lunes, 18 de noviembre de 2013

¡Lástima de hambre!
(y dos razones más)






XIV Salón de los mejores vinos de España, Guía Peñín 2014
Museo del Ferrocarril de Madrid. Estación de Delicias, Madrid 10/10/13



Introducción: El “marinerito”

“El "marinerito" era un aprendiz o ayudante que tenía mi padre cuando trabajaba en la Unión Electra Madrid. Le llamaban así porque había hecho la mili en La Marina. Yo tenía unos ocho años, así que mi hermana me decía que esperase al marinerito a la salida del trabajo y que le acompañara hasta el metro (que estaba bastante lejos), dándole la tabarra durante todo el camino pidiéndole una peseta. Pero no era una peseta lo que me daba, pues por aquel entonces era bastante dinerito para un niño tan pequeño, sino algunos céntimos que luego nos gastábamos en pipas.”


El Efecto Postguerra Civil Española

Siempre que me planteo asistir a una exposición enológica, en la que las bodegas presentan sus productos en mesas por las que los visitantes van pasando copa en ristre, esperando para conversar unos minutos con el responsable mientras catan los vinos de pie, me atenaza la angustia vital de tener que vivir una vez más lo que yo denomino Efecto Postguerra Civil Española.

Mis padres, que no vivieron la guerra, pero sí la postguerra (nacieron en el 37 y el 38, respectivamente) y mis abuelos, que vivieron ambas de pleno, pasaron hambre. Pero no hambre de no comer un día, o dos, o hambre de hacer una dieta de adelgazamiento para quitarse un montón de kilos acumulados por haber comido demasiado durante demasiado tiempo, sino hambre de pasar hambre, hambre de verdad, continua, interminable, día tras día, hambre sin esperanza de cambio. Hambre canina, feroz, desgarradora del ánimo, de las entrañas, del cuerpo entero y hasta del espíritu. Hambre atroz, imposible de aplacar, irresoluble. Hambre desesperada, hambre de llantos sin fuerza de hijos y hambre de lloros rabiosos de padres.

Hambre de verdad. O gazuza, como la llama mi padre.

Cuando era niño, mi padre, gran cuentacuentos y conversador incansable, me contaba historias espeluznantes del hambre que pasaron ellos, sin comprender (como niños que eran) y la que seguramente pasaron sus padres (como adultos) comprendiendo plenamente, pero sin decírselo a ellos. Y también, empleando a fondo todo el sentido del humor que tiene la fortuna de poseer, casi divertidas historias del modo en que él y sus dos hermanos mayores se las ventilaban para dar esquinazo, de vez en cuando, al hambre, con estrategias que yo, afortunadamente, no hubiera podido imaginar. Y no podía porque yo, a diferencia de mis padres, nunca he pasado hambre, ni un solo día de mis cincuenta años de vida. Por ello, tuve que dejar de ser niño para ser capaz de comprender el significado de una frase que ambos utilizaban a menudo, y que me espetaban con un gesto de rabia mal contenida cuando yo, de niño, no quería comer algo o me dejaba alguna traza de comida en el plato:

“¡Lástima de hambre!”

Todo lo vi claro con el tiempo, entendí lo que sufrieron y también sus esfuerzos para evitar que sus hijos lo sufrieran también, y entendí que, con todo lo que les costaba ganar el pan y lo que habían pasado ellos por no tenerlo, se enfadaran y me obligaran a comer hasta el último bocado, tanto si me gustaba como si no.

Desde entonces puedo decir que no hay alimento que no me guste, que rechace o que sea incapaz de comer. Por supuesto, tengo mis gustos y preferencias, y si puedo elegir, hay alguna cosa que descarto, pero no recuerdo nada que me haya negado a comer si tenía que hacerlo. Y desde entonces también, por los recuerdos del hambre que pasaron mis padres y los suyos, siempre que puedo intento evitar hacer cola para comer.

No me refiero a tener que esperar para comer (si estoy sentado en un restaurante, no hay ningún problema por esperar un tiempo razonable a que me atiendan y vayan llegando los platos), sino a hacer cola para que me den de comer, como tenían que hacer mis padres y los suyos; ellos, cartilla de racionamiento en mano, detrás de alguien con hambre, delante de alguien que quizá tenía más hambre aún; yo, con un hambre que no es hambre, que sólo se llama hambre porque ya han pasado varias horas desde la última vez que se sació. Y eso, visto desde mi posición más que privilegiada en una vida privilegiada en el mundo privilegiado en el que he tenido el privilegio de nacer y de vivir, me entristece profundamente.


Métodos de selección de catas

Como una extensión particular de lo mencionado anteriormente, siempre que asisto a una exposición enológica, intento evitar, en la medida de lo posible, hacer cola ante las mesas de las bodegas para que me den a probar sus vinos. Pero mis razones emocionales no son lo único que me impulsa a rehuir las colas; también está la cuestión de la optimización del tiempo, porque dado el poquísimo de que suelo disponer, tengo que aprovecharlo al máximo, y evitar perder demasiado esperando por un vino en particular.

El Salón de los mejores vinos de España, de la Guía Peñín, es un caso típico. Cada año reúne más de un centenar de bodegas y cientos de vinos para catar (162 y 400 este año, respectivamente) entre los cuales hay unas pocas decenas, o unidades, por las que una parte del total del público asistente (3200 personas en las diez horas que duró el evento) aguanta colas interminables, con su copa en la mano, para conseguir unas migajas (o más precisamente, unas gotitas) del mejor vino de la famosa bodega en cuestión, o de al que más puntos le han dado, o del más conocido o, mejor aún, del más caro.

Se dice que quien algo quiere algo le cuesta, y me dirán, seguramente, que si quiero probar un vino muy demandado (por su calidad, por su nombre o por su precio) tendré que aguantarme y esperar mi turno hasta que me toque la dosis correspondiente; y tendrá razón quien me lo diga, seguramente. Pero, para mí, beber un vino es lo que para mi padre era comer: una suerte, y como tal, a todos los valoro de la misma manera. De este modo, elijo los vinos que voy a catar según una escala que nada tiene que ver ni con su nombre, ni con su precio, ni con sus puntos, y que se resume en los siguientes tres métodos de selección:


1. La disponibilidad

El sistema más evidente y sencillo es pararme en las mesas donde menos personas haya catando o esperando para catar. El hecho de que una mesa tenga poco público es meramente circunstancial, ya que un momento antes u otro después la situación puede hallarse en el extremo opuesto, así que camino entre las mesas y me paro a golpe de vista, aprovechando ese momento preciso de disponibilidad.

Y como estamos en el Salón de los mejores vinos de España, sean poco conocidos o mucho, buenos o más buenos o buenísimos, todos los vinos que me voy a encontrar serán algo que merezca la pena conocer. O recordar, porque tampoco me importa si ya he probado alguno, pues cada año se presentan las nuevas añadas que, en muchos casos, implican vinos totalmente nuevos que poco o nada tienen que ver con los de la añada anterior; además, el vino siempre cambia de una ocasión a otra, evoluciona con el tiempo y es diferente según el momento en que se toma, con lo que todos serán, de algún modo, novedades a descubrir.

Aplicando este sistema, tuve ocasión de probar los siguientes vinos:



Bodega en Toro, y lo creí porque me lo dijo quien me ofreció su vino.

Aponte Reserva 2006

Un vino que yo no conocía y que me atrajo desde el primer instante. Fue la primera mirada que me cruce al llegar, las primeras palabras que intercambié, el primer vino que probé. Poderoso y elegante a un tiempo, es Toro porque lo pone en la etiqueta, un Toro de los que más me gustan, poseedor de una distinción exquisita que me hace pensar en francés, un Toro de los que me despistan con su mirada intensa.



Bodega española con enología de origen bordelés, lo cual se deja ver en la finura, concentración y elegancia, al mismo tiempo, de sus vinos.

