuerdo hasta la cara que puse (que no la vi, pero me la describieron), recuerdo que fue un momento fantástico, irrepetible. El vino en cuestión, visto desde el ahora, no era algo demasiado exclusivo, pero comparado con los que yo solía tomar, el salto era cuántico. Tanto me impresionó que quise repetir la experiencia en mi casa. Me gasté el dinero y me compré una botella igual a la del restaurante, guisé una comida elaborada, preparé mi mesa con mantel y una buena copa de cristal fino, bajé la luz, puse música bajita y me dispuse a revivir el momentazo. Y esta vez mi cara, si me la hubiera visto alguien, habría sido para enmarcar. Nada en la experiencia, absolutamente nada, fue ni siquiera parecido, y lo que menos, el vino. Sí, me gustó, pero no me produjo el efecto emoción que me había golpeado tan sólo unos días antes, en el restaurante, con mis amigos.

A lo largo de varios meses repetí el experimento muchas veces, con diferentes vinos tomados en diferentes restaurantes y replicada la toma en casa, con el mismo resultado nefasto, lo cual se generalizaba a vinos diferentes, de distintas categorías y precios, llegando a suceder que un vino inferior me gustara más en el restaurante que uno superior en mi casa. Como consecuencia de ello me surgieron algunas preguntas: ¿Ese "me sabe mejor" es una percepción subjetiva (tranquilidad, ambiente, calma, música de fondo, quizá miradas enamoradas si es el caso de la velada...) o es algo objetivo y está más bueno según parámetros puramente gustativos? Es decir: ¿Es un "me ha sabido mejor" o un "sabía mejor"?

Finalmente asumí el hecho de que el vino, en mi casa, no me parecía tan bueno como en el restaurante, y no volví a intentarlo, pero no por ello dejé de preguntarme el porqué. Si puede ser el olor del restaurante al que no estoy acostumbrado y se junta con el aroma del vino en mi cerebro, cambiándolo; si puede ser que en la bodega del restaurante se haya conservado mejor que en mi cocina; si puede ser la atención personal o el hecho de que, simplemente, en ningún momento pensara que después, al terminar, tenía que fregar los platos. Tal vez la razón sea sencillamente el cambio, que se trata de un lugar ajeno, desconocido, diferente de la propia casa, y eso basta para modificar la vivencia de tomar un vino.

Pero no es sólo el entorno, el lugar donde se bebe el vino, el que cambia el modo en que lo experimentamos.


El intelecto

Algo que cambia radicalmente la percepción del vino es la información que se tiene de él. Yo lo llamo "intelectualizar la emoción". Cuanto más se sabe de algo que te gusta, más se disfruta. Y si eso que se sabe es, por poner un ejemplo concreto, su precio, y éste es elevado, más aún. Y si cuesta admitir esta realidad, démosla la vuelta y pensemos en un delicioso guiso de carne y verduras, cuyos componentes desconocemos… que una vez comido se desvela como procedente de, por ejemplo, perro, o mono, o serpiente, o cualquier otro animal que no estemos habituados a devorar. Las expectativas también modifican el cómo se percibe. A más expectativas, peor suele ser la experiencia final, en una relación inversa entre expectativas y resultado. Quizá por eso pocos vinos de elevada y conocida calidad se atreven con las catas doble ciegas, en las que no se sabe nada de los vinos a catar, salvo el color.


La emoción

Antes mencioné de paso el asunto de las miradas. Y es que precisamente algo que no es el entorno parece ser lo que más altera la percepción de un vino: la compañía. O mejor dicho, lo que cada cual sentimos por la compañía que disfrutamos o padecemos en cada momento, porque, sin duda, el estado de ánimo afecta y mucho nuestra capacidad de evaluación: un enfado arruina un buen vino, mientras que la felicidad puede convertir fácilmente a uno malo en bueno, cosa que, curiosamente, también es capaz de hacer la tristeza. La compañía sin duda cambia la apreciación del vino, ¿pero significa eso que el vino cambia? Dejo la pregunta en el aire para que cada cual busque su propia respuesta.


Vinos Ambiz
El pasado día 10 de diciembre tuve la ocasión de repetir la experiencia de tomar un vino en un entorno ajeno al conocido y, poco después, volver a hacerlo en el entorno familiar de mi casa.

Pero es que esta vez, el entorno fue muy ajeno al habitual.

