viernes, 8 de junio de 2012


Donde los patos se lavan las patas








El ascensor, por la mañana

Una mañana, una más de las tantas mañanas de lunes a viernes, yo esperaba en el garaje de mi trabajo, bostezando, la llegada del ascensor que me subiría a la planta de oficinas, que aunque en teoría es la primera, en realidad tiene cuarenta y ocho escaleras y seis tramos, y es como tres pisos, que, a las nueve de la mañana, resultan muy pesados de ascender. Al poco se abrió la puerta y allí me encontré a Gabrielle, sola, vestida con un leve vestido negro que no ocultaba sus rodillas, iluminada por los intensos halógenos del techo y apoyada en el espejo del fondo, con sus largas piernas cruzadas por los tobillos y las manos en el regazo, que subía desde la segunda planta del aparcamiento subterráneo.


Gabrielle, francesa

Gabrielle es francesa. Lo cual no tiene nada de particular, ya que trabajo en una empresa francesa. Trabajo con franceses, hablo con franceses, recibo órdenes de franceses, trato con franceses y, a veces, hasta me tomo algún café con franceses. Gabrielle es una de las muchas personas francesas que trabajan aquí, en la oficina madrileña de la empresa donde me paso la vida. La conozco de vista desde hace años, “buenos días”, “buenas tardes”, pero no tanto como para decirnos nunca “hasta mañana”. Tendrá unos cuarenta años maravillosamente bien llevados, es morena de pelo cortito, piel blanca, ojos negros, rostro dulce, muy alta, delgada y estilizada como un junco, y poseedora de unas piernas interminables con las que se mueve con una gracia de bailarina dentro de su peculiar modo de vestir francés, basado en suaves telas oscuras, pañuelo al cuello al estilo de una bailarina de tango apache y una casi total ausencia de colorido chillón. Como remate, Gabrielle es de trato muy agradable y correcto, siempre saluda y sonríe cuando te la cruzas por un pasillo. Pero yo nunca había tenido ocasión de intercambiar muchas más de estas palabras de protocolo con ella. En realidad, es raro que yo intercambie muchas palabras con nadie en mi trabajo, salvo las correspondientes a las tareas que tengo que realizar.

Gabrielle, que llevaba un bolso enorme estilo francés colgando del hombro también estilo francés, sonrió al verme y me dio los buenos días. Se acomodó un poco, incorporándose de la relajada postura que traía medio sentada sobre el pasamano, y las puertas se cerraron sin que nadie más entrara. Diez segundos. Había cronometrado mentalmente la duración del trayecto docenas de veces. Diez segundos. Tantos viajes, solo o acompañado de una multitud de compañeros (hasta siete) daba para mucho a lo largo de los diecisiete años que llevo trabajando en el mismo lugar. Exactamente diez segundos desde que se cierra la puerta hasta que comienza a abrirse de nuevo, intervalo durante el que me dediqué a contemplar los preciosos zapatos de tacón de diez centímetros sobre los que la señorita estaba subida, y a respirar el sutil y fresco perfume, francés, que su francesa piel emanaba por todos sus poros. Transcurrido este tiempo el ascensor, como solía hacer siempre, paró bruscamente, se abrieron las puertas, me hice a un lado, y Gabrielle salió, desplazándose con la fluidez del junco mecido por el viento que era, y deseándome, con acento francés, una feliz jornada.


El ascensor, por la tarde

Aquella misma tarde, una más de las tantas tardes de lunes a viernes de no haber sido por el encuentro de la mañana, me dirigía al ascensor para bajar al garaje, una vez terminada la dura e intensa jornada laboral. A lo lejos vi que alguien entraba rápidamente, y dejaba cerrarse la puerta, dándome con ella, literalmente, en las narices. Sin embargo, de pronto, la puerta volvió a abrirse, desvelando el contendido de la caja del ascensor. Allí estaba Gabrielle, sola, con el dedo índice de su mano derecha pulsando el botón de apertura de puerta, y yéndose, como yo, al garaje para subirse al coche y volver a casa. Sonrió con una sonrisa que le iluminó el pálido rostro cuando le di las gracias, soltó el botón para que la puerta se cerrara, se apoyó un poco en el espejo del fondo, y mientras yo volvía a deleitarme con su perfume que parecía no haberse diluido ni un poco, el ascensor se puso en marcha. No soy aficionado a las conversaciones de ascensor, y ni siquiera en este caso, en el que la señorita me había hecho un favor, fui capaz de encontrar un tema adecuado con el que rellenar los diez segundos del viaje que habíamos emprendido solos, juntos.

