sábado, 18 de mayo de 2013

Lágrimas en una copa de lluvia







Lo que ocurrió en un día sin lluvia, con la lluvia

Presentación del libro “Alzheimer, amor”, de D. Francisco Rico Pérez – Centro Riojano de Madrid. Madrid 2/4/13




Parte 1. El Principito (Antoine de Saint-Exupery)

XII

El planeta siguiente estaba habitado por un bebedor. Esta visita fue muy breve, pero sumió al principito en una gran melancolía.
-¿Qué haces ahí? –preguntó al bebedor, a quien encontró instalado en silencio, ante una colección de botellas vacías y una colección de botellas llenas.
-Bebo - respondió el bebedor con aire lúgubre.
-¿Por qué bebes? –preguntóle el principito.
-Para olvidar –respondió el bebedor
-¿Para olvidar qué? –inquirió el principito, que ya le compadecía.
-Para olvidar que tengo vergüenza –confesó el bebedor, bajando la cabeza.
-¿Vergüenza de qué? –indagó el principito, que deseaba socorrerle.
-¡Vergüenza de beber! –terminó el bebedor, que se encerró definitivamente en el silencio
Y el principito se alejó, perplejo
Las personas grandes son decididamente muy, pero que muy extrañas, se decía a sí mismo durante el viaje.


Recuerdos

El Principito fue el primer libro entero que recuerdo haber leído. Me lo regaló mi padre, según la fecha de la edición era el año 1975, yo tenía 12 años. Me lo debió de regalar por mi Santo, el 21 de Junio, que siempre se celebraba en casa, o tal vez como detalle por mis buenas notas a final de curso. Yo siempre sacaba buenas notas, y mi padre, aunque siempre me decía que eso era mi obligación como la suya trabajar, siempre me regalaba un libro cuando acababa el curso. En realidad siempre me regalaba libros en los acontecimientos de celebrar, porque yo siempre he amado los libros. O quizá es que los empecé a amar a causa de eso. Me acuerdo también de las versiones juveniles de las novelas de Jules Verne, pero eso no eran novelas completas, sólo adaptaciones para niños. Éste, El Principito, sí que lo era, una novela de verdad. Lo leí durante el viaje en coche, en verano, al pueblito de Valencia donde habitualmente pasábamos las vacaciones. Lo recuerdo bien, porque en esos viajes mi padre me dejaba ir en el asiento delantero, a su lado, para “ayudarle” durante la conducción con los carteles indicadores. Recuerdo la impresión que me causó, y recuerdo que aunque nunca más lo volví a leer siempre recordé de él varias cosas, a saber: que era una historia triste, en general; a la flor bellísima y vanidosa; y al zorro, que me hizo comprender que aunque uno se sienta morir durante una despedida de un ser amado, si sientes ese dolor, esa pena, si sientes eso, es que conocer a esa persona que te ha dejado tanta huella ha valido la pena, aunque nunca jamás la puedas volver a ver. Y que siempre, siempre, eres responsable de quien amas.

Recuerdos…

Hace poco he vuelto a leer, entero, mi primer libro. No sólo mi primera novela, sino mi primer libro, el mismo libro que me regaló mi padre, bastante deteriorado por el paso del tiempo, con mi firma de niño en la primera página. Huelga hablar de la emoción que me trajo el acontecimiento, pero como esto es un lugar de cuentos, y en particular de cuentos con vino, sí que hablaré de la sorpresa que recibí cuando de la mano del Principito llegué al planeta del Bebedor, personaje que, ni remotamente, tenía un hueco en mi memoria de lector infantil.

El Bebedor. Recuerdos sobre alguien que bebía para olvidar… Olvidando que olvidar no es algo que se pueda obligar a hacer, olvidando que el olvido, a veces, llega por sí solo de la mano de la enfermedad que destruye la memoria, haciendo que esos recuerdos, como los míos de mi Principito y su Bebedor, se pierdan para siempre, como lágrimas en una copa de vino llena de lluvia.


Parte 2. Alzheimer, amor

“En la vida no se trata de cómo sobrevivir a una tempestad, sino de cómo bailar bajo la lluvia.”

No llovía en Madrid en esa tarde de abril, pero como siempre, la humedad de la lluvia formaba una tenue cubierta sobre mi piel, bajo mi ropa, mientras caminaba con las manos en los bolsillos hacia un lugar (que aún siendo hogar de vino y donde una copa de vino me aguardaba) en el que en esta ocasión no iba a ser el vino el que me hablara al oído acerca de las cosas que son importantes en la vida que vivo, viviendo bajo la lluvia.