La presentación de Vinos Ambiz (sueño cumplido de Fabio Bartolomei y Juan Narbona) tuvo lugar en un ambiente realmente atípico. Los que solemos ir a eventos, presentaciones y catas, estamos acostumbrados a que se celebren en escenarios óptimos que permitan a los vinos expresarse debidamente, y al catador analizarlos de forma adecuada. Así, lo normal es ir a bodegas, hoteles, restaurantes, aulas, escuelas, museos del vino o salas de demostración en vinotecas, todos lugares donde temperatura, luz, comodidad y demás condiciones ambientales son los idóneos para este tipo de actividad. Pero, me parece, es poco habitual hacer una cata de vinos durante una noche fría y lluviosa de invierno en un viejo edificio abandonado y en obras en el centro del Madrid antiguo que, para mayor emoción y atipicidad, se encuentra okupado. Sí, okupado, con K de okupa.

Llegué temprano y me pasé el lugar. Hacía muchísimo frío en la calle, y llovía. Cuando me di cuenta de que me había pasado de largo y retrocedí hasta el número correcto, pensé: “No puede ser.” La fachada estaba decorada con carteles alusivos a la ocupación del edificio (un antiguo colegio a medio reformar) para su conversión al Centro Social Okupado Casablanca. Enseguida me encontré con Fabio, que andaba buscando a algún responsable que le dijera qué sala podía “okupar” para la cata. Mientras aparecía alguien estuvimos departiendo sobre los sueños y la vida, una grata conversación contemplando la lluvia en la puerta del edificio dejado. Fabio es un hombre tranquilo, pero que muestra su nervio en cuanto comienza a hablar su español con acento escocés, una persona muy afable y cariñosa que ama el vino, que ama su trabajo y que, a pesar de la que está cayendo (y no hablo en términos meteorológicos) está convencido de que su proyecto, actualmente de pequeñas dimensiones en cuanto a producción y distribución, va a crecer mucho en los próximos pocos años.

Al poco apareció una chica joven que, esgrimiendo verbalmente el grito de guerra del grupo feminista, o pro-discriminación positiva, igualdad, paridad o enmendador de la gramática española, que gestiona el edificio, se empeñó en llamarnos “vosotras” a Fabio y a mí, y que después de preguntarnos si “nosotras” traíamos sillas y mesas (lo que supongo que se espera cuando uno dice que viene “a una presentación de vinos”) y responder que no, que “nosotras” sólo traíamos vino y copas, nos indicó que “nosotras” podíamos usar la sala 4.

Tras subir unas escaleras de vieja y crujiente madera y pasamanos de hierro forjado y recorrer unos cuantos pasillos blancos, llegamos a la helada sala de uno de los pisos parcamente iluminados con una bombilla colgando de un cable, y nos preparamos para el evento con el abrigo puesto, sin calefacción, sin apenas luz, sin una silla para sentarse ni una mesa donde apoyar la copa. Un entorno, como decía, realmente atípico, que nos iba a permitir un rato después, para mi sorpresa, olvidarnos de todo excepto de lo que importaba: el vino.

¿Cómo me supo el vino en este entorno tan discordante, destemplado y hasta casi un poco hostil?

La cata la dirigieron mano a mano Fabio y Juan, quienes nos ofrecieron una breve explicación acerca de los vinos que hacen: Viticultura ecológica, biodiversidad en el viñedo en lugar de pesticidas, vinos naturales, ausencia de sulfitos, sostenibilidad. Las uvas son de cultivo ecológico y no utilizan ningún producto químico en el viñedo (ni pesticidas, ni herbicidas, ni insecticidas) ni tampoco como añadido al vino en la bodega. “Son vinos naturales, ecológicos y saludables”, según sus propias palabras, “Y además, están muy buenos.” Sobre la distribución, minoritaria y acorde con su limitada producción, nos explicaron que se hace a través de grupos de consumo, amigos y colaboradores fieles que, a la vez que les echan una mano en la elaboración, disfrutan en primicia (y diría que casi en exclusiva) de estas joyas personales y raras.


Los blancos

Airén 2011

Proveniente de cepas viejas (40, 50 años), vino dorado, limpio y cristalino (sin estar filtrado), muy aromático, y en boca muy sabroso, afrutado y lleno de matices. Es un vino muy joven, aún “en rama”, sin terminar de hacer, que seguro va a ganar mucho si lo esperamos unos meses.

Airén maceración carbónica 2010

Un vino blanco que no es blanco, ni siquiera amarillo, sino naranja. Algo turbio, algo almendra amarga todavía, me recordó a la sidra natural. Está elaborado mediante maceración carbónica durante catorce días, más una crianza oxidativa de seis meses bajo velo de flor (como los finos o manzanillas de Jerez), que es la responsable de su peculiar color anaranjado. Un vino trabajado y complejo, realmente original y sorprendente.