Diez segundos. Perfume. Nueve. Zapatos. Ocho, zapatos y perfume. Siete, tobillos. Seis, perfume y rodillas. Cinco, falda. Cuatro, cintura. Tres, perfume y frenazo.

Tres segundos antes de su segundo, el ascensor paró con mucha más brusquedad de lo habitual. Ella se incorporó con un respingo, yo volví al mundo real del pequeño espacio de un metro cuadrado, ambos esperando la apertura de la puerta. Que no se produjo.

“Vaya”, fue el inicio de mi conversación improvisada. “Nos hemos quedado atrapados”, fue el de Gabrielle, con acento francés. Pulsé los botones del cuadro a ver si la máquina revivía, pero sin éxito. Nos miramos a los ojos. Ella sonreía, no se la veía inquieta en absoluto, y tampoco apurada. Las mujeres francesas tienen un sentido de la vergüenza diferente a las locales, no les incomoda lo más mínimo la presencia de un hombre casi desconocido tan cercano, y en soledad. Al menos a Gabrielle no le preocupó en absoluto. Pulsé el botón de alarma, produciendo un estridente sonido. Nada. Más botón, más estridencia, pero lo mismo. Automáticamente eché mano del móvil, para recordar, al mirar la pantalla, que estábamos en el punto justo, entre muros de hormigón, en el que no había ninguna cobertura. Cuántas conversaciones de visitantes se habían interrumpido a lo largo de mis viajes diarios en el ascensor… “Bueno…”, comenté al cabo de unos minutos de pulsar insistentemente la alarma, y me dejé caer contra la pared lateral, forrada con una cálida madera artificial de plástico. Gabrielle hizo lo propio, asentándose de nuevo sobre el pasamano cromado. “Ahora vendrá Elías…”, comenté, seguro de que Elías, el vigilante de seguridad, ya estaría bajando las escaleras con la llave de apertura de emergencia. Ella asintió con la cabeza y enarcó una fina, perfectamente depilada, ceja. Un momento después sonó el intercomunicador interno del ascensor, casi al mismo tiempo que una voz, lejana y amortiguada por los muros de concreto, llegaba a nosotros. La voz lejana era de Elías, pero no se entendía lo que decía. La metálica del intercomunicador era de alguien de la central de alarmas, que nos preguntaba qué había pasado.

Tras las consabidas explicaciones llegué a escuchar un “Imposible abrir la puerta en el lugar donde se ha detenido”, seguido de un “Dos horas”, voces lejanas y metálicas, respectivamente.

“Vaya”, repetí. “Dos horas”, añadí. Gabrielle se encogió levemente de hombros y dijo “Oui…

Varios segundos de silencio me empezaron a impacientar. Eso, y la mirada de Gabrielle, que no se la llevaba a los botones del panel, como hubiera sido lo normal. Así que hice amago de empezar a hablar de cualquier cosa. Tiempo, trabajo, tráfico, maquinaria de elevadores… Al final acabamos entablando la típica conversación de ascensor, sólo que mucho más larga, basada en la situación actual de crisis económica mundial y del modo en que estaba afectando a nuestra empresa. La señorita demostró ser, además de educada, tremendamente culta e informada, y me llevó de acá para allá con su animada e interesante conversación durante mucho rato.

Una hora de estar de pie más tarde yo sentía mi espalda destrozada, todo el día de trabajo me estaba pasando factura, pero no me atrevía a proponer ninguna de las descorteses opciones ni de sentarme ni de forzarla a ella a hacer lo propio. Pero la dama, intuitiva, no tardó en darse cuenta del problema que me acuciaba y, concediéndole más importancia a complacerme que a las formas, se dejó deslizar despacio y con gran estilo hasta el suelo de mármol gris, adoptando una postura de sirena, con las piernas juntas y sesgadas, y el bolso de diseño al otro lado. Me di cuenta en ese momento de lo fácil que es, cuando ellas quieren, comunicarse con una mujer, hasta sin palabras. Sonreí, asentí, y recalé en el mismo suelo, sentado al modo indio y sin duda con mucho menos estilo que ella. Fue un alivio, la verdad. Suspiré de placer, tal vez demasiado escandalosamente, lo que provocó en ella una leve risa. Ya estábamos ambos aposentados en el frío suelo de mármol gris del ascensor, ella apoyada en una esquina, yo en la correspondiente a la diagonal, ella con su pose de sirena, yo con la mía de indio. Algo azorado empecé una disculpa, pero antes de que pronunciara una palabra, como si mi gesto hubiera sido la señal que ella esperaba, Gabrielle se me adelantó, y sin dejar de mirarme, afirmó: “He oído que te gusta mucho el vino.”