El Centro Riojano de Madrid fue fundado en 1901 por un grupo de riojanos habitantes de la capital, apoyados por el Semanario Harense “El Eco Riojano”, con toda una declaración de intenciones: “Sin caer en el extremo de los egoísmos regionales pues por encima del amor a la Patria Chica, debe estar y está para todos los riojanos, el amor a la Patria Grande, a la madre España, queremos tener un Centro en Madrid.” Se encuentra en la actualidad en el primer piso de un edificio de estilo neoclásico en el número 25 de la calle de Serrano. Nada más entrar es como si se entrara en otro tiempo, donde el tiempo detiene su marcha adelante y, de un salto, sitúa al visitante en algún momento de los años 50, época congelada entre la calle lejana y ruidosa del exterior y el silencio del interior desvelado por la amarillenta luz de bombillas clásicas de sus recargados salones anacrónicos.

Llegué temprano, siempre me gusta llegar pronto a los lugares que sé que, más tarde, se llenarán por completo. Es como la sensación de tener entre las manos una copa vacía, que se colma, despacio, ante los ojos. Aún así, una gran parte de los asientos dispuestos en el salón, frente al estrado desde donde se impartiría la conferencia, estaba ya ocupada por un público emocionado y expectante, en una gran mayoría amigos, conocidos y antiguos alumnos de D. Francisco Rico, el conferenciante.

Mi atención ya de por sí distraída se distrajo más durante un rato entre tapices, lámparas de araña y el alboroto provocado por el bullicioso público, que entre su permanente ir y venir, salir del salón y entrar, su pedir permiso a las rodillas apretadas contra la silla de delante, las conversaciones subidas de tono (auditivo) y el permanente canturreo de los teléfonos móviles cuyos usuarios a duras penas percibían entre tanto jaleo, me provocaba una sensación inmensa ternura, de emocionado respeto hacia quienes estaban allí para escuchar, y sobre todo acompañar, al orador, que aún no había hecho acto de presencia. Yo sonreía sin duda porque motivos tenía para hacerlo, sonrisa crónica últimamente que yo sólo puedo percibir a través del reflejo de los ojos que me miran cada día.

Un respetuoso silencio se hizo en el salón cuando llegó D. Francisco y, de pie sobre el estrado, miró a un lado y a otro y sonrió con una sonrisa amplia, franca, de esas que dicen que todo, y nada, le importa al propietario en ese momento. Silencio de admiración, de expectación, de saber que cada palabra oída será un presente valioso para quien la quiera escuchar. “Su mayor autoridad reside en el amor que todos le profesamos”, dijo de él D. Óscar Mateos y de Cabo, profesor de derecho y antiguo alumno, al presentarle. Parecía delicado, este hombre sabio, allí, en pie ante todos, pero cuánta energía emitían sus ojos perspicaces y brillantes, llenos de recuerdos de un pasado no dejado atrás y de un futuro cuyas vivencias compartidas aún guarda para regalar.

Su libro, Alzheimer, amor, no trata ni de la enfermedad ni de los enfermos, sino que se centra en lo más valioso que éstos pueden tener durante el inevitable proceso de progresiva decadencia, los cuidadores, esos “ángeles” que por amor lo dan todo, permaneciendo a su lado hasta el final. Nos habla de las posibles terapias que pueden ayudar a aliviarles, a hacer más llevaderas las diferentes fases de las enfermedades de Alzheimer o Parkinson. Terapias como la risa, el humor, la música, los animales, el deporte, los juegos, la lectura, la escritura, la pintura, las conversaciones con los amigos… Y, especialmente, los abrazos: “Lo más importante, lo más agradable, es abrazar a las personas a quienes amamos. Es un abrazo compartido. Ése es un abrazo sin igual. Una borrachera de amor. Un milagro. (…) Y lo mejor, abrazar besando.” Tantas y tantas opciones, y tan evidentes que, en realidad, practicándolas asiduamente, contribuirían sin duda a aumentar la felicidad de cualquier persona, enferma o no.

En el otro extremo también nos avisa, llevándonos de la mano para no asustarnos, del lado oscuro de esta entrega incondicional, el llamado Síndrome del Cuidador, una afección obsesiva que puede llevarle a olvidarse de todo lo que no sea el enfermo, con un deseo de ayudarle tan intenso y creciente que puede llegar hasta el extremo de acabar anulando la propia vida del cuidador, destrozándola como lo haría la dependencia a una droga mortal.