María 2010, D.O. Ribera del Duero

Tenía muchas ganas de conocer a María. Desde que hace años oí hablar de ella, siempre deseé sentarme con ella y escuchar lo que me tuviera que contar, pero hasta ahora nunca habíamos coincidido, más porque sólo se elabora cuando la calidad de la añada, extraordinaria, lo permite. Aquí ocurrió el encuentro, y por fin me pudo hablar del origen de su familia, de la razón de llevar ese nombre, del porqué de ser profundo, concentrado, balsámico, chocolateado, táctil. Y resultó que sólo había un motivo, indiscutible, inmenso: por amor a una mujer.

Paydos 2010, D.O. Toro

Otra razón de amor: El nombre que su hijo Pedro eligió para este vino, compuesto por sus iniciales (PAY) y su número favorito (DOS). Muy afrutado y especiado, suave y ligero en la boca a pesar de sus muchos grados (15,5) y, como hijo de su madre, denso y lleno de matices balsámicos que incitan a inspirar profundamente al terminar el trago.



Producen una amplia gama de vinos, para todos los gustos y bolsillos. En este salón ofrecían los siguientes:


Viña Sastre Crianza 2010

Frutal, ligero, rico, muy fácil de beber, sin pensar en nada, sólo sintiendo que te acompaña, en silencio.

Viña Sastre Pago de Santa Cruz 2010

Producido con una partida de uvas del pago de Santa Cruz, es muy intenso en la nariz, potente, largo, cremoso, con un cuerpo amplio que exige beberlo despacio y a una temperatura más baja de lo que suele recomendarse para este tipo de tintos.




Los conocí hace unos pocos meses, pero ya de inmediato sus vinos pasaron a formar parte de mi reducida lista de fidelidad sin condiciones. Una bodega con una amplia variedad de productos y una importante producción (unas 500.000 botellas al año) pero que aplica a cada una de ellas la misma filosofía de calidad y excelencia.

Viña Pedrosa La Navilla 2010 (muestra de nueva añada)

Intenso al respirar, perfume limpio, envolvente como abrazos, lácteo, perdura en la boca como su recuerdo en la memoria.

Viña Pedrosa Reserva 2010 (muestra de nueva añada)

Leve en nariz, necesita tiempo para respirar. Concentrado, denso, frescura cítrica, algo amargoso al terminar, sin que ello distraiga de la contemplación de su elegancia.

Pérez Pascuas Gran reserva 2006

Aroma dulzón, en los labios lácteo y cremoso, equilibrado y complejo, un espíritu joven que se niega a envejecer.



2. La recomendación

Una incuestionable razón que me lleva hasta un vino es que alguien de confianza me lo recomiende. Cuando alguien que conozco me recomienda un vino, lo busco y lo pruebo. Por supuesto, si su nivel económico enológico (lo que puede o quiere gastarse en vino) es muy superior al mío, necesariamente debo declinar su propuesta, mal que me pese. (Tengo un amigo que siempre me recomienda probar, entre otros, Château Petrus, Lafite o Latour, ante lo cual no me queda otra que agradecerle la sugerencia, rogarle que me avise para acompañarle cuando los vaya a probar él o jugar a la lotería y esperar resultados.)

En este XIV Salón de los mejores vinos de España tuve la fortuna de contar con las propuestas (y lo que es mejor aún, la compañía) de alguien a quien aprecio y cuya opinión y experiencia admiro y respeto profundamente: Josu López, de Garnata, vino y maridaje.

No había hecho más que llegar y catar el primer vino, cuando noté una mano cálida en el hombro. Al volverme me encontré con el afable rostro barbudo de Josu quien, acompañado por su mujer, Olivia, había pasado la jornada en el Museo del Ferrocarril. Ya volvían a casa, pero al verme habían dado marcha atrás para saludarme. Tras charlar unos minutos y sin más dilación, comenzamos un pequeño recorrido que nos llevó a probar juntos los vinos que a él, hombre versado y de buen gusto, más le habían gustado.

Los vinos que Josu me recomendó, y que él tuvo a bien volver a catar conmigo, fueron los siguientes:



Bodega ya conocida y no por eso, o precisamente por eso, dejó de proporcionarme nuevas y gratas sensaciones.

Clos D’Agon blanco 2011

Viognier, Roussanne y Marsanne. Vino fresco, de cuerpo amplio y sabor ácido, a frutas tropicales, que perdura largamente en la boca. Un vino que se permite tanto acompañar una buena comida como ir solo por la vida.

Clos D’Agon tinto 2010

Cabernet Sauvignon, Merlot, Syrah y Monastrell. Concentrado, sabroso, explosivo, pide tomarlo solo, para que la comida no se sienta sobrecogida por tamaña potencia. Solo, pero acompañado, de poder ser.



Un clásico del Priorat, que conocía de nombre pero que nunca había tenido ocasión de probar. Unos minutos sumamente cálidos de la mano (ya cansada) de quién nos ofreció sus vinos de Cariñena y Garnacha.

Ferrer Bobet Vinyes Velles 2011

Con un cuerpo ligero sorprende la intensidad de su frescura y, al mismo tiempo, la suavidad que manifiesta, elegantemente, cuando se empieza a beber. Muy frutal, con apuntes minerales y especiados, redondo.

Ferrer Bobet Selecció Especial Vinyes Velles 2010

Suavidad, tersura, terciopelo hecho vino, delicadeza, elegancia, un paso ligero y, a la vez, pleno de un contenido que se eterniza…



Bodega establecida por Raúl Bobet en el Pirineo catalán, donde se producen vinos de viñas propias fermentados en lagares de piedra del siglo XII.

Thalarn 2011

Talarn es el nombre del pueblo donde se ubican los viñedos. Este tinto de Syrah es suave, lleno de violetas y fruta ácida, muy agradable y de trago fácil.

Quest 2011

Quest significa “mezcla”, y a ello se refiere por ser un coupage de diferentes variedades (Cabernet Sauvignon, Cabernet Franc y Petit Verdot). Vino intenso y juvenil, herbal, largo, con una suavidad que invita a beber sin más.

Taleia 2012

Taleia significa “obsesión”, y hace referencia, en palabras de Josu, “a la obsesión del dueño de esta bodega por tener un blanco así como ése”. Sauvignon Blanc y Sémillon. Muy afrutado y fresco, persistente, redondeado con matices de vainilla, minerales y especiados.







De inmediato me llamó la atención la seriedad del hombre y la sonrisa de la mujer que atendían la mesa. Luego supe que eran Enrique y Elisa, y que ambos se habían embarcado en el proyecto de hacer un vino único, a una altitud atípica (600-750 metros) en una latitud extrema para la Garnacha, en una zona tan clásica como es Navarra. Y mientras Enrique me ofrecía información técnica del producto, Elisa compartía entre sonrisas las anécdotas, vicisitudes y emociones de su Proyecto de Vida en San Martín de Unx.

El Terroir 2010

De esos vinos en que uno se cree lo que dice la etiqueta porque no tendría sentido poner ahí una mentira, la confusión total del catador en una cata ciega. Pero es que probar este vino y ubicarlo en Navarra (que no sé dónde lo ubicaría yo, quizá en Burdeos) es algo que se hace muy difícil. Garnacha Negra de cepas viejas, es denso, profundo, oscuro, mineral, muy persistente, sedoso, especiado, elegante, con recuerdos a un cremoso café con leche (tostados y lácteos).

Josu me miraba, sonriendo, sabedor del desconcierto que yo estaba sintiendo por dentro, el mismo que seguramente había experimentado él un rato antes. “Y ahora, verás el otro.”

La Dama 2010

Lo mismo que El Terroir, pero más. Más intenso, más profundo, más complejo, más suave, más tranquilo, más largo, más emocionante… Como si fuera la misma persona en dos momentos diferentes de su esplendorosa madurez… No hicieron falta palabras entre Josu y yo para saber por qué me había llevado hasta allí, y lo que ello había supuesto para mí.