“He oído”, mi sorpresa fue mayúscula. Cierto es que la afirmación era cierta, pero no menos cierto que pocos en mi trabajo conocían esta afición mía. En realidad, pocos en mi oficina conocían ninguna afición mía, más que a la puntualidad y a la disposición a ayudar a cualquiera que lo requiriese, en asuntos concernientes a mi área laboral. Pero lo del vino… Mi silencio debió de sorprenderle, porque enarcó su delgada ceja izquierda e, inclinando un poco su anguloso rostro, añadió: “N’est-ce pas?” Tuve que responder, sonriendo tímidamente, que sí, que me gustaba mucho, y no sólo, que me encantaba, y le conté más, ya lanzado, que solía ir a reuniones entre amigos para catar vinos, a presentaciones de productores para conocer vinos, a salones de expertos para oír hablar de vinos, a bodegas para ver hacer vinos, y a todas las cosas que me pudieran surgir, si existía la posibilidad de emocionarme con un vino. Ella me escuchó con una expresión que se movía entre la sorpresa, la diversión y el interés, hasta que finalmente terminé y ella asintió con un “très bien”, dando paso a un breve silencio que, al poco, Gabrielle disolvió inesperadamente y con acento: “Donde nací yo hay muchos viñedos, es cerca de Bordeaux. La casa familiar es una grande maison en una colina, a las afueras del pueblo; es muy grande y antigua, de la época de Napoleón III, sobre 1850. Desde ella se ven las viñas y desde cualquier lugar, se ve la casa. Y por la noche, es todo oscuridad, salvo cuando hay luna llena. Aún voy allí cuando puedo, me gusta pasear por el campo, recordar los olores de cuando era petite. En realidad allí en concreto no se hace mucho vino, es zona de cognac. ¿Te gusta el cognac?” Yo negué con la cabeza, y ella continuó contándome, como si no le importara. “Aquí en España no se bebe mucho, pero en Francia es algo importante. Pero sobre todo, lo que hacemos allí es una cosa muy rica que se llama Pineau, y que es como un vino dulce mezcla de mosto y aguardiente de cognac, y que se toma de aperitivo. “Como el Ricard”, exclamé yo, conocedor de las costumbres francesas. “Bon, más o menos, el Ricard se toma con agua helada, pero el Pineau se bebe sólo, frío pero sin hielo. ¿Sabes que fue un error? Un viticultor puso mosto en una barrica sin saber que ya había en ella aguardiente de coñac. Cuando la abrió al año siguiente le gustó lo que se encontró, y desde entonces esa mezcla se fue asentando en mi región. “¿Cómo se llama? Tu región, quiero decir”, pregunté, y ella sonrió con sonrisa de orgullo y me dijo, con una pronunciación musical: “Charente, y mi ville se llama Châteauneuf-sur-Charente.” Se quedó callada, como pensando, aunque seguramente lo que estaba haciendo Gabrielle, con la mirada perdida en el suelo del ascensor, era recordar. Al poco siguió hablando, abrazada a su bolso de diseño: “Hace mucho, cuando era más joven e iba allí y miraba alrededor, sólo pensaba en el paisaje. Hay muchas colinas y eso es bonito porque se ve mucho paisaje variado, arboledas, ríos, casitas en los caminos, pero desde hace tiempo también veo los viñedos.” Y sonrió, cómplice. “Oui, mon ami, antes te he preguntado si te gustaba el vino, porque a mí también me gusta el vino. Mejor dicho, yo amo el vino.” Yo la escuchaba embelesado, y lleno de ideas preconcebidas pensaba que jamás hubiera imaginado que esa mujer que veía por los pasillos cargada de papeles fuera, como yo, toda una obsesiva amante del vino. Entonces, antes de darme tiempo a pensar sobre lo que ella debería estar pensando, abrió su bolso enorme y, despacio, con cuidado, como si estuviera manejando algo muy valioso, me mostró una botella de vino. “Mira, este vino se hace no muy lejos de mi ciudad, en Bordeaux.” Tardé unos pocos segundos en ser consciente de lo que contenía en la botella que me estaba enseñando. Debí de mudar el semblante, porque Gabrielle sonrió, aunque por primera vez me pareció descubrir una sombra de pesadumbre en sus ojos. “¿De-dónde-has-sacado-eso?” le pregunté marcando las palabras, a la vez que acercaba las puntas temblorosas de mis dedos a la etiqueta blanca, con letras en rojo y gris, sin darme cuenta de que se trataba de una pregunta del todo indiscreta. Su reacción volvió a sorprenderme: bajó la vista al suelo y, sin mirarme, dijo con tristeza y un pequeño escalofrío que agitó sus hombros: “Es un regalo… de un de mes amis.” Un regalo, tan bueno, debería ser algo al menos así de bueno, pero parecía que no. Algo la ponía triste, algo no marchaba bien en la situación, en ese vino mítico, en esa “amistad” que le había regalado ese vino.