Los tintos


Las cinco en punto (Five on the dot) 2011

Un coupage personal de un amigo-patrocinador de la bodega (Nacho Bueno), donde el significado probablemente cabalístico del número 5 adquiere protagonismo, ya que el vino está compuesto por cinco variedades: 80 % de Tempranillo y un 5 % de cada una de las otras cuatro: Graciano, Syrah, Petit Verdot y Aíren, y tiene una crianza de 5 meses en barrica americana nueva. En la primera toma de contacto me pareció corto en nariz, pero muy lleno en boca, fresco, complejo, mucha fruta, elegante, dulzón, inocente. Un vino que, en principio y según me explicó Juan, pretendía ser un vino joven y de trago fácil para consumo en el año, pero que ha resultado (a tenor de las opiniones de muchos, incluida la mía) que tiene toda la pinta de ir a mejorar mucho en botella durante el próximo año o año y medio.

Garnacha 2010

Criado cinco meses en barrica usada de roble americano. También me pareció corto en nariz al principio, lo cual me desconcertó viendo su comportamiento en boca (intenso, largo, con agradable final amargo y especiado), hasta que vi a Fabio envolviendo la copa con sus manos, calentando el vino como si fuera un copazo de coñac. Entonces caí en la cuenta y como buen imitador del que sabe hice lo propio, hasta que al cabo de un par de minutos el caldeo manual hizo que el vino empezara a deshibernarse y a exhibir sin tapujos la complejidad olfativa que posee. Demasiado fría la temperatura ambiente de esa sala 4, para un vino tinto…


Terminamos la sesión con abrazos fraternales, la nariz fría y los pies helados, más la compra de algunas botellas de los tintos que Fabio me trajo en mano unas semanas después, y que me permitieron repetir la experiencia en el entorno hogareño, adecuado y conocido.


De vuelta a casa

En Casablanca yo no me encontraba en plenitud de facultades a causa de la baja temperatura, y los tintos, como yo, estaban demasiado fríos, pero lo cierto es que en casa ambos vinos, a su temperatura óptima y acompañados con un buen plato, se mostraron conmigo nada más que ligeramente diferentes, En el caso del “Garnacha” quizá noté un incremento de su acidez y, sobre todo, de su sabor a almendras amargas, y con respecto a “Las 5 en punto”, lo que creció fue el dulzor de la fruta madura. Del mismo modo, esta vez yo me sentí con ellos emocionalmente igual que la vez anterior.


Sin embargo, el mayor cambio se produjo unos días después. Tengo la costumbre de abrir y mantener abiertas en el frigorífico (sin bombas de vacío y con su propio tapón como única tapa, y a veces, ni eso) varias botellas a lo largo de la semana. Una razón es que me encanta abrir y catar una botella nueva, otra, que me interesa mucho el efecto del paso del tiempo en un vino, tanto a lo largo de una comida, como el más prolongado de dejar pasar días hasta volver a catarlo. Por eso, siempre que puedo, evito el uso del decantador como oxigenador forzado. Haciendo esto he perdido alguna copa de vino, pero a cambio he ganado el encontrarme copas de vino pletórico y en lo mejor de su ciclo vital. Este efecto de notable mejora a los varios días de abierta la botella (sin preservación alguna salvo la nevera) lo he experimentado en pocos vinos, y casi siempre en vinos de alta gama (o sea, caros). En el caso de los vinos Ambiz (6 € por botella) me llevé la alegría de que unos días más tarde no sólo no se habían caído, sino que, en mi opinión, ambos habían mejorado: se habían estabilizado, los picos (sobre todo la acidez y el amargor del Garnacha) se habían pulido y el resultado era dos vinos consolidados y en su mejor momento para ser bebido. Dos copas deliciosas, a decir verdad.


Como colofón

Mi personal conclusión es que, dejando los factores ambientales aparte, el vino no cambia con las circunstancias, lo que cambia es nuestra percepción de él, lo que nos hace sentir, es decir, nuestro disfrute. Se puede provocar una emoción intensa degustando un vino malo, o ninguna emoción con uno bueno. Todo depende de nosotros mismos. Somos seres intelectuales y emotivos, lo que significa es que somos como un barco en mitad de una tormenta, zarandeados por el viento y las mareas de las emociones que nos llevan y nos traen de acá para allá sin medida. Nada es como es, sino como nosotros lo apreciamos. O mejor, las cosas son como las percibimos.

El vino no cambia, cambiamos nosotros.




Para más información

Español:
http://vinopuchero.blogspot.com/
Inglés:
http://vinosambiz.blogspot.com/