3. La personalización

Es toda una experiencia, emotiva y gratificante, catar unos vinos ofrecidos por quien los ha creado. Más cuando se trata de alguien conocido, más aún cuando se trata de un amigo. Por ello, siempre acudiré a ver a un amigo bodeguero que esté presente como expositor. No importa que ya conozca sus vinos, o que nos hayamos visto en una ocasión reciente, allí acudo para verle y probarlos una vez más junto a él.



Fue la última recomendación de Josu antes de despedirnos y, en este caso, doblemente agradable, pues, como digo, ya conocía de hace tiempo a Alfredo Arribas y su trabajo en el Portal del Priorat.

Apenas había luz cuando llegamos a su mesa. Ya cerca de las nueve, el día había caído y la luz artificial en el Museo del Ferrocarril era más que escasa, de modo que podríamos decir que la cata de los vinos del Portal del Priorat se llevó, si no a ciegas, sí a oscuras. Pero no importaba…

“Ya te empezaba a echar de menos. No sabía cuando vendrías…”


Alfredo posee diferentes Trossos (parcelas de terreno con viñedos) en los lindantes Montsant y Priorat, y sus vinos se ubican dentro de una de esas denominaciones en función de las decisiones que toma cada año para producir lo mejor que sus uvas pueden ofrecer en cada momento. Por ejemplo, el primer vino que me ofreció, un viejo conocido mío que siempre estuvo dentro de la D.O. Priorat, este año lo ha producido en la D.O. Montsant.

D.O. Montsant

Gotes del Montsant 2012

El más fresco y divertido desenfadado vino del Portal, lo que no significa que adolezca de la seriedad característica que poseen todos los vinos de Alfredo. Cariñena y Garnacha. Juvenil, divertido, muy fresco y noble como un niño, perfumado y floral, es un vino que armonizará con cualquier comida y con cualquier ocasión, ya sea una reunión de amigos, una cena romántica o una velada en soledad frente a la televisión.

 

Trossos Tros Negre 2009 y 2010

Fino, elegante Garnacha, discreto hasta que se desviste, una explosión inesperada de sutileza y armonía con todo lo que le rodea, incluido a quien miras mientras lo bebe, mientras lo bebes.

Trossos Tros Blanc 2010 y 2011

Un vino blanco glicérico y perfumado, de masaje, como un aceite de esos esenciales, para tocarse el cuerpo, con el que la relajación no es más que la excusa que permite pasar, nada relajados, a mayores. Maravilla absoluta de Garnacha Blanca.

D.O. Priorat

Tros de Clos 2011

Vino elaborado con Cariñena de un pequeño viñedo centenario plantado en 1911. Un vino fresco, profundamente mineral, lleno de insinuaciones de flores y suaves cítricos, delicado, sensual y elegante como un vestido de seda negra tirado en el suelo.

Negre de Negres 2010 y 2011

Garnacha, Cariñena, Syrah y Cabernet Franc. Enorme en la nariz, infinidad de matices especiados que se entremezclan, resultando en boca mucho más suave y tranquilo que al respirarlo. Un vino fresco y equilibrado, complejo, que pide alargar la conversación.

Somni 2010 y 2011

El vino que te habla sin tapujos cuando ya te has despedido, cuando te has marchado, cuando ya no lo tienes delante y lo que más te queda es su recuerdo imborrable, persistente, interminable. Lágrimas de Cariñena, Syrah y Garnacha.







Epílogo: El tren de Arganda

“A Madrid llegaba un tren procedente del Este, el tren de Arganda (porque venía o pasaba por este pueblo de Madrid) que viajaba muy despacio (le llamaban el "tren de Argada, que pita más que anda") en el que los estraperlistas traían ricos panes de harina blanca, los "chuscos", entre otros productos. Al llegar a la estación del Niño Jesús (o de O´Donnell) paraba para que le señalaran la vía por la que entrar, momento en que los estraperlistas tiraban por las ventanillas los sacos con el estraperlo a los compinches que les esperaban. Algunas veces les esperaban emboscados la Guardia Civil (que entonces no eran como los de ahora) y entonces empezaban las carreras, y cuando algún saco se rompía allí estábamos los chavales, también ocultos, para coger algún panecillo de los que se desparramaban al romperse el saco. También íbamos a coger melones y comer alguno in situ, a los campos que hoy ocupa el barrio de Moratalaz. Nunca en casa nos regañaban cuando llegábamos con algún "chusco" o algún melón, aunque sabían de donde procedían…”


miércoles, 11 de septiembre de 2013



Escalera al cielo







Yalocatoyo – Cata-Encuentro bloggers + Grupo Avanteselecta. Madrid 3/6/13


To be a rock and not to roll
Ser una piedra y no rodar



ACTO I

Se levanta el telón.

Recostado cómodamente en un gran sofá tapizado de color granate, un padre, de pelo blanco y con la madurez ya casi superada, contempla la televisión con su hijo pequeño al lado. Éste, de unos ocho años de edad, es menudo y pizpireto, y se ha situado cerca de su padre, pero sin tocarle, manteniendo la distancia y su independencia. Están viendo juntos una serie de dibujos animados, después de llevar a cabo unas arduas negociaciones en las que el niño salió vencedor absoluto: “Papá, tú cuando pones la tele ves siempre las noticias, que a mí no me gustan porque son para mayores; a mí me gustan los dibujos, que también te gustan a ti, así que mejor vemos los dibujos."

Han estado viéndolos durante un buen rato, pero ahora algo de lo que ha visto el niño ha hecho que recuerde algo. Zarandea del brazo al padre, que cambia su atención posándola en los grandes ojos acaramelados del chaval. El crío sonríe, preparando para su padre una de sus inocentes trampas:

-Papá, ¿a ti qué te cuesta más, subir una escalera o bajarla?

-Cariño, las escaleras siempre cuesta más subirlas que bajarlas. Hay que hacer más esfuerzo, y yo siempre me canso mucho más al subir que al bajar.

-Bueno… Pero hay una escalera que es muy fácil de subir, pero que, cuando has llegado arriba, es muy difícil de bajar.

-¿Ah, sí?

-Sí.

El niño mira a su padre con cara de pillo, esperando a que le siga preguntando. El padre recoge el testigo de la provocación, y le pregunta:

-¿Y cuál es esa escalera?

-Una escalera que sube al cielo –Sonríe con amplitud-. ¿Y sabes por qué?

-Dime, ¿por qué?

-Pues porque cuando estás en el cielo estás tan bien que ya no quieres volver al suelo, y si te obligan, entonces cuesta mucho bajar por la escalera, mucho más que cuando la has subido.

-…

-Papá…

-¿Sí, hijo?

-¿Tú has subido al cielo alguna vez?

Cae el telón.




ACTO II

Se levanta el telón.

Sobre el escenario, una típica terraza veraniega, de las que llegado el mes de junio se  despliegan en las azoteas privadas de los edificios de Madrid, escondidas de los ojos curiosos que no pertenecen a ellas, algunos pisos más abajo. Por los cartelones que se han colocado en diversos lugares de la terraza, va a llevarse a cabo la presentación de unos vinos. El día está acabando, y la caída de la tarde colorea el ambiente de un grato y cálido tono amarillento.

El escenario muestra una mesa larga, como las de las bodas, con copas de cristal, grandes y transparentes, dispuestas en cada ubicación. Sobre ella, un toldo blanco ofrece protección e intimidad a los asistentes, que debaten entre ellos animadamente. A la izquierda, algo apartados, dos sillones y un sofá blancos y negros, dispuestos en U frente a una mesa bajita, como las de los salones de las casas. Sobre la mesita, copas para cinco personas y documentación explicativa sobre los vinos y la empresa distribuidora de los mismos (Avanteselecta). Varios amigos, conocidos de otras ocasiones, se han situado allí, alejados del resto, y se encuentran charlando de vino y del resto de sus cosas. Rodeándolo todo, una suave vegetación, que aporta frescura al conjunto.
Un poco más allá, a la derecha y cerca del final de la tarima del escenario, se ve una silla alta de madera veteada, con respaldo, situada junto a una mesa pequeña y redonda, sobre la cual reposa una copa de cristal límpido con vino tinto. La silla está vacía; la copa, llena hasta donde lo debe estar.

Entra en escena Álvaro Cerrada, de Yalocatoyo, empresa que organiza la sesión entre la distribuidora y los escritores blogueros enredados. Llega caminando rápidamente, nervioso.

-¡A ver, un momento! Shhh, por favor, a ver… Escuchadme, por favor. Vamos a tardar un poquito en empezar, aún faltan bastantes asistentes, no sé qué les habrá pasado; les esperamos un ratito más si os parece bien. Así que, mientras llegan, vamos a tomarnos un vino.

Álvaro sale de escena. Los asistentes siguen charlando entre ellos, comentando acerca del lugar donde se encuentran, el vino que les espera, y la espera en sí. En general, todos se muestran distendidos, relajados, dispuestos a disfrutar de una velada agradable y sin prisas en torno al vino.

Pocos minutos después, Álvaro reaparece y retoma la atención de los asistentes mostrando en alto dos botellas de vino, cuyo cristal empañado denota la frescura de su contenido.

-¿Quién me ayuda a servir el vino?

Un hombre alto y delgado, de pelo blanco y vestido con traje azul oscuro y corbata roja, se pone en pie. Se despoja de chaqueta y corbata, que deposita sobre el sillón que estaba ocupando, y se sitúa a un lado, de pie frente a una mesa accesoria, donde descorcha una botella a la par que Álvaro hace con la otra. Al poco, ambos comienzan a servir el vino en todas las copas. Algunos de los presentes conocen al hombre que ayuda a Álvaro, otros no; algunos le sonríen, otros solamente miran cómo el vino cae tintineando en la copa; los más, agradecen el gesto con una sola palabra. Y todos, después, toman su copa entre sus manos y aguardan el momento de probar el primer vino, Nora 2012, de Bodega Viña Nora.

Cuando todos están preparados, Álvaro habla de nuevo. Se le nota preocupado.

-Un momento de atención. Gracias. Como os he dicho antes, no vamos a empezar todavía con la presentación, algo ha debido de ocurrir porque faltan muchas personas que nos habían confirmado que venían. Id probando el vino a ver qué os parece, y luego hablaremos de él, y también de los demás que tenemos preparados para la cata vertical. Podéis aprovechar mientras tanto para charlar con Eulogio Calleja, que es quien va a hacernos la presentación de los vinos de la bodega.

Aparece Eulogio en escena. Alto, corpulento, sonriente, camina despacio y  trae en la mano una copa llena de vino blanco. Álvaro le presenta: explica que es el director enológico del grupo Avanteselecta, que incluye bodegas en denominaciones tan variadas como Rioja (Obalo), Vino de la Tierra de Castilla (Dominio Mano a Mano), Tierra del Vino de Zamora (Viñas del Cenit), Rueda (Naia), Rías Baixas (Viña Nora), Monterrei (Pazos del Rey), Ribera del Duero (Dominio de Atauta) y Jerez (Álvaro Domecq). Cuando Álvaro termina de hablar, Eulogio se mezcla con los catadores, charlando con ellos y comentando el contenido de sus copas.

Una voz, repentinamente, se alza sensiblemente por encima de las demás, interrumpiendo la disertación del orador. Quien la posee, un hombre o una mujer normal, que en nada destaca entre los otros, levanta su copa como si fuera a hacer un brindis, mira a su través, más allá del cristal, como si el amarillo pálido de su contenido modificara su percepción del mundo, da un trago lento, cierra los ojos para percibir las sensaciones que el vino le despierta, y, entonces, le dice a Eulogio (pero sin decírselo a él directamente, porque se lo está diciendo a todos los que quieran escuchar sus palabras):

-Es que, a mí, el vino me enamora…

El hombre delgado, alto y de pelo blanco sonríe ante la afirmación de la que, sin querer y sin que fuera dirigida a él concretamente, acaba de ser partícipe. Entonces, se acerca despacio a la mesa redonda de madera veteada con la silla vacía de respaldo alto, en un efecto de escenografía que hace que parezca que se ha vuelto hacia el patio de butacas y a los espectadores de la obra teatral que se está representando. De este modo, con la botella de vino blanco aún en la mano y mientras los asistentes a la presentación del vino siguen catando y escuchando al enólogo, él comienza a hablarle a alguien que no está sentado en esa silla, frente a la copa llena de vino tinto que nadie ha tocado aún, pero que él ve con la nitidez que le otorga la frescura de sus indelebles recuerdos:

-“El vino me enamora…” ¿Te acuerdas? Yo también decía siempre que estaba enamorado del vino, o que un vino me había enamorado, o que yo me había enamorado irremediablemente de un vino pero que luego habíamos roto y ya no nos habíamos vuelto a ver nunca más... No te rías, porque es así como lo sentía. Estaba convencido de ello. Lo bebía, cerraba los ojos, y entonces sentía como ese cosquilleo en el estómago que te dice que alguien a quién has conocido es diferente, especial, que se ha pegado a tu piel y te ha retorcido el estómago, alguien que está en sintonía contigo, y que de tanto como te gusta, de tanto placer que te proporciona su belleza, te duele. Pero con dolor bueno, el dolor de una intensidad que es insoportablemente placentera. Así que yo siempre decía que el vino me enamoraba, como si ese primer trago fuera un flechazo de Cupido. Y aquel día, ¿recuerdas?, ese día en que te llevé a comer a ese restaurante tan bonito que me habían recomendado y donde el cliente podía llevarse su propio vino, no tanto para ahorrar dinero, que también, sino para ver cumplidos deseos antiguos bebiendo vinos deseados y que son imposibles de encontrar en hostelería. Había comprado un Grand Cru de Bordeaux, y estaba muy ilusionado con ello porque era el primer vino de esa categoría que tomaba en mi vida. Y además, lo mejor: iba a compartir contigo esa primera vez. Me acuerdo de la cara de la Maître cuando llegamos y le entregué la botella para que la preparasen; recuerdo al sumiller, luchando contra la tentación de pedirme probarlo (aunque el hombre, profesionalmente correcto, no lo hizo, y yo no se lo ofrecí); pero, sobre todo, recuerdo tu cara cuando el sumiller preguntó: “¿Quién lo prueba?” y tú respondiste, sin agitar las pestañas: “Él”, y yo tomé la copa en mi mano, aspiré el intenso aroma del vino y, antes de llegar a probarlo, puse la copa inesperadamente en tu mano, la cual, instintivamente y darte tiempo para negarte, la llevó hasta tus labios. Abriste mucho los ojos al beberlo, y pude ver cómo se erizaba la piel de tus largos brazos desnudos. El sumiller llenó a continuación tu copa, que era la mía, bebí de ella y fue entonces cuando lo dije: “Me acabo de enamorar de este vino”. Y en ese momento fue cuando tú dijiste lo que dijiste.

En el teatro se escucha una voz en off, como si fueran los pensamientos, o los recuerdos, del hombre. Él los escucha como escucharía hablar a alguien que estuviera presente, del mismo modo que los escuchan los asistentes a la representación, abajo en el patio de butacas. Sin embargo, nadie en el escenario (ni los catadores, ni Álvaro, ni Eulogio) es consciente de la voz, cada cual sigue a sus cosas sin prestar atención a lo que ocurre en la mesa redonda y veteada con la copa de vino tinto y la silla de respaldo alto, vacía para todos menos para el hombre que recuerda. La voz es de mujer, suave y algo nasal, y surge despacio, con fluidez, como el caminar elegante de una dama.

“No. El vino a mí no me enamora, a mí me gusta. Yo me puedo enamorar de una persona, pero no de un vestido, no de unos zapatos, no de un vino. De una cosa, no. Aunque me gusten mucho. No puedo. Ni siquiera metafóricamente. Simplemente, a mí me gusta el vino.”

-Y yo me eché a reír y te ofrecí sin discutir mi rendición: “De acuerdo: me gusta el vino. Me gusta recibir la botella fría, notar su frío contacto en mis manos: Me gusta elegir luego un sacacorchos y arrancar el tapón, con enérgica suavidad. Me gusta llenar un poco la copa, ver cómo las gotas salpican tiñendo el cristal. Me gusta ver su color, y olerlo un poco, como de refilón, para dejar que la sorpresa me de el primer beso que me haga estremecer al probarlo. Porque cuando eso ocurre es como si algo me removiera por dentro, porque me pone la piel de gallina y hace que se me salten las lágrimas, y al final me falta el aire, y tengo que suspirar para no caerme ahí mismo de rodillas. Vale, tienes razón, me gusta el vino, y enamorarme, como dices tú, eso yo también sólo puedo hacerlo de alguien.”

El hombre calla, mira al suelo pensativo, sonríe con una sonrisa pintada con nostalgia, agita la cabeza y vuelve su sitio; allí, llena su copa con el vino que aún quedaba en la botella, la deja ya vacía a un lado, hace un brindis silencioso al aire, hacia la silla vacía, con alguien que sólo él sabe quién es, y se bebe la copa, plena de vino fresco.

No pasa mucho tiempo, entre trago y trago, hasta que un pequeño grupo de personas hace su aparición en el escenario. Son los rezagados. Parece, explican, que ha habido algún tipo de confusión en la publicación del horario de la convocatoria. No importa, a nadie le importa ya nada salvo que comience el espectáculo. Álvaro y Eulogio, conscientes del perjuicio que el retraso puede causar a alguno de los asistentes, toman una decisión e informan de que la cata vertical (prueba comparativa de diferentes añadas del mismo vino) tendrá un vino menos de los previstos, para no terminar demasiado tarde. El gesto de algunas personas, sin prisa alguna en sus vidas, muestra su desencanto, pero nadie dice nada, en voz alta.

Unos minutos después, con todas las copas llenas del deseado vino blanco, Eulogio comienza la presentación en sociedad del protagonista de la tarde.


Nora 2012

Eulogio habla del vino joven; joven en su proceso (sin crianza) y joven en concepto, ya que se elabora a partir de viñedos de entre diez y veinte años de edad. Luego describe la comarca origen estos vinos, el Condado do Tea, en la frontera con Portugal, que está ubicada a una altitud que dificulta la maduración de las uvas, provocando que este albariño se desmarque del albariño clásico, predominando en este caso la fruta fresca y verde, casi aún amarga, por encima de los armónicos a flores dulces que les otorga, generalmente, la maduración.

El hombre alto levanta la mano, y una vez ganada la atención del ponente, comenta con timidez:

-A mí, en mi humilde opinión, este albariño me parece un albariño atípico, más un chardonnay borgoñón con una crianza leve, pues el amargor final, tan claro y largo, es algo que nunca había encontrado en vinos de esta variedad.

Eulogio, comprensivo, le responde:

-Pues fíjate, que aún reconociendo que no se trata del típico albariño fresco y fácil de beber, sí que es un vino que conserva sus matices varietales de modo inconfundible, y que en catas ciegas ha sido perfectamente reconocido como tal por los catadores.

El hombre sonríe, no es amigo de las discusiones más allá de opinión y réplica, y vuelve a su cuaderno de notas, donde después de apurar la copa y escuchar durante unos segundos la voz interior que siempre le inspira frente a un vino, anota unas líneas apresuradas, pero meditadas. Seguidamente, las lee en voz alta, con una voz muy grave, modulada, algo hueca y resonante, una voz que podría decirse que es bonita. Pero una voz cuya mayor peculiaridad es que ni Álvaro, ni Eulogio, ni nadie de los presentes, parece escuchar. Solamente al público que asiste a la representación, en el patio de butacas, le llega su eco reverberante:

Sabroso, lleno de fruta envuelta en flores, muy largo pero más amplio, corpulento, graso y voluminoso, leve acidez para refrescar el deje de amargor que pide beber más para olvidarlo. ¿Borgoña bien guardado? No. Albariño joven. Nora 2012.


Nora da Neve 2008

El segundo vino es servido, más rápidamente que el anterior, en las copas. El enólogo lo saborea, reencontrándose con un viejo amigo, de esos con los que uno se ve de tanto en tanto pero que cada vez es como si hiciera que el tiempo se hubiera congelado, como si no hubiera pasado entre ellos, sin verse, sin hablarse.

-Creo que debemos permitir que la viña se exprese por sí misma; la tentación de intervenir en su desarrollo y en lo que produce y cómo lo produce es enorme, de mil maneras que nosotros podemos considerar que la benefician, o mejor, que benefician al producto que se obtiene de ella. Pero no, eso es un error, tenemos que dejarlas hacer, que sean lo que quieren ser, lo que son o lo que consideran que deben ser por su propia naturaleza. Por eso nos la jugamos retrasando al máximo el momento de la vendimia, para conseguir así, pero de manera natural, un vino donde predomina la fruta y bajo en acidez, como resultado de la sobremaduración del grano, donde los siete meses de crianza le aportan estructura y complejidad.

El hombre de pelo blanco le escucha con atención, y asiente en silencio cuando bebe el vino. Entonces se vuelve a levantar para hablar, otra vez, a la silla vacía de respaldo alto, situada al lado de una mesa pequeña, redonda, de madera veteada, sobre la que reposa una copa de vino tinto, algo más vacía de lo que estaba un rato antes:

-¿Te acuerdas de aquella vez que hablábamos de la tendencia de las personas de carácter fuerte a intentar moldear el carácter más débil de aquellos con los que se encuentra? Como si las personas fuésemos para ellos un menú a la carta, del que se puede elegir un plato, un vino, o un postre de su preferencia, descartando otros que no les parecen tan adecuados o convenientes, cuando en realidad cada uno somos como un menú del día de un bar de comidas barato, dos platos, pan y vino, donde la única opción posible es tomar postre o café. Yo te decía, aquella vez, que prefiero dejar fluir las cosas de la vida, sin manipulaciones ni intervenciones para conseguir obtener cosas, o personas, a medida, y que el vino, el vino que a mi me gusta, es algo parecido: quien lo hace elige el lugar donde plantar la viña, el suelo, el clima, la variedad de la cepa, y luego ésta se desarrolla y se expresa como dicta su naturaleza. Y el vino que da, es lo que ella es en ese entorno seleccionado, como el plato del día en el bar elegido libremente. Un lo tomas o lo dejas. Algo perfecto en la propia elección libre y voluntaria. Yo recuerdo que me miraste abriendo mucho tus ojos grandes, ladeaste un poco la cabeza y, parpadeando con rapidez, me preguntaste: “¿Me estás llamando menú del día?”

El hombre, como si de repente se diera cuenta de algo, vuelve a acomodarse en su sillón y, tomando su libreta, escribe unas letras que, después de leerlas en silencio, repite en voz alta para todo aquel que, abajo, le quiera escuchar:

Caramelito de frutas tropicales, refrescante, alegre y divertido, largo y juguetón, saltarín de un lado a otro de la lengua, lleno de vida no asfixiada por sus cinco años de reposo, feliz en la copa cuando al apurarlo trae a la memoria un toffe de café con leche. Nora da Neve 2008.


Nora da Neve 2009

El tercer vino llega pronto, empieza a sentirse la prisa en el ambiente. Mientras, Eulogio explica que la añada 2009 es una versión más fresca y viva de la anterior, aún teniendo la misma crianza de siete meses en barrica nueva, y lanza una pregunta al aire que los catadores, tentados siempre a dar su propia opinión de las cosas, cazan al vuelo:

-¿Con qué comida os tomaríais este vino?

“Un pescado a la sal.” “Una mariscada.” “Una ternera blanca.” “Arroz a banda.” “Faisán con salsa de reducción de vino, blanco…”

Eulogio asiente con la cabeza, aceptando como buena la opinión de cada uno, haciéndoles así felices, y cuando ya nadie más tiene más ideas que aportar al menú, él ofrece la suya:

-Yo lo tomaría con un besugo al horno, de esos de pincho, grandes, de los que con uno comen cuatro o cinco…

El hombre alto, incorporándose unos centímetros en su asiento, comparte con los demás su opinión, que más que opinión es gusto, para él y para aquellos que quieran aceptarla:

-Con un foie. Natural, vuelta y vuelta. Y luego, frío.

Durante unos segundos, largos, se hace el silencio en escena. Eulogio, profesional experto y gran comunicador, enarca ligeramente una ceja.

-¿Con un foie?

-Sí. Es dulzón, el vino es ácido, como un pepinillo, y corpulento, como gelatina; lo abraza. Es perfecto.

Eulogio comenta “Bien” e indica a Álvaro que ya se puede servir el último vino. El hombre alto sonríe y, mientras espera a que le llenen la copa, se levanta y centra su atención, otra vez, en la silla de madera de respaldo alto ocupada por alguien que solamente él ve y solamente él sabe de quién se trata, al lado de la mesa pequeña y redonda, con un dibujo de vetas de madera, sobre la cual se ve una copa de vino, que ahora está llena sólo hasta la mitad de lo que estaba antes. Pregunta hacia el vacío que para todos, menos para él, ocupa la silla:

-¿Te acuerdas?

Y comienza a agitar mucho sus manos grandes y expresivas, interpretando un diálogo que tuvo lugar en una escena del pasado:

-“No, no, no, no hay reglas que valgan para esto. Vino tinto y carne roja, sí, pero no; pescado con vino blanco, o un arroz con un rosado. Vale, pero ¿cuál?, ¿qué vino?, ¿qué pescado?, ¿qué tipo de arroz? No, no, como en la cama de una pareja que se ama con locura, todo vale si a ambos les apetece, si a ambos les proporciona placer, si ambos lo desean por igual. Un tinto joven de Galicia, salino y de acidez marcada, con un marisco; un blanco denso de Borgoña con una carne guisada con especias; arroz de campo con un tinto corpulento de Alicante; carne roja con un tinto de reserva de Rioja, o un rosado intenso de Somontano… Todo vale si lo quieres. La mejor armonía siempre es el vino que te apetece, con la comida que te apetece, donde te apetece, cuando te apetece, y sobre todo, con quien te apetece...”

Enmudece y sonríe, agachando la cabeza y mirando al suelo.

-¿Te acuerdas de mi discurso? No era la primera vez que te castigaba con mi modo tajante de decir las cosas. Y tú, acuérdate, aquella vez ya no dijiste nada ante mi vehemencia, pero creo que volviste a pensar lo que a veces me decías, cuando me decías lo que sentías: “A veces eres muy categórico.” Y yo te respondía que sólo lo era contigo, que me entendías, pero jamás con los que nunca me intentaron comprender…

Su gesto de sonrisa dulce se ha torcido por primera vez en una sonrisa de medio lado, como la cicatriz que surca un rostro herido por la violencia de una pelea callejera, navaja en mano. Vuelve a su sitio, respira hondo, se frota los ojos y se estira la piel de las mejillas hacia atrás con las manos, y toma nota de lo que la voz de su cabeza le susurra al oído. La voz profunda y cavernosa del hombre se escucha de nuevo por el público, y nada más que por el público:

Ahumados y café con el caramelo de frutas ácidas pero no estridentes, tranquilo, refrescante, aún se atreve a hacer cosquillas, con respeto, en la boca antes de volver al café deslizándose por la nariz. Nora da Neve 2009.


Nora da Neve 2010

Es ya el último, la etiqueta sólo muestra el año de la cosecha. Dentro, un líquido amarillo y brillante destella atravesando el cristal, libre de las ataduras del papel con el que vestirán a la botella dentro de unos meses. Eulogio explica:

-Se trata todavía de vino sin embotellar, aún esperaremos al menos un año, así que consideradlo una muestra de lo que puede llegar a ser. Todo lleva su tiempo, todo lo bueno requiere una espera que no siempre es agradable, pero que al final acaba al conseguir aquello que tanto se anhela. Esperar lo preciso, esperar lo justo, ese es el secreto para alcanzar lo más valioso que la vida nos ofrece. Y yo creo que este vino se merece la espera.

El hombre alto y de pelo blanco se queda con la copa pegada a los labios cuando escucha la última frase pronunciada por el enólogo. Despacio la retira, sin beber, la mira con gesto de estar intentando recordar algo, cierra los ojos y los abre al poco, otra vez, mucho, cuando lo ha conseguido. Y, una vez más, se levanta y se dispone a hablarle a la silla desocupada, junto a la mesa pequeña sobre la cual hay una copa de vino tinto que está casi vacía.

-Ya ves, merecer. Qué palabra tan aparentemente simple, pero tan ambigua, con un doble sentido que sólo se puede concretar si se conoce el contexto y todo lo que se dijo antes. Seguro que te acuerdas de aquella vez, cuando después de aquella cena durante la que tanto conversamos, con aquel vino que se me hizo inolvidable precisamente por esa conversación, al acabar de decirte todo lo que sentía, respondiste: “No me lo merezco”.

Fue un gran colofón, aquel vino. Te acordarás de él, seguramente. O quizá te acuerdes más de la conversación. A veces, un acontecimiento se hace recordar por el vino que se ha tomado: una reunión, una comida, una cena, una conversación… Pero en otras, las mejores, es el vino el que se recuerda por lo que ocurrió entre sorbo y sorbo: anochecer, no dormir, dormir, amanecer, despertar... Memoria tenaz de los matices imborrables de lo que se vivió, porque de los matices del vino, aunque se recuerde cuál fue, seguramente no se recordará nada.

Y enseguida, sin volver la vista atrás, el hombre vuelve a su sitio, bebe el contenido de la copa, escucha su voz interior, toma nota en su cuaderno de lo que escucha y, tras revisarlo, pronuncia con voz alta y grave, que sólo escucha el público, lo que ha escrito:

Severo y formal, reprime la alegría de su acidez fresca y natural con timidez o distancia, para mostrar un rostro de seriedad que tranquiliza pero da que pensar, cuando al fin, al respirar, sirve el café, y muestra lo que quiso decir, o no decir, en el primer trago alargado hasta el final, antes de desperezarse. Nora da Neve 2010.

Se ha llegado al final. Álvaro toma la palabra por última vez, para pronunciar un pequeño discurso de agradecimiento y despedida. Sonríe, está tranquilo y se le ve contento, satisfecho del modo en que, aún con algún pequeño tropiezo, se ha desarrollado la velada.

-…y espero que os haya gustado esta maravillosa terracita madrileña en las alturas, y que para todos vosotros haya sido un poco como subir al cielo.

El hombre alto y delgado se ha levantado por última vez de su sillón, situándose muy cerca de la silla de la mesita de madera veteada, cuya copa de cristal diáfano ahora está tintada y vacía. Le habla una vez más al invisible ocupante, tan visible para él en su memoria indeleble como la silla que él sabe que aún ocupa:

-¡Qué grande, Álvaro! ¿Te acuerdas de él? Cómo te recibe, cómo te abraza… Gracias, le diría, aunque mi cielo es otro cielo. Mi cielo es un mantel blanco, dos sillas al lado y no frente a frente, un vino, dos copas o una sola compartida, un plato, dos, o ninguno, y mucho, mucho, mucho tiempo por delante…

De pronto, Álvaro, algo más allá, se queda en silencio y, despacio, como si se hubiera retirado un velo sutil, parece ser consciente de la mesa de madera, de la silla de respaldo alto y de la copa de vino tinto, sin vino. Se aproxima a ella, mira alrededor como si buscara a alguien que estaba y se ha marchado, toma la copa vacía con el mismo cuidado con que la tomaría si estuviera llena a rebosar, la mira, suspira y se la lleva, dejándola junto a las demás, apenas manchadas del blanco amarillento del albariño. Luego, se vuelve hacia el hombre alto, que permanece quieto, en pie, esperando a que termine de hacer lo que está haciendo. Se acerca a él, pero ya no habla. Ya no es necesario. Un abrazo personal; otro abrazo de ida y vuelta, de encargo; complicidad en su mirada, en su sonrisa, en su posar las manos sobre los hombros estrechos del hombre.

-Es hora de bajar.

Suena una canción de fondo. Stairway to heaven”, de Led Zeppelin. Los acordes iniciales de guitarra y flauta llenan el escenario, desbordan y se extienden por el patio de butacas, como una niebla de humo blanco y denso que todo lo llena, dando paso a la voz herida de Robert Plant.

Cae el telón.





ACTO III

Se levanta el telón.

El mismo salón que se mostró al comienzo de la representación. El padre está sentado en el sofá de color granate, frente a la televisión, con su hijo pequeño.

-Papá…

-¿Sí, hijo?

-¿Tú has subido al cielo alguna vez?

-Sí, claro.

-¿Y estabas bien allí?

-Muy bien.

-Entonces, si estabas tan bien, ¿por qué quisiste bajar?

-Yo no quería, pero tuve que bajar. No te puedes quedar en el cielo para siempre.

-¿Ni cuando te mueres?

-Bueno, claro, si has sido bueno, cuando te mueres sí…

-Papá… ¿Y tú bajaste bien las escaleras, o como no querías, bajaste rodando como una piedra?

-…

Cae el telón.


FIN

sábado, 18 de mayo de 2013

Lágrimas en una copa de lluvia







Lo que ocurrió en un día sin lluvia, con la lluvia

Presentación del libro “Alzheimer, amor”, de D. Francisco Rico Pérez – Centro Riojano de Madrid. Madrid 2/4/13




Parte 1. El Principito (Antoine de Saint-Exupery)

XII

El planeta siguiente estaba habitado por un bebedor. Esta visita fue muy breve, pero sumió al principito en una gran melancolía.
-¿Qué haces ahí? –preguntó al bebedor, a quien encontró instalado en silencio, ante una colección de botellas vacías y una colección de botellas llenas.
-Bebo - respondió el bebedor con aire lúgubre.
-¿Por qué bebes? –preguntóle el principito.
-Para olvidar –respondió el bebedor
-¿Para olvidar qué? –inquirió el principito, que ya le compadecía.
-Para olvidar que tengo vergüenza –confesó el bebedor, bajando la cabeza.
-¿Vergüenza de qué? –indagó el principito, que deseaba socorrerle.
-¡Vergüenza de beber! –terminó el bebedor, que se encerró definitivamente en el silencio
Y el principito se alejó, perplejo
Las personas grandes son decididamente muy, pero que muy extrañas, se decía a sí mismo durante el viaje.


Recuerdos

El Principito fue el primer libro entero que recuerdo haber leído. Me lo regaló mi padre, según la fecha de la edición era el año 1975, yo tenía 12 años. Me lo debió de regalar por mi Santo, el 21 de Junio, que siempre se celebraba en casa, o tal vez como detalle por mis buenas notas a final de curso. Yo siempre sacaba buenas notas, y mi padre, aunque siempre me decía que eso era mi obligación como la suya trabajar, siempre me regalaba un libro cuando acababa el curso. En realidad siempre me regalaba libros en los acontecimientos de celebrar, porque yo siempre he amado los libros. O quizá es que los empecé a amar a causa de eso. Me acuerdo también de las versiones juveniles de las novelas de Jules Verne, pero eso no eran novelas completas, sólo adaptaciones para niños. Éste, El Principito, sí que lo era, una novela de verdad. Lo leí durante el viaje en coche, en verano, al pueblito de Valencia donde habitualmente pasábamos las vacaciones. Lo recuerdo bien, porque en esos viajes mi padre me dejaba ir en el asiento delantero, a su lado, para “ayudarle” durante la conducción con los carteles indicadores. Recuerdo la impresión que me causó, y recuerdo que aunque nunca más lo volví a leer siempre recordé de él varias cosas, a saber: que era una historia triste, en general; a la flor bellísima y vanidosa; y al zorro, que me hizo comprender que aunque uno se sienta morir durante una despedida de un ser amado, si sientes ese dolor, esa pena, si sientes eso, es que conocer a esa persona que te ha dejado tanta huella ha valido la pena, aunque nunca jamás la puedas volver a ver. Y que siempre, siempre, eres responsable de quien amas.

Recuerdos…

Hace poco he vuelto a leer, entero, mi primer libro. No sólo mi primera novela, sino mi primer libro, el mismo libro que me regaló mi padre, bastante deteriorado por el paso del tiempo, con mi firma de niño en la primera página. Huelga hablar de la emoción que me trajo el acontecimiento, pero como esto es un lugar de cuentos, y en particular de cuentos con vino, sí que hablaré de la sorpresa que recibí cuando de la mano del Principito llegué al planeta del Bebedor, personaje que, ni remotamente, tenía un hueco en mi memoria de lector infantil.

El Bebedor. Recuerdos sobre alguien que bebía para olvidar… Olvidando que olvidar no es algo que se pueda obligar a hacer, olvidando que el olvido, a veces, llega por sí solo de la mano de la enfermedad que destruye la memoria, haciendo que esos recuerdos, como los míos de mi Principito y su Bebedor, se pierdan para siempre, como lágrimas en una copa de vino llena de lluvia.


Parte 2. Alzheimer, amor

“En la vida no se trata de cómo sobrevivir a una tempestad, sino de cómo bailar bajo la lluvia.”

No llovía en Madrid en esa tarde de abril, pero como siempre, la humedad de la lluvia formaba una tenue cubierta sobre mi piel, bajo mi ropa, mientras caminaba con las manos en los bolsillos hacia un lugar (que aún siendo hogar de vino y donde una copa de vino me aguardaba) en el que en esta ocasión no iba a ser el vino el que me hablara al oído acerca de las cosas que son importantes en la vida que vivo, viviendo bajo la lluvia.

El Centro Riojano de Madrid fue fundado en 1901 por un grupo de riojanos habitantes de la capital, apoyados por el Semanario Harense “El Eco Riojano”, con toda una declaración de intenciones: “Sin caer en el extremo de los egoísmos regionales pues por encima del amor a la Patria Chica, debe estar y está para todos los riojanos, el amor a la Patria Grande, a la madre España, queremos tener un Centro en Madrid.” Se encuentra en la actualidad en el primer piso de un edificio de estilo neoclásico en el número 25 de la calle de Serrano. Nada más entrar es como si se entrara en otro tiempo, donde el tiempo detiene su marcha adelante y, de un salto, sitúa al visitante en algún momento de los años 50, época congelada entre la calle lejana y ruidosa del exterior y el silencio del interior desvelado por la amarillenta luz de bombillas clásicas de sus recargados salones anacrónicos.

Llegué temprano, siempre me gusta llegar pronto a los lugares que sé que, más tarde, se llenarán por completo. Es como la sensación de tener entre las manos una copa vacía, que se colma, despacio, ante los ojos. Aún así, una gran parte de los asientos dispuestos en el salón, frente al estrado desde donde se impartiría la conferencia, estaba ya ocupada por un público emocionado y expectante, en una gran mayoría amigos, conocidos y antiguos alumnos de D. Francisco Rico, el conferenciante.