Gabrielle volvió a guardar la botella (y mis ojos detrás de ella) en su bolso, y enfrentó de nuevo su mirada a la mía. Vi que esperaba la pregunta obvia, pero como yo me mordí la lengua para no caer otra vez en la indiscreción, fue ella quien dio el paso: “Ese amigo es...” Y su rostro se ensombreció del todo. Se calló, y yo no hablé. Esperé. Yo sé esperar, soy hombre paciente, sé que al final siempre llega la recompensa, si se tiene paciencia cuando se debe tener. Y llegó. “Él es un hombre mayor, se dedica a los negocios. De vez en cuando me regala una botella de esta marca, aunque no sabe nada de vino, pero ha debido de leer que es el mejor, o el más caro, o alguien le asesora, no sé, yo nunca le pregunto. Tengo muchas, porque yo nunca lo tomo, a él no le gusta el vino, sólo bebe vodka, y yo, sola, no podría beber este vino. Y no me refiero a estar acompañada, sino a beberlo sola. Este vino, no…” Yo la escuchaba atónito, por todo, así que lo que le dije fue una soberana estupidez, seguramente, y le pregunté con más esperanza en mi voz de lo que hubiera sido educado: “¿Y no lo puedes compartir? Podrías invitar a alguien a casa, alguien a quien le gustara tanto como a ti, y tomarlo juntos y hablar de ello…” Ella comprendió la jugarreta de mi subconsciente, torció el gesto, bufó y respondió, todo de corrido: “Mais oui, a mí sí me gustaría, pero es que él… A él no le gusta que quede con otras personas… Es bueno y me quiere mucho, pero tiene un carácter fuerte y se enfada fácilmente, y cuando discutimos y me grita y yo le digo que ya no le veré más, entonces al día siguiente me pide perdón con una botella de este vino, como ha sucedido esta mañana, y yo le voy perdonando y voy guardando las botellas, aunque para nada, porque él se vuelve a enfadar y yo el vino no me lo voy a beber sola...” Y, de repente, Gabrielle bajó su cabeza, se cubrió el bello rostro con las manos y se echó a llorar. Fue un llanto calmado, cansado, de no poder más, como el del vaso que se desborda tras la última gota que lo colma. Pero sobre todo fue un llanto repentino. Para mí fue una sorpresa, desde luego, pasar de hablar de vino a llorar, y no hice nada durante unos segundos, salvo mirarla y tragar saliva, apurado. Luego, un momento después, me pareció que el llanto estaba a punto de arreciar, así que antes de que empezara la verdadera tormenta, y obedeciendo a un impulso no meditado, me desplacé y me senté  a su lado, pasé mi brazo derecho por sus hombros, y la atraje hacia mí, para que llorase a gusto, con alguien. Funcionó, creo, porque Gabrielle descubrió su cara y la enterró en mi pecho, manteniéndose así, llorando y mojándome la camisa, un largo rato, ambos en silencio, mientras yo componía en mi mente la dolorosa (y demasiado habitual) situación de la que me estaba hablando.