Y así nos lo contó el venerable D. Francisco Rico, afortunado custodio y a veces víctima del síndrome durante los 18 años en que se ocupó, con amor y dedicación, de su esposa María, enferma de Parkinson, encandilándonos durante hora y media con su oratoria, con su precisión verbal, con sus anécdotas, chascarrillos y las terribles y hermosas vivencias de su vida pasada junto a su mujer.

En resumen, Alzheimer, Amor no cuenta una historia que pueda resumirse en una breve reseña, sino que es un libro que está lleno de impresiones que cada lector debe prepararse a percibir con su lectura, que narra y despierta sensaciones, como las evocadas por la lluvia cayendo sobre un rostro que mira al cielo.


Parte 3. Alta Río 2011, D.O. Rioja

El Centro Riojano tiene por costumbre ofrecer un vino y un aperitivo a los asistentes de los eventos desarrollados en su sede. Un vino de Rioja, por supuesto. En esta ocasión, prepararon la salita aledaña al salón con ricas viandas que clausuraron jubilosamente el acto. El vino fue el joven Alta Río, fresco y pleno de fruta roja y aroma suave a flor violeta, con el picor de la juventud ya diluido en los días del año transcurrido desde su producción en 2011. Vino agradable, tranquilo y noble, para tomar fresco con cualquier comida que apetezca, en cualquier momento.


Terminado el refrigerio, aproveché un instante de soledad de D. Francisco (algo extraño, que no había sucedido durante toda la velada) para acercarme a él, presentarme y estrechar su mano delicada. Activo, sagaz, me observó más que me miró desde su posición tomada, sonriéndome, cautivándome, escuchándome, queriendo saber algo más de mí de lo que yo me estaba atreviendo a desvelarle. “Escribiré sobre usted, de su libro, de su vida. Si usted me lo permite.”

Una promesa cumplida.

Ya finalizado todo, con los salones y pasillos ya vacíos, aún dediqué unos minutos a recorrer el piso, deleitándome con la visión, dentro de las vitrinas que probablemente no habían sido abiertas en décadas, de clásicos riojanos que seguramente jamás podré tener en mi copa. También me sorprendí al ver alguna muestra de un experimento que no cuajó, la Copa Rioja, una copa de vino diseñada para realzar las características del vino (de alguno, de todos) de Rioja.

Tiempo congelado en las vitrinas y entre esas paredes, el pasado detenido en algún lugar de la memoria, como la vida de los que padecen el mal del olvido permanente, y la de los que los aman y los cuidan…


Parte 4. El recuerdo, el olvido

Para mí, a diferencia del amigo Bebedor del Principito, el vino es siempre recuerdo, jamás olvido, y bebiéndolo ni siquiera olvido la decepción que alguno me ha causado. Bebiendo vino recuerdo al vino, a todos, los pocos que me hicieron llorar de emoción y los otros, los que me dejaron indiferente y basta, pues a ninguno le di el poder de enrabietarme. Con vino recuerdo a mi padre, que lo bebía en bota cuando yo era niño y que, siéndolo todavía, me dejaba darle un tiento para descubrir, asombrado, que eso que él llamaba “embocado” en realidad significaba “dulzón”. Con vino recuerdo a mi abuela, que mojaba pan en vino para desayunar y que con su eterna sonrisa desdentada me decía que con ello entraba en calor durante los duros inviernos sin calefacción y con hambre de la guerra y la postguerra. El vino me trae recuerdos y se lleva olvidos, haciéndome imposible olvidar esas imágenes marcadas a fuego. Recuerdos que debemos conservar vivos, frescos como un vino joven, para que los que ya no los tienen los sigan recordando con nosotros, a través de nuestras palabras acompañantes.

Porque los recuerdos, como los míos del Principito, nos hacen ser lo que somos, porque son lo que hemos sido y, seguramente, lo que sigamos siendo.



Le Petit Prince


XII

La planète suivante était habitée par un buveur. Cette visite fut très courte, mais elle plongea le petit prince dans une grande mélancolie:
-Que fais-tu là ? dit-il au buveur, qu'il trouva installé en silence devant une collection de bouteilles vides et une collection de bouteilles pleines.
-Je bois, répondit le buveur, d'un air lugubre.
-Pourquoi bois-tu ? lui demanda le petit prince.
-Pour oublier, répondit le buveur.
-Pour oublier quoi ? s'enquit le petit prince qui déjà le plaignait.
-Pour oublier que j'ai honte, avoua le buveur en baissant la tête.
-Honte de quoi ? s'informa le petit prince qui désirait le secourir.
-Honte de boire ! acheva le buveur qui s'enferma définitivement dans le silence.
Et le petit prince s'en fut, perplexe.
Les grandes personnes sont décidément très très bizarres, se disait-il en lui-même durant le voyage.