Mi atención ya de por sí distraída se distrajo más durante un rato entre tapices, lámparas de araña y el alboroto provocado por el bullicioso público, que entre su permanente ir y venir, salir del salón y entrar, su pedir permiso a las rodillas apretadas contra la silla de delante, las conversaciones subidas de tono (auditivo) y el permanente canturreo de los teléfonos móviles cuyos usuarios a duras penas percibían entre tanto jaleo, me provocaba una sensación inmensa ternura, de emocionado respeto hacia quienes estaban allí para escuchar, y sobre todo acompañar, al orador, que aún no había hecho acto de presencia. Yo sonreía sin duda porque motivos tenía para hacerlo, sonrisa crónica últimamente que yo sólo puedo percibir a través del reflejo de los ojos que me miran cada día.

Un respetuoso silencio se hizo en el salón cuando llegó D. Francisco y, de pie sobre el estrado, miró a un lado y a otro y sonrió con una sonrisa amplia, franca, de esas que dicen que todo, y nada, le importa al propietario en ese momento. Silencio de admiración, de expectación, de saber que cada palabra oída será un presente valioso para quien la quiera escuchar. “Su mayor autoridad reside en el amor que todos le profesamos”, dijo de él D. Óscar Mateos y de Cabo, profesor de derecho y antiguo alumno, al presentarle. Parecía delicado, este hombre sabio, allí, en pie ante todos, pero cuánta energía emitían sus ojos perspicaces y brillantes, llenos de recuerdos de un pasado no dejado atrás y de un futuro cuyas vivencias compartidas aún guarda para regalar.

Su libro, Alzheimer, amor, no trata ni de la enfermedad ni de los enfermos, sino que se centra en lo más valioso que éstos pueden tener durante el inevitable proceso de progresiva decadencia, los cuidadores, esos “ángeles” que por amor lo dan todo, permaneciendo a su lado hasta el final. Nos habla de las posibles terapias que pueden ayudar a aliviarles, a hacer más llevaderas las diferentes fases de las enfermedades de Alzheimer o Parkinson. Terapias como la risa, el humor, la música, los animales, el deporte, los juegos, la lectura, la escritura, la pintura, las conversaciones con los amigos… Y, especialmente, los abrazos: “Lo más importante, lo más agradable, es abrazar a las personas a quienes amamos. Es un abrazo compartido. Ése es un abrazo sin igual. Una borrachera de amor. Un milagro. (…) Y lo mejor, abrazar besando.” Tantas y tantas opciones, y tan evidentes que, en realidad, practicándolas asiduamente, contribuirían sin duda a aumentar la felicidad de cualquier persona, enferma o no.

En el otro extremo también nos avisa, llevándonos de la mano para no asustarnos, del lado oscuro de esta entrega incondicional, el llamado Síndrome del Cuidador, una afección obsesiva que puede llevarle a olvidarse de todo lo que no sea el enfermo, con un deseo de ayudarle tan intenso y creciente que puede llegar hasta el extremo de acabar anulando la propia vida del cuidador, destrozándola como lo haría la dependencia a una droga mortal.

Y así nos lo contó el venerable D. Francisco Rico, afortunado custodio y a veces víctima del síndrome durante los 18 años en que se ocupó, con amor y dedicación, de su esposa María, enferma de Parkinson, encandilándonos durante hora y media con su oratoria, con su precisión verbal, con sus anécdotas, chascarrillos y las terribles y hermosas vivencias de su vida pasada junto a su mujer.

En resumen, Alzheimer, Amor no cuenta una historia que pueda resumirse en una breve reseña, sino que es un libro que está lleno de impresiones que cada lector debe prepararse a percibir con su lectura, que narra y despierta sensaciones, como las evocadas por la lluvia cayendo sobre un rostro que mira al cielo.


Parte 3. Alta Río 2011, D.O. Rioja

El Centro Riojano tiene por costumbre ofrecer un vino y un aperitivo a los asistentes de los eventos desarrollados en su sede. Un vino de Rioja, por supuesto. En esta ocasión, prepararon la salita aledaña al salón con ricas viandas que clausuraron jubilosamente el acto. El vino fue el joven Alta Río, fresco y pleno de fruta roja y aroma suave a flor violeta, con el picor de la juventud ya diluido en los días del año transcurrido desde su producción en 2011. Vino agradable, tranquilo y noble, para tomar fresco con cualquier comida que apetezca, en cualquier momento.


Terminado el refrigerio, aproveché un instante de soledad de D. Francisco (algo extraño, que no había sucedido durante toda la velada) para acercarme a él, presentarme y estrechar su mano delicada. Activo, sagaz, me observó más que me miró desde su posición tomada, sonriéndome, cautivándome, escuchándome, queriendo saber algo más de mí de lo que yo me estaba atreviendo a desvelarle. “Escribiré sobre usted, de su libro, de su vida. Si usted me lo permite.”

Una promesa cumplida.

Ya finalizado todo, con los salones y pasillos ya vacíos, aún dediqué unos minutos a recorrer el piso, deleitándome con la visión, dentro de las vitrinas que probablemente no habían sido abiertas en décadas, de clásicos riojanos que seguramente jamás podré tener en mi copa. También me sorprendí al ver alguna muestra de un experimento que no cuajó, la Copa Rioja, una copa de vino diseñada para realzar las características del vino (de alguno, de todos) de Rioja.

Tiempo congelado en las vitrinas y entre esas paredes, el pasado detenido en algún lugar de la memoria, como la vida de los que padecen el mal del olvido permanente, y la de los que los aman y los cuidan…


Parte 4. El recuerdo, el olvido

Para mí, a diferencia del amigo Bebedor del Principito, el vino es siempre recuerdo, jamás olvido, y bebiéndolo ni siquiera olvido la decepción que alguno me ha causado. Bebiendo vino recuerdo al vino, a todos, los pocos que me hicieron llorar de emoción y los otros, los que me dejaron indiferente y basta, pues a ninguno le di el poder de enrabietarme. Con vino recuerdo a mi padre, que lo bebía en bota cuando yo era niño y que, siéndolo todavía, me dejaba darle un tiento para descubrir, asombrado, que eso que él llamaba “embocado” en realidad significaba “dulzón”. Con vino recuerdo a mi abuela, que mojaba pan en vino para desayunar y que con su eterna sonrisa desdentada me decía que con ello entraba en calor durante los duros inviernos sin calefacción y con hambre de la guerra y la postguerra. El vino me trae recuerdos y se lleva olvidos, haciéndome imposible olvidar esas imágenes marcadas a fuego. Recuerdos que debemos conservar vivos, frescos como un vino joven, para que los que ya no los tienen los sigan recordando con nosotros, a través de nuestras palabras acompañantes.

Porque los recuerdos, como los míos del Principito, nos hacen ser lo que somos, porque son lo que hemos sido y, seguramente, lo que sigamos siendo.



Le Petit Prince


XII

La planète suivante était habitée par un buveur. Cette visite fut très courte, mais elle plongea le petit prince dans une grande mélancolie:
-Que fais-tu là ? dit-il au buveur, qu'il trouva installé en silence devant une collection de bouteilles vides et une collection de bouteilles pleines.
-Je bois, répondit le buveur, d'un air lugubre.
-Pourquoi bois-tu ? lui demanda le petit prince.
-Pour oublier, répondit le buveur.
-Pour oublier quoi ? s'enquit le petit prince qui déjà le plaignait.
-Pour oublier que j'ai honte, avoua le buveur en baissant la tête.
-Honte de quoi ? s'informa le petit prince qui désirait le secourir.
-Honte de boire ! acheva le buveur qui s'enferma définitivement dans le silence.
Et le petit prince s'en fut, perplexe.
Les grandes personnes sont décidément très très bizarres, se disait-il en lui-même durant le voyage.