No sé cuánto tiempo pasó, pero me pareció mucho. Cuando el lloro cesó, ninguno nos movimos, nos quedamos así, juntos y abrazados, acurrucados en el suelo del ascensor, hasta que una voz nos informó por el altavoz de que estaban a punto de resolver la avería. Con extremo cuidado retiré mi brazo de sus hombros, que aún temblaban. Ella, al poco, retiró su rostro de mi pecho. Me puse en pie y la miré, sin decir nada. Ella me miró con los ojos húmedos y enrojecidos, pero enseguida se relajó y, tenuemente, sonrió. Asintió una vez con la cabeza, cerró los ojos despacio, los abrió otra vez y, con firmeza, tomó la mano que le tendía para ayudarla a levantarse, lo que hizo con extremada elegancia hasta quedar frente a mí, muy cerca de mí. Me miró a los ojos y, dejando su bolso en el suelo, inesperadamente, me regaló un abrazo. Aprovechándose de su altura, me dio un abrazo que rodeó mi cuello, pegando su cuerpo al mío, apretando con fuerza. Sentía su respiración en mi oído cuando se lo devolví, envolviendo su espalda con mis brazos. Gabrielle me estaba agradeciendo algo. Noté su mejilla pegada a la mía, acariciándomela con ella, en un gesto que los franceses llaman câlin, y que quiere expresar un afecto intenso hacia alguien. Unos segundos (lentos, largos) y el abrazo se deshizo. Luego me dio un bisou (un besito afectuoso en la mejilla) y se separó. Vi de nuevo su rostro sonriente frente al mío. Entonces me preguntó: “¿Te gustaría un francés?” Yo alcé ambas cejas como empujadas por un resorte. Dichosos reflejos. Su gesto era la más pura muestra de la inocencia, de modo que sentí arder mi cara. Ella captó mi reacción, pues teniéndola tan cerca noté cómo se le dilataban las pupilas y, tras alargar casi imperceptiblemente su sonrisa con un leve temblor de su labio superior, me hizo la pregunta de nuevo: “¿Te gustaría uno francés?” Sólo le faltó reprenderme con un gesto de la mano y llamarme “niño malo…”

No me dio tiempo a responder, pues en ese momento el ascensor reanudó su marcha, con un envite brusco y un traqueteo preocupante. Tres segundos después, aproximadamente, se detuvo y las puertas se abrieron, para mostrarnos, uno junto al otro, el sonriente rostro redondo de Elías y la impasible faz de un técnico ascensorista. Tras dar las gracias muy apresuradamente, Gabrielle se dirigió a las escaleras para bajar al aparcamiento, pero antes de traspasar la puerta de salida de la oficina se detuvo y, volviéndose hacia mí, me dijo: “En mi casa de Châteauneuf hay una fuentecilla en el jardín, no es más que un sencillo grifo emergiendo de una columna bajo un alero de la casa, encajada entre pilares de piedra. Arriba hay un depósito que recoge el agua de la lluvia. En esa columna, sobre el grifo, hay una inscripción escrita a mano, hace muchos años, por mi abuelo: ‘Ici les canards se lavent les pattes’. Significa ‘Aquí los patos se lavan las patas’. Les canards eran unos niños que se lavaban las manitas allí, en la fuente de agua de lluvia de mi abuelo, después de corretear y jugar por todos lados, y antes de ir a comer.” Hizo una pausa de unos segundos, y continuó, sonriendo con la ternura de los recuerdos: “Los patitos éramos nosotros, mis dos hermanos y yo, sus nietos… A demain, mon cher ami. Merci beaucoup, por todo.” Y Gabrielle se dio la vuelta y se marchó escaleras abajo.


El francés, vino

A la mañana siguiente, cuando llegué a la oficina, me encontré sobre mi mesa dos botellas de Pineau, uno rosado, y otro blanco. Bajo ellas había un papelito doblado. Era una nota escrita a mano con una cuidada letra redondeada: “Merci beaucoup mon ami, estas botellas son para que conozcas mi Pineau, pero como no es vino y el vino me gusta compartirlo he pensado en hacerte caso, así que a lo mejor ahora sí que respondes a mi pregunta y me dices si te gustaría un francés, chez moi. Gab.”

No soy hombre al que le gusten los deportes de riesgo, así que mientras intentaba decidir si el error en la nota de Gabrielle había sido en esa segunda ocasión, o no, intencionado, no pude por menos que pensar en cómo me sentaría una copa de ese vino de etiqueta blanca con letras en rojo y gris que llevaba en su bolso, interrumpido por un imprevisto chupito de vodka de la mejor calidad.








Pineau des Charentes, apéritif

Un producto que no había probado nunca. Una primera vez, o mejor dicho, dos primeras veces. Algo impensable a mi edad… Dos versiones, blanco y rosado, mucho más parecidos a un vino que a un destilado.




Pineau des Charentes Varachaud père et fils. Blanco

El blanco es intenso y complejo, dulce, alegre, me recuerda a los vinos dulces de Málaga. Mucho mosto en la mezcla. Aromático y de gran extensión. Recuerdos a almendruco.















Pineau François 1er. Rosado

El rosado es más apagado, tristón, suave pero más potente en alcohol. Seguro que en la proporción prima el cognac al mosto. Mucha almendra amarga, que se apaga lentamente al respirar.

